Penitenciaría de juegos mortales

Corre el año 2063. En la sociedad actual, las cárceles de todo el mundo están abarrotadas desde que estalló la Tercera Guerra Mundial. El mundo vive un colapso sin precedentes, con unos niveles de violencia y delincuencia que ya no pueden ser medidos porque hacen saltar por los aires toda escala existente. Aun así, los fragmentados gobiernos intentan contener a los criminales en cárceles de capacidad masiva que ya no dan abasto. Para solucionar este problema, las instituciones mundiales que luchan por el poder han acordado establecer la reducción de la ocupación del aforo de las cárceles, para dejar paso a nuevos residentes delictivos; dicho de otra forma, se ha decretado la eliminación de gran parte de los criminales que actualmente ocupan las cárceles para solventar esta situación de emergencia. Puesto que los susodichos no tienen otra opción más que resignarse, se les ha brindado la oportunidad de participar en unos juegos mortales que cumplirán con su objetivo de reducir la población que ocupa las literas presidiarias, al mismo tiempo que otorgan la posibilidad de salvación y libertad al vencedor.

Ichiyoshi no sabía dónde estaba ni cómo había llegado allí. Lo último que recordaba era haber salido del trabajo y caminar hacia el metro, cuando alguien le puso una bolsa en la cabeza y le golpeó con algo duro, como un palo o un bate. Después, todo se volvió negro.

Ahora, se encontraba en un lugar extraño y aterrador. Ya no llevaba nada que le tapase la visión. Sabía dónde estaba, podía reconocerlo, ya que lo había visto por televisión. Todos los días, en el canal de la televisión pública, emitían el programa “Penitenciaría de juegos mortales”, donde criminales luchaban en diferentes juegos por su vida y para escapar al fatal destino que se les había impuesto.

Pudo reconocer el lugar porque se encontraba en el famoso hall donde se recibe a los competidores. Pero allí no había nadie. Estaba maniatado y tirado en el suelo, pero podía levantar la cabeza lo suficiente como para identificar el lugar. Apenas fueron unos segundos, hasta que una persona volvió a cogerle por detrás y le puso un paño mojado con algo en la nariz. Y todo se volvió negro de nuevo.

Pasó el tiempo, y allí se encontraba, colgado de un gancho muy alto, con unas pinzas enormes que le sujetaban la caja de cartón duro que le cubría la cabeza. Ahora sí que Ichiyoshi no sabía dónde podía estar, pero lo que si sabía era que él no debía estar ahí, puesto que no era ningún criminal. Tenía que ser un error. Pero de repente, condujo la vista abajo y algo dentro de sí le infundió un miedo irreversible.

La caja tenía dos agujeros a la altura de los ojos, por los que podía ver lo que había a unos metros bajo sus pies: una gran piscina olímpica llena de agua turbia y de criaturas horribles que nadaban entre sí. Eran como monstruos marinos de otra dimensión, con formas y colores imposibles. Algunos tenían tentáculos, otros dientes afilados, otros espinas venenosas. Ichiyoshi no entendía nada. Pero no había duda: todos aquellos bichos parecían hambrientos y ansiosos por devorar algo.

En el otro lado de la piscina, había otra fila de ganchos con pinzas, pero en vez de personas, colgaban armas de todo tipo: pistolas, cuchillos, hachas, lanzas... Parecía una broma macabra, como si alguien les estuviera dando una oportunidad de defenderse y sobrevivir antes aquellas monstruosidades.

¿De verdad esto estaba sucediendo? ¿Cómo podía hablar con alguien para decirle que todo era un error, que él no debía estar allí? ¿Era real, era una pesadilla... estaba allí de verdad? El peligro era inminente y aquellas vacuas esperanzas por esclarecer y solucionar la situación eran totalmente fútiles: se desvanecieron en apenas unos segundos, tal y como llegaron a su mente.

Miró a su alrededor y vio que no estaba solo. Otros nueve pobres diablos estaban en su misma situación, colgados de los ganchos y con las cajas de cartón en la cabeza. Algunas estaban inconscientes, otras lloraban o gritaban pidiendo ayuda. Pero nadie les respondía. Solo se escuchaba el sonido del agua turbia que rezumaba dios sabe qué y el ruido de las criaturas que se movían en ella a distintas velocidades.

De repente, escuchó un sonido metálico y vio cómo el primer gancho se abría y dejaba caer a la persona que colgaba de él. Las pinzas metálicas que atenazaban con firmeza las caja de cartón cedieron lo suficiente como para que la persona se deslizase hacia abajo, mientras la caja seguía atrapada en las pinzas con un suave mecanismo que hacía esta delicada operación posible.

La persona que caía en picado era una mujer joven, que gritó al sentir el impacto del agua fría y pastosa. No tuvo tiempo de reaccionar, pues enseguida una especie de pulpo gigante con muchos ojos se abalanzó sobre ella y la arrastró al fondo en un abrir y cerrar de ojos. El color rojo sangre ni si quiera se podía apreciar en aquellas aguas repletas de fauna y flora alienígena.

El segundo gancho se abrió poco después, soltando a un hombre mayor, de unos 60 años, que también caía al agua con un aspaviento y chapoteo inútil. Al mismo tiempo, otro gancho del lado de las armas se abría, dejando caer un cuchillo. El hombre intentó nadar hacia él, pero fue interceptado por un pez globo enorme y venenoso, que le pinchó con sus espinas y le inyectó su toxina mortal que lo dejó en el sitio.

El tercer gancho era el suyo. Sintió cómo se movía y se soltaba, haciendo que cayera al vacío como los demás. Su cuerpo temblaba como si un rayo le hubiera penetrado y atravesado todo su ser. A la vez, vio cómo el gancho de enfrente dejaba caer una escopeta acuática, que podía usarse tanto en tierra como debajo del agua. Intentó agarrarla al vuelo, pero era imposible, estaba demasiado lejos, a varios metros. Cayó al agua con un fuerte golpe y sintió cómo el líquido le entraba por la nariz y la boca. Subió rápidamente a la superficie y buscó con la mirada el arma. La vio flotando cerca de él y nadó hacia ella con todas sus fuerzas.

Pero no estaba solo en el agua. Una sombra enorme se acercaba por detrás, moviéndose con rapidez y sigilo. Era la criatura más grande y peligrosa de todas: un sarnoso tiburón, con una boca llena de filas de dientes afilados y pulidos como esquirlas milenarias y unas aletas cortantes como cuchillas. Había olido su miedo y lo había elegido como su presa.

El tiburón se lanzó hacia él con una velocidad increíble, abriendo su boca para engullirlo. Él se giró y le apuntó con la escopeta, disparando un proyectil acuático que le impactó en el ojo. El tiburón soltó un rugido de dolor y se alejó momentáneamente, pero no se rindió. Volvió a atacar, esta vez por el lado izquierdo. Él volvió a disparar, pero falló. El tiburón le mordió el brazo y lo sacudió con fuerza, arrancándole un grito de agonía.

Sintió cómo la sangre le salía a borbotones y cómo el tiburón tiraba de él hacia el fondo. Sabía que estaba perdido, que no tenía escapatoria. Pero Ichiyoshi no iba a rendirse sin luchar. Con su último aliento, cogió la escopeta con su mano derecha, de cuya punta sobresalía una poderosa bayoneta y se la clavó en su otro ojo.

El tiburón se estremeció y soltó su brazo, dejando escapar una nube de sangre. El tiburón estaba ciego y temporalmente incapacitado. Ichiyoshi aprovechó para nadar hacia la superficie, buscando aire y ayuda. Pero cuando llegó arriba, se dio cuenta de que no había nadie. Los otros ganchos estaban vacíos, las otras personas ya habían caído y estaban muertas. Solo quedaban las armas, que flotaban inútiles en el agua y una jauría de criaturas marinas y salvajes alimentándose de restos.

Se sintió solo y desesperado. ¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Por qué le habían hecho eso? ¿Qué iba a pasar ahora? No tenía respuestas, solo preguntas. Y un dolor insoportable, pero lo único que importaba ahora era salir de aquella terrible trampa acuática.

Miró su brazo herido y vio que había un desgarro en la parte externa del mismo, pero parecía que todavía podía moverlo. Salió como pudo por uno de los bordes de la piscina, enganchándose del mismo con el brazo bueno, las piernas, la cabeza y un poco con el brazo malo. Consiguió salir girando sobre sí mismo y rodando. No sabía si podría sobrevivir mucho o poco tiempo así, pero por ahora se quitó la camiseta mojada y se la ató fuertemente en el desgarro del brazo para cortar la hemorragia.

Fuera de la piscina y ya incorporado, algo llamó su atención, algo que le daba un atisbo de esperanza. En uno de los lados de la piscina, había una puerta metálica con un letrero que decía: "Salida". Se dirigió a ella sin pensarlo y la abrió. Sonó un fuerte chirrido. Detrás de ella, aparecía un pasillo oscuro y húmedo. Entró en él y cerró la puerta tras de sí. Había escapado de la piscina de los horrores pero no sabía qué más era lo que le esperaba.

Mientras caminaba por aquel pasillo que no parecía tener fin, Ichiyoshi se iba apoyando en la pared y respiraba entrecortadamente. Estaba exhausto y herido, pero también aliviado. Supuestamente, había ganado el juego, pero, ¿le dejarían escapar de allí con vida? ¿Podía irse ya a casa?

Siguió atravesando el pasadizo con cautela. No había luz, solo una tenue iluminación roja que salía de unos tubos que recorrían el techo. Ningún otro sonido se escuchaba más allá del eco de sus pasos y su respiración.

Caminó durante lo que le pareció una eternidad, sin encontrar nada más que puertas cerradas y letreros ilegibles. ¿Iba en la dirección correcta o estaba dando vueltas y vueltas? ¿Faltaba mucho para llegar al final de aquel recorrido? ¿Tendría que jugar de nuevo?

Aquellas preguntas obtuvieron, por fin, respuesta. Al final del túnel había una puerta abierta, el único camino posible. La puerta metálica llevaba un letrero que decía: “Laberinto elemental”.

Algo no olía bien, pero no le quedaba más remedio que avanzar. Al entrar vio una sala enorme, que parecía más bien un pabellón, dividida en cuatro secciones por unas paredes móviles que formaban un laberinto, tal y como el letrero indicaba antes de entrar.

En este laberinto, cada sección se caracterizaba por un elemento diferente: fuego, aire, agua y tierra. En el centro del laberinto había una plataforma elevada con una escalera que llevaba a otra puerta, con un letrero grande que decía: “Salida final”.

Pues bien, solo había una opción, jugar el juego del laberinto elemental. Esta vez estaba solo, sin nadie más que sí mismo y la escopeta acuática que todavía llevaba encima, con unos pocos cartuchos cargados. No podía contar con que nadie le pudiera ayudar, sino más bien con que alguien o algo le sorprendiera de nuevo para boicotear sus intentos de escapar del laberinto. A saber qué trampas había preparadas...

Ichiyoshi dio un paso hacia adelante, y con esto entraba oficialmente en el recorrido de aquel peligroso laberinto. Entonces, un contador apareció proyectado en el techo del pabellón, marcando una cuenta atrás de una hora.

La primera sección era la del fuego. Había llamas por doquier, que salían a fogonazos y quemaban el aire. El calor era insoportable y el humo dificultaba la respiración y la visión. Era un humo que no tenía el color propio del fuego de un incendio, negro y gris, sino que tenía un colorcillo verdoso. La única forma de pasar era usar una manguera que había en una esquina, y apagar el fuego. Corrió hacia ella, sorteando las llamaradas. Sufrió algunas quemaduras, pero como seguía mojado de la prueba anterior, no fue grave; así, cogió la manguera y la abrió, dejando salir un chorro de agua muy potente. Apuntó a las llamas y las fue apagando una a una, a la par que avanzaba y se abría camino a la siguiente sección. En el último momento el agua de la manguera perdió fuerza y se agotó. Tuvo que sortear el último obstáculo lanzándose de un salto y cayendo con una voltereta. Ya estaba fuera.

La segunda sección era la del aire. Había ventiladores por todas partes, que soplaban con fuerza y creaban corrientes de aire. El viento era insoportable y lo desequilibraba constantemente. La única forma de pasar era usar la herramienta que el propio laberinto ponía a disposición del jugador, no se sabe si como una trampa o una ayuda. En cualquier caso, allí tirado en una esquina, en la entrada de la sección del aire, había una especie de pequeño paracaídas con el que quizá podría aprovechar las corrientes de aire.

Ichiyoshi lo cogió y se lo puso, ajustándolo a su cuerpo. Avanzó y empezó a jugar con las corrientes de aire, como si el paracaídas fuera una cometa. La tela parecía poco resistente y empezaba a resquebrajarse. Aceleró y una última corriente especialmente fuerte lo llevo directamente hacia la salida, no sin estamparlo contra la puerta.

La tercera sección era la del agua. La sala estaba llena de finas tuberías por las que salían chorros que iban encharcando el suelo. El problema era que el agua estaba electrificada. La herramienta disponible era un traje aislante, hecho de goma, que le permitiría pasar sin mayor dificultad. Sin embargo, el traje era pequeño para su estatura. Entonces se le ocurrió coger la bayoneta de la escopeta con la que había dejado ciego al tiburón, y cortar unos retales que uniría para fabricar unas protecciones exclusivamente para pies y manos, y así poder pasar. La idea funcionó. De haber quedado atascada la bayoneta en el ojo de aquella monstruosidad marina, no habría pasado de ahí.

La cuarta y última sección era la del tierra. Abundaban una serie de figuras rocosas que bloqueaban el paso y formaban un muro asimétrico. Esta vez, la herramienta era un martillo de bola, y no parecía tener truco pero, ¿cómo iba a usarlo con un solo brazo? Era imposible hacer la suficiente fuerza y el desgarro del otro brazo era demasiado doloroso como para forzarlo de aquella manera. El tiempo corría, apenas quedaban nueve minutos.

Ichiyoshi empezó a picar con un brazo y solo lograba desconchones. Aun con los dos brazos, no habría sido posible destrozar ese muro en una hora. Lanzo patadas e intentó escalar por las asimetrías, pero detrás del muro solo había más capas de piedra. Siguió dando patadas desesperadamente. Quedaban 5 minutos. En el final del lateral derecho del muro, donde no había golpeado con tanta exactitud, descubrió que había una roca falsa, con un compartimento lleno de explosivos. En el polo apuesto, también había otro compartimento con explosivos. Estas partes eran las únicas simétricas de todo el muro. Corrió a colocar los explosivos en el centro y preparar el detonador. Se alejó todo lo posible, volviendo a la sala del agua mientras aún tenía puesto el material aislante, ya que aunque corría el riesgo de electrocutarse, también corría el riesgo de hacerse pedazos debido a la explosión, o que la metralla de las rocas lo atravesase.

La explosión se produjo, quedaban todavía dos minutos y volvió para comprobar los resultados. Podía pasar, ya que por no haber, no quedaba ni la puerta: todo había saltado por los aires.

Al fin llegó al centro del laberinto antes del final de la cuenta. Subió por las escaleras de la plataforma central y atravesó como si no hubiera un mañana la puerta metálica que era como la escotilla de un submarino e indicaba la “salida final”.

Lo he conseguido - dijo él con una voz emocionada - He llegado a la salida de verdad.

La emoción duró poco. Lo que vio al asomar la cabeza le dejó sin aliento. Estaba de nuevo en la sala de la piscina olímpica. Pero esta vez no estaba colgado de un gancho, sino que había una silla como de socorrista, vacía, esperándole, con un cartel con su nombre escrito. En el cartel también decía “siéntate aquí y toma el control”.  Delante de la silla había una mesita con una pantalla, una consola y unos mandos con botones que le permitirían controlar los ganchos. El funcionamiento de aquella máquina... todo estaba perfectamente explicado en un manual forrado que descansaba apoyado junto a la consola, como si se tratase de una persona que tomaba el sol en verano.

La realidad era muy distinta. No había verano, ni había calor, ni nada que pudiera sentirse como plácido o relajante... todo lo contrario, aquel manual contenía las claves para su supervivencia en un “nuevo” juego donde, si quería sobrevivir, tenía que matar a todos los participantes de la prueba de los ganchos, la misma en la que él había participado hace tan solo unas horas. Esta vez, jugando como cazador en lugar de presa.

Ichiyoshi miraba como hipnotizado los botones de la consola y los mandos. Unos botones que decían: “Soltar”, “Arma” y “Parar”. En sus manos estaba decidir el destino de las personas que colgaban de los ganchos. Era él o ellos. Podía ponerles las cosas difíciles o darles oportunidades de ganar, tal y como se la habían dado a él. Al haber sobrevivido al juego, no solo habían muerto sus compañeros sino también el cazador que estaba a los mandos de los ganchos. Esta vez, él era el dios del juego. Y no estaba dispuesto a morir: sería un dios malvado, si eso era lo que hacía falta para salir de allí. No tenía otra opción.

Hola - dijo una voz por un altavoz - Veo que has llegado hasta aquí. Felicidades.

¿¡Hola...!? ¡Dios mío al fin...! ¡Ha habido un error, yo no soy un criminal, no debería estar aquí! ¡Necesito que me saquéis ya, no quiero jugar más!  - preguntó él con rabia y desesperación.

Hola. Soy el creador de este juego - respondió la voz - Y tú eres uno de mis jugadores. El único que ha logrado sobrevivir. No ha habido ningún error. Estás aquí porque es lo que te corresponde.

¡Pero que yo no soy un criminal! ¡Me golpearon y aparecí aquí! ¿De verdad esto es un juego para ti? ¿Acaso te divierte ver cómo mueren personas inocentes...? ¡Yo soy inocente! - exclamó él con indignación.

Por supuesto que me divierte, pero ninguno de los jugadores que participan son inocentes - dijo la voz con una risa malvada - Este el mejor juego del mundo. El juego de la vida y la muerte y una oportunidad de salvación. Este juego se creó por mandato mundial. Solo seguimos el reglamento.

Estáis locos y yo no he cometido ningún crimen. Sacarme de aquí ahora mismo - dijo él con asco.

No, estoy muy cuerdo - dijo la voz con orgullo – Solo soy un funcionario a cargo de estos juegos. Has cometido crímenes, solo que todavía no se te ha juzgado por ello. Por una cuestión... administrativa, nada más. Estamos acelerando los trámites. Una nueva directiva.

Estáis zumbados... esto es ilegal, no podéis hacerlo - dijo Ichiyoshi sin más argumentos que añadir debido a su agotamiento físico y mental.

Podemos, por supuesto. Y el ganador de estos juegos gana la libertad - dijo la voz – Te recomiendo que te centres en ello si quieres vivir y volver a tu vida normal. Ya sabes lo que tienes que hacer: juega a los ganchos y mata a todos los jugadores. Haz que caigan al agua y sean devorados. Si ganas te vas a casa.

¿De verdad, no habrá más juegos? - exclamó él con horror.

Así es - dijo la voz con satisfacción - Esta es la última prueba de mi juego. Volviste donde empezaste. Ya hiciste lo más difícil, superando los dos juegos anteriores. Ahora solo siéntate y juega una última vez. Queremos ver tu moralidad. Queremos verte juzgar.

No puedo hacer eso - dijo él con angustia.

Puedes y debes - dijo la voz con firmeza - Si no lo haces, morirás. Si dejas que alguien más salga vivo, morirás. Si intentas escapar sin cumplir la condición, morirás. Solo hay una forma de salir de aquí: matar a todos los demás.

No, no, no - dijo él con desesperación.

Sí, sí, sí - dijo la voz con insistencia - Es tu única opción. Es tu única salvación. Cuanto más tiempo tardes, peor. ¿Puedes escuchar los gritos y lloros de los participantes, puedes sentir su miedo? Mientras hablamos, tus presas no pueden controlar sus esfínteres porque saben que morirán en pocos minutos. No les hagas esperar más.

Dicho esto, la voz se calló y le dejó solo.

Ichiyoshi miró a su alrededor y vio a las personas que colgaban de los ganchos. Era un escenario dantesco que solo podía encantar a los más más sádicos. Él había estado allí... y esto era lo que sentía al verlo desde el otro lado.

No sabía qué hacer. Estaba en un dilema moral y existencial. ¿Debía matar a todos los demás para salvarse? ¿O debía dejarlos vivir y morir él? ¿Qué era lo correcto? ¿Qué era lo justo? ¿Qué era lo humano?

No tenía respuestas, solo preguntas. Y un dolor insoportable. Estaba perdiendo su humanidad... y tenía que jugar. Era joven para morir, era pronto para morir... se repetía a sí mismo una y otra vez. ¿Era excusa suficiente para excusarse, para justificarse... y continuar hacia adelante?

Miró su brazo herido y vio que todo el vendaje improvisado estaba empapado de sangre. Por la adrenalina constante ni había reparado en ello. Sabía que no iba a sobrevivir mucho tiempo si seguía así, porque se iba a desangrar o a morir por infección, sin tomar antibióticos. Tal vez fuera mejor así, pensó. Tal vez fuera mejor morir que seguir viviendo en aquel infierno. El bucle entre decidir si hacer una cosa o la otra no terminaba nunca.

No podía echarse atrás. Ya había dicho que haría lo que hiciera falta para salir, aunque implicase matar. Tenía que salir de allí con vida, esclarecer los hechos y defender su inocencia. ¿Por qué decían que era una criminal? ¿De verdad se habían saltado su supuesto juicio y lo habían sentenciado como culpable directamente? ¿Pero qué había hecho? Tenía que salir y enfrentarse a la gente que lo había encerrado y hacerles pagar por ello.

Sí, realmente los demás participantes le daban igual. El juego le daba igual. Todo le daba igual. Solo le importaba su vida. Salir de allí vivo.

A jugar.

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