El rayo celestial

Un rayo celestial cae. Este rayo trae consigo el poder de la verdad. Todo aquel que es tocado por el poder de la verdad puede predecirlo, puede predicarlo y también puede aprender a engañar.

La verdad es relativa, ya que lo que para uno es verdadero, para el otro es falso. Lo que es bueno para uno, es malo para otro. ¿Qué es bueno y qué es malo? ¿Qué es mentira y qué es verdad? Puedes jugar el juego de las mentiras, siendo la verdad una mentira. O puedes vivir el juego de la realidad que es mentira.

Ambas realidades son la misma cara de una moneda, y en la vida vamos pasando de una a otra, sin saber en cuál nos encontramos realmente en cada momento.

Pero hay un precio que pagar por el poder de la verdad. Quien lo posee, pierde la capacidad de confiar en los demás, pues sabe que todos mienten, de una forma u otra. ¿O quizá conseguiría el efecto contrario, confiar más porque puede decidir hacerlo igualmente aunque sepa que le están mintiendo?

Quien posee este poder, se enfrenta a un dilema constante: ¿Debe usarlo para el bien o para el mal? ¿Debe revelar constantemente las verdades de los demás o mantenerlas ocultas, siguiéndoles el juego? ¿Debe ayudar a los demás o aprovecharse de ellos?

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Conocer la verdad puede hacerte esclavo de ella, dominarte y consumirte.

Así le ocurrió a Ponce, un joven periodista que una noche de tormenta fue alcanzado por el rayo celestial mientras conducía por una carretera camino de vuelta a su casa. Al principio, no se dio cuenta de lo que le había pasado, solo sintió un fuerte dolor de cabeza y una sensación de mareo. Siguió conduciendo hasta su hogar, donde se tomó un analgésico y se acostó a dormir.

A la mañana siguiente, se despertó con una extraña claridad mental. Todo lo que veía, oía y leía le parecía transparente, como si pudiera ver más allá de las apariencias. Se dio cuenta de que podía saber si alguien le mentía con solo mirarle a los ojos, o si un artículo de prensa ocultaba algo con solo leer entre líneas. Cada letra, cada consonante, escondían algo nuevo. También descubrió que podía predecir el futuro con una precisión asombrosa, basándose en las evidencias del presente. Y lo más sorprendente de todo: podía manipular la verdad a su antojo, haciendo que los demás creyeran lo que él quisiera.

Ponce pensó que había recibido un don maravilloso, que le permitiría hacer el bien y mejorar el mundo. Se propuso usar su poder para desenmascarar a los corruptos, denunciar las injusticias y ayudar a la gente con problemas. Conformé usaba su poder, se convirtió en el periodista más famoso y respetado del país, admirado por su valentía y honestidad. Sus reportajes eran seguidos por cientos de millones de personas.

Sin embargo, al pasar los años y estar haciendo uso del poder, Ponce sentía que cada vez se sentía más solo y aislado. Al ser totalmente inmune al engaño y a la mentira, la gente comenzaba a cansarse de estar a su lado, ya que como Ponce sabía cuándo le metían o no, tenían que decir constantemente la verdad, sin un ápice de duda, y eso era agotador. Sus relaciones estaban exhaustas. Algunas personas incluso llegaron a temerle, a la par que le envidiaban... era una mezcla extraña.

Ponce empezó a tener miedo y a pensar que quería acabar con él, pues tenía un poder demasiado bueno que podía hacer mucho daño a aquellos con intenciones oscuras y afines al crimen.

Se volvió un poco paranoico y muy desconfiado, pues sabía que todos le mentían, la única duda era cuándo, si antes o después. Pone logró enamorarse de una mujer y se casó con ella, pero la confianza en el matrimonio era difícil de mantener con unos estándares por la verdad tan alto. No pudo ser realmente feliz con ella porque siempre dudaba de sus sentimientos.

Ponce estaba irremediablemente adicto a su propio poder. No podía evitarlo, habían pasado tantos años... ya formaba parte de su naturaleza, como si hubiera nacido con ello. Aun así, la realidad es que un día cualquiera el rayo celestial le había marcado para siempre, y no había forma de escapar de su destino. Le hubiera gustado volver a ser normal, retroceder en el tiempo, pero era imposible. Esa era la cruda verdad.

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