El gatovampiro
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Los gatos eran negros y no eran de raza, sino unos gatos comunes y normales. Su hija los había adoptado hace unos años, cuando los encontró abandonados en una caja a las puertas de una clínica veterinaria. Los salvó de una muerte casi segura y, después de que el veterinario comprobara su estado de salud y lo vacunase, todo estaba bien.
Sin embargo, algo muy extraño sucedió aquella mañana. Carlota se dispuso a realizar la tarea de cambiar la arena de la caja que le había pedido su hija y, entonces, un ruido inesperado de un objeto que caía al suelo desató un caos inimaginable en la serenidad de Niebla, que se transformó en un torbellino de furia y miedo. El gato estaba como en un pánico incontrolable, quizá asustado por el estruendo. Sus ojos apacibles ahora eran dos brasas ardientes. Con movimientos que desafiaban la gravedad y la lógica, el gato atacó a la mujer, dejando en su piel marcas que parecían haber sido talladas por las garras de la noche misma, pues no parecían las marcas de dientes y garras de un de gato.
La mujer se quedó paralizada al ver las sangrientas mordeduras en sus pantorrillas. No podía creer lo que sus ojos le mostraban: unos agujeros perfectamente redondos, separados por una distancia exacta, que parecían haber sido hechos por unos colmillos afilados y largos. Unos colmillos que no correspondían a un gato normal, sino a un gatovampiro.
Un gatovampiro era una criatura mitológica, una especie de híbrido entre un gato y un vampiro, que se alimentaba de la sangre de sus víctimas igual que un vampiro estándar. Según las leyendas, los gatovampiros podían adoptar la forma de un gato común para pasar desapercibidos entre los humanos, vivir como mascotas y así engañar a sus presas. Eran muy inteligentes y astutos, y solo atacaban a personas cuando se sentían amenazados o cuando tenían mucha hambre, ya que normalmente vivían de forma pacífica junto a los humanos, que les servían de coartada para su verdadera naturaleza. Sus víctimas predilectas eran más bien las alimañas de los alcantarillados y los rincones oscuros de las ciudades y los pueblos.
Carlota siempre había sospechado que algo le pasaba a uno de los gatos, porque siempre se portaba mal. Niebla era muy arisco y agresivo, y siempre se escondía en las sombras, pero nunca había realizado un ataque deliberado como este, ni dejando aquellas extrañas marcas de colmillos. En cambio, Sal era bastante tranquila, pero iba a su bola, no hacía caso a nada.
La mujer se preguntó cómo era posible que su hija no se hubiera dado cuenta de la verdadera naturaleza de uno de sus gatos. Tal vez el gatovampiro había usado algún tipo de poder hipnótico para engañarla, o tal vez su hija estaba tan enamorada de los animales que no quería ver la realidad... porque para ella era como un bebé, como un hijo al que cuidar y amar.
Carlota también se preguntó qué haría ahora que sabía la verdad. ¿Debía llamar a su hija y contarle lo que había pasado? ¿Tenía que ir al médico y buscar algún tipo de antídoto? ¿Cómo iba a salir de la casa, con ese gato enloquecido acechándola?
Después del ataque, la mujer se había escondido detrás de la puerta del baño y mantenía a raya el ataque, pero, mientras pensaba en como escapar de allí ilesa, oyó un maullido detrás de ella. Se giró y vio al gatovampiro, que la miraba fijamente con sus ojos rojos. El gato tenía la boca manchada de sangre, y una expresión de satisfacción y malicia. Carlota sintió un escalofrío al darse cuenta de que el gato se había teletransportado silenciosamente a sus espaldas y que ahora sí que no tenía forma de huir.
No tuvo tiempo de reaccionar. El gatovampiro saltó sobre ella con una velocidad sobrenatural, y le clavó sus colmillos en el cuello. Carlota gritó de dolor y terror, pero nadie la oyó. El gatovampiro bebió su sangre hasta dejarla seca, y luego se limpió la boca con la lengua. Había eliminado a la única persona que podía descubrir su secreto, y había asegurado su supervivencia. No podía dejarla con vida. No solo su secreto, sino también el de su hermana gato, Sal, que también era una gatovampira, debía seguir permaneciendo oculto.
Niebla despertó a Sal con un maullido. Le contó lo que había hecho, y le dijo que tenían que irse de allí. Su hermana asintió, y los dos gatos cogieron sus cosas y salieron por la ventana. Antes de alejarse del todo, echaron la vista atrás. Cuando la inexplicable furia de Niebla había pasado, un irrefrenable sentimiento de tristeza recorrió su espíritu. También Sal lo sintió así, pero aunque no le gustase la situación, ella apoyaba incondicionalmente a su hermano. Abandonaban un hogar cálido y a una familia buena, cuya madre habían asesinado para preservar su existencia en las sombras. ¿Cuántas más veces debían pasar por aquello?