Casillas de francotirador
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Descubrió su poder cuando estaba en una misión secreta en el extranjero. Tenía que eliminar a un líder terrorista que se escondía en un edificio custodiado por decenas de guardias armados. Mauro se colocó en una azotea cercana, y con su rifle de precisión, empezó a disparar a las casillas que formaban la cabeza de sus enemigos. Uno a uno, los guardias caían al suelo, sin saber de dónde venían los disparos.
El tirador se sintió eufórico al ver el efecto de su poder. Era como si fuera un dios que podía decidir quién vivía y quién moría con solo apretar el gatillo, casi como si apuntase simplemente con su dedo. Siguió disparando hasta que llegó a su objetivo final: el líder terrorista. Lo vio a través de la mira telescópica, sentado en una silla, rodeado de pantallas y cables. Mauro apuntó a la casilla que formaba su corazón, y disparó.
Pero algo salió mal. El disparo no solo atravesó el pecho del terrorista, sino que también impactó en una de las pantallas, que explotó y provocó un cortocircuito en todo el sistema eléctrico. El edificio se llenó de humo y llamas, y Mauro escuchó gritos de pánico y dolor. Entre el humo, distinguió la silueta de una niña, que había sido secuestrada. En el complejo no solo vivían los terroristas, sino que también había rehenes y puede que otros civiles. La niña salió corriendo, pero era demasiado tarde. Una viga le cayó encima y la aplastó.
El soldado se quedó paralizado al ver la escena. Había matado a una inocente y quien sabe a cuántos más, por culpa de la magnitud de su poder. Ya no podía hacer nada y los remordimientos asolaban su mente, incluso después de terminar su misión.
Decidió dejar el ejército y llevar otro tipo de vida en la que no hacer daño a la gente. Durante muchos años, se quedó solo y sin rumbo. Dejó de emplear su poder, pero no estaba preparado para ser de utilidad para nadie. No podía ni ayudarse a sí mismo. Un antiguo amigo también exmilitar le recomendó que se mudase a Gomun, una metrópolis caótica y violenta, donde la corrupción y el crimen campaban a sus anchas. Le dijo que la gente de allí le necesitaba y que usase su poder para hacer el bien y redimirse... Mauro decidió mudarse, pues pensó que sería una parada más en su viaje deambulante. Se refugió en un apartamento destartalado, que parecía el típico zulo que sirve de escondite para un francotirador. Se pasaba los días bebiendo y viendo la televisión. Aun no lograba olvidar su pasado ni volver a hacer uso de su poder. Aunque una parte en él, muy en el fondo, nadaba hacia la superficie, queriendo coger una nueva bocanada de aire para hacer borrón y cuenta nueva.
Un día, algo cambió. Mauro vio en las noticias que un grupo de delincuentes había asaltado un banco, y había tomado como rehenes a varias personas. Entre ellas, había una niña que se parecía mucho a la que había matado negligentemente en el extranjero. El francotirador sintió una punzada en el corazón. Recordó su culpa, y su responsabilidad. Y decidió actuar para salvar a esa niña.
Cogió su viejo rifle, que había escondido bajo la cama, y salió a la calle. Se dirigió al lugar del atraco, y se subió a un edificio cercano. Desde allí, pudo ver a los delincuentes, que amenazaban a los rehenes con pistolas. Mauro respiró hondo, y activó su poder. Todos los humanos se convirtieron en casillas en su mente. Podía ver cada uno de sus fragmentos en forma de cubo. Apuntó con una precisión inefable a las casillas que formaban las manos de los delincuentes. Disparó y los incapacitó totalmente.
Los criminales se quedaron atónitos al ver que sus manos estaban inservibles, con un agujero en el entramado de músculos y huesos que permitían su movimiento. Las armas yacían en el suelo. Gritaron de dolor y miedo. Los rehenes aprovecharon la oportunidad para escapar, al ver que ninguno de los secuestradores podía retenerlos ya. Entre los rehenes, estaba la niña, que corrió hacia la salida. Mauro sonrió al verla a salvo. Su corazón respiraba aliviado. Sentía como si una gigante carga que llevaba a la espalda durante años y años se hubiera deshecho.
Pero su sonrisa se borró cuando vio que uno de los delincuentes había cogido una granada, activándola con la boca y la había lanzado de una patada hacia la niña y el resto de rehenes. El francotirador reaccionó con una velocidad extrema, y disparó a la casilla que formaba la espoleta de la granada. La granada se desactivó, y cayó al suelo sin explotar. La niña siguió corriendo, sin darse cuenta del peligro que había evitado.
Ahora sí, todos estaban fuera, a salvo. Había protegido a mucha gente usando su poder para el bien, y sin poner en peligro a los demás. Bajó del edificio, y se mezcló con la multitud. Nadie sabía quién era, ni lo que había hecho, pero ese día había nacido un nuevo héroe que protegería las calles de Gomun de ahora en adelante. El tirador selecto, Mauro, capaz de fragmentar mentalmente en casillas a sus enemigos para darles caza con una precisión letal.