Carta soberana

Hijo mío, la historia que voy a contarte es sobre un juego de mesa muy especial, que solo se juega clandestinamente en las más altas esferas de la sociedad. Es un juego que pone a prueba la inteligencia, la estrategia y la voluntad de los participantes, y que puede tener consecuencias fatales para los perdedores por la naturaleza de sus apuestas. Un juego que se llama Carta Soberana.

En este juego hay un mazo de 12 cartas, divididas en tres tipos: Rey, Esclavo y Ciudadano, por lo que hay 4 de cada tipo. Cada tipo tiene un valor diferente: el Rey vale 5 puntos, el Esclavo vale 0 puntos y el Ciudadano vale 1 punto. El objetivo es conseguir más puntuación que el rival en una ronda y ganar dos de tres rondas para obtener la victoria.

Se juega entre cuatro personas, donde los jugadores se dividen en dos equipos de dos, y se sientan en una mesa circular, de forma que cada jugador tiene a su lado a un compañero y enfrente a un rival. Puedes comprobar que se trata también de un juego de equipo, donde importa el entendimiento y la confianza con tu compañero, así como la lectura del comportamiento y la actitud del rival. Para empezar a jugar, cada jugador recibe tres cartas al azar del mazo, y las guarda en secreto. Luego, se elige al azar quién empieza la primera ronda.

En cada ronda, el jugador que empieza elige una de sus tres cartas y la coloca boca abajo en el centro de la mesa, sin mostrarla a nadie. Luego, el jugador que está a su derecha hace lo mismo, y así sucesivamente hasta que los cuatro jugadores han puesto una carta. Entonces, todas se revelan y se comparan los valores. El equipo que tenga la mayor puntuación gana la ronda. En caso de empate, nadie gana y se pasa a la siguiente ronda. Después, el jugador que está a la izquierda del que empezó la ronda anterior empieza la siguiente, y así hasta completar las tres rondas. Al final, el equipo que gane dos rondas obtiene la victoria total. Si la partida termina con una victoria para cada equipo y un empate, comienza una partida nueva con sus tres rondas.

La gracia del juego es que ni tu compañero ni el equipo rival sabe qué carta estas jugando, ni que cartas le han tocado. Puedes haber tenido muy buena suerte, y que al equipo rival no le haya tocado ninguna carta de rey, o que en cambio, las tenga todas. La suerte puede sentenciar la partida. Pero también como se jueguen las cartas, y el lenguaje no verbal que los jugadores expresen y sean capaz de leer de sus contrincantes. Un equipo con dos reyes podría equivocarse jugando ambos reyes en una misma ronda, frente a dos esclavos, ganando con demasiada holgura. La mejor victoria es la que se consigue con la menor superioridad de puntuación respecto a la del equipo contrario. También podría darse el caso de un jugador que parta con una mala mano, como dos esclavos y un ciudadano, pero que su compañero tenga dos reyes y un esclavo: la coordinación con el compañero será fundamental, porque de jugar dos esclavos, podrían perder frente a un ciudadano, y de jugar un esclavo y un rey, podrían perder frente a un rey y un ciudadano. Cualquier equipo, por buenas que sean sus cartas, puede perder si no las juega adecuadamente. Hay una última regla especial, y es que si un equipo recibe los cuatro reyes, gana automáticamente.

Existe una versión menos extrema del juego que minimiza, estableciendo que se reparte una carta de cada tipo a cada jugador, de forma que se asegura que todos los participantes parten desde una misma mano en igualdad de condiciones. Pero estas partidas tienen menos emoción y sus apuestas suelen ser menos arriesgadas, ya que todo el mundo conoce las cartas de los jugadores y la única incógnita es en que orden serán jugadas.

Pero lo que hace que este juego sea tan especial y peligroso no son las reglas, sino las apuestas. Antes de empezar el juego, cada jugador debe apostar algo de gran valor, ya sea dinero, propiedades, información o incluso su propia vida. La magnitud de las apuestas deben tener un valor similar y las apuestas deben ser aceptadas por ambos jugadores y validadas por un tribunal neutral.  No existe ningún tipo de restricción en lo que se puede apostar. Lo que se apuesta se guarda en una caja fuerte, si es posible, custodiada por un árbitro imparcial que forma parte del tribunal y que también vela por el cumplimiento de las reglas del juego. El equipo que gana se lleva todo lo apostado, mientras que el que pierde lo pierde todo. Así, el juego se convierte en una batalla psicológica, donde cada carta puede significar la gloria o la ruina.

Pues bien, recuerdo una partida de Carta Soberana que tuvo lugar hace unos años, en una mansión aislada en las afueras de la ciudad. Los protagonistas eran cuatro hombres de negocios, que se habían reunido para resolver una disputa comercial. Los nombres de los jugadores eran: A, B, C y D. Sus identidades estaban ocultas. A y B hacían equipo, y C y D también. Cada uno de ellos apostó una gran suma de dinero, que equivalía aproximadamente a la mitad de su fortuna personal. Y, además del dinero, cada uno apostó el dedo meñique de sus mano, como compromiso de sangre y muestra de la gravedad de los hechos que se disponían a resolver con aquella partida. Al fin y al cabo, el dinero era algo que les sobraba: desprenderse de la mitad de su fortuna no era la gran cosa, cuando aún seguían siendo asquerosamente ricos y podían recuperarla a lo largo del tiempo con sus jugadas bursátiles. Pero un dedo no, si lo perdías... lo perdías para siempre.

La partida empezó con A como el primer jugador. Eligió una carta al azar de su mano y la puso boca abajo en la mesa. Luego, le tocó a C, que hizo lo mismo. Después, a B, y por último, a D. Cuando se revelaron las cartas, el resultado fue el siguiente: A: Rey (5 puntos), C: Ciudadano (1 punto), B: Ciudadano (1 punto), D: Esclavo (0 punto).

El equipo de A y B ganó la primera ronda, con 6 puntos contra 1. C y D se miraron con preocupación, pero la partida acababa de comenzar y aún quedaban dos rondas. Tenían que ganar las dos siguientes. A y B se sonrieron con confianza.

Comenzó la segunda ronda. C miró sus dos cartas restantes y eligió una con cuidado. La puso boca abajo en la mesa, esperando que fuera la correcta. Los demás hicieron lo mismo. Los resultados: C: Rey (5 puntos), B: Esclavo (0 puntos), D: Rey (5 puntos), A: Ciudadano (1 punto). El equipo de C y D ganó la segunda ronda, con 10 puntos contra 1. Había sido una victoria abrumadora, pero ahora tenían un problema en la siguiente ronda. Si ninguno de ellos tenía un rey, entonces el rey estaría en el equipo enemigo y ganar sería imposible. Un escalofrío les recorrió el cuerpo y les entumeció las articulaciones. Sus dedos se movían torpemente a la hora de sacar la última carta.

Todos jugaron la última carta que les quedaba en la ronda final. Se lo jugaban todo. Los resultados fueron: B: Rey (5 puntos), D: Esclavo (0 puntos), A: Esclavo (0 puntos), C: Ciudadano (1 punto). La partida para el equipo de C y D había terminado. Habían perdido la última ronda con 5 puntos a 1. El último rey estaba en el equipo de A y B. La segunda ronda había sentenciado al equipo de C y D, ya que de otra forma, habrían tenido a su alcance la victoria, puesto que, por designios del destino, las cartas se habían repartido igualitariamente entre ambos equipos, contando ambos con dos reyes, dos ciudadanos y dos esclavos.

C y D quedaron boquiabiertos y sus miradas solo transmitían consternación. El arbitró del juego se acercó a ambos, trayendo la pequeña guillotina que sería empleada para desprender a cada uno de una de sus manos un dedo meñique.

Al lanzarse la hoja, la sangre salpicó a la mesa de juego, a las cartas e incluso al equipo que había ganado, que observaba la escena con lascivia en las cercanías.

Así terminó la partida de Carta Soberana, el juego de mesa más especial y peligroso del mundo, pero a la vez tan simple de jugar, que estaba al alcance solo de las élites que no encontraban una forma más emocionante de resolver sus diferencias. Un juego que podía tumbar a cualquier entidad por poderosa que fuera y que estuviera dispuesta a tomar los riesgos, a cambio de conseguir, si cabe, aún más poder.

Regresar al blog

Deja un comentario