Agencia de destinos postapocalípticos

¿Te aburren las vacaciones convencionales? ¿Te gustaría vivir una aventura al límite? ¿Te atreves a explorar los rincones más oscuros y peligrosos del planeta? Si tu respuesta es sí, entonces no lo dudes más y reserva tu plaza en la agencia de viajes especializada en destinos apocalípticos. La única agencia que te ofrece experiencias fatídicamente extremas, que pondrán a prueba tu fortaleza física y mental.

En la agencia de viajes especializada en destinos apocalípticos, tenemos una amplia variedad de opciones para satisfacer tus gustos más singulares y con cierto toque autodestructivo. Por ejemplo, podrás visitar lugares abandonados, donde el tiempo se ha detenido y la naturaleza ha reclamado su espacio. Siente el escalofrío de recorrer las calles vacías de Pripyat, la ciudad fantasma cerca de Chernóbil, donde la radiación aún es palpable; admira las ruinas de la civilización maya en Tikal, rodeadas de una selva llena de vida salvaje; o contempla el esplendor decadente de Venecia, sumergida bajo el agua por el cambio climático. Elige entre todo un catálogo de destinos postapocalípticos fascinante.

Pero si lo que buscas es un desafío mayor, también podrás elegir entre destinos contaminados por agentes biológicos, químicos o nucleares, donde tendrás que usar un traje especial para protegerte. Podrás ver de cerca los efectos de la guerra, la polución o los experimentos fallidos en lugares como Irak, China o Corea del Norte y observar las mutaciones y las enfermedades que han afectado a la flora y la fauna de estos lugares, y quizás incluso a algunos humanos que aún sobreviven. Tu inmunidad natural será puesta a prueba frente a las plagas que han asolado el mundo en distintos momentos de la historia y que podrían seguir existiendo en los rincones más oscuros del planeta.

Si prefieres algo más sobrenatural, también tenemos destinos supuestamente encantados, donde podrás enfrentarte a tus propios miedos y fantasmas. De esta manera, podrás visitar lugares donde se dice que ocurren fenómenos paranormales, como la isla de las muñecas en México, el bosque de Aokigahara en Japón o el castillo de Drácula en Rumanía. ¿Estas deseando escuchar los sonidos, los susurros y los lamentos de las almas que vagan por estos lugares? Adelante, adéntrate e intenta sentir la presencia de entidades malignas que intentarán poseerte o hacerte daño o espíritus de protección que iluminarán tu camino y guiarán tus pasos. Tu fortaleza mental y resiliencia pasaran su test más duro hasta el momento.

¿Estás buscando un destino estacional porque quieres cambiar de aires? Si lo que te gusta es el calor, también tenemos destinos con climas desérticos, donde podrás experimentar las temperaturas más extremas y la sequía más severa, la que te deja los poros de la piel agrietados. Camina por las arenas del Sahara, el desierto más grande del mundo, donde el sol te abrasará y el incesante viento te azotará sin descanso; desliza tus ojos por las formaciones rocosas del Gran Cañón, el valle más profundo del mundo, donde el agua escasea y la vida es dura, muy dura; o explora las cuevas de hielo del Polo Norte, el lugar más frío del mundo, donde el frío te congelará y la oscuridad te envolverá, mientras los temibles osos polares están al acecho.

En la agencia de viajes especializada en destinos apocalípticos, te ofrecemos todo lo necesario para que tu viaje sea inolvidable. Te proporcionamos el equipamiento de seguridad adecuado, el alojamiento más confortable, el transporte más rápido, la comida más nutritiva y el seguro médico más completo. Todo al máximo nivel, calidad prémium, para que, al menos por nuestra parte, tengas el máximo de posibilidades de sobrevivir. Además, te garantizamos que si no regresas, se le reembolsará a tus allegados más cercanos el importe del billete de vuelta, ya que, lógicamente, no harás uso del mismo. Por el contrario, si regresas, serás recompensado con una medalla y un diploma conmemorativos de la hazaña. ¿A qué esperas? Llama ya y reserva tu plaza. La agencia de viajes especializada en destinos apocalípticos, la agencia que te lleva vivo al fin del mundo y vivo o muerto de vuelta.

Hawnk siempre había sido un aventurero en espíritu. Le gustaba vivir al límite, desafiar el peligro y sentir la adrenalina. No a todas horas, pero lo llevaba en las sangre. Por eso, cuando vio el anuncio de la agencia de viajes especializada en destinos apocalípticos, no lo pensó dos veces. Se apuntó al primer viaje disponible que lo llevaría a Chernóbil, la ciudad ucraniana abandonada tras el desastre nuclear de 1986. La agencia le ofrecía una experiencia única, con la posibilidad de explorar la zona de exclusión, ver los restos del reactor, entrar en los edificios vacíos y ser testigo de primera mano de las consecuencias de la radiación y de sus mutaciones. A pesar de que había ciertos riesgos, Hawnk estaba seguro de que volvería. Tenía curiosidad por saber si eran ciertas aquellas leyendas que hoy día circulaban en internet sobre Chernóbil, así que no podía perdérselo por nada del mundo. En principio, el destino no era el más peligroso de los disponibles en la agencia, pero Hawnk, además de Chernóbil, quería conocer Ucrania.

El aventurero se preparó para el viaje con ilusión y nerviosismo. La agencia le proporcionaría el equipamiento de seguridad, manutención, seguro médico y todo lo demás relativo al viaje. La calidad, en esos aspectos, era excelente.  Le advirtieron de los riesgos que corría, pero él los aceptó voluntariamente. Unos viajes eran más peligrosos, otros menos, pero ninguno estaba exento de riesgo: el riesgo cero no existía. Hawnk no se preocupó demasiado. Pensó que si le pasaba algo, al menos moriría haciendo lo que le gustaba.

El día del viaje llegó, y Hawnk se subió al avión que lo llevaría a Kiev, la capital de Ucrania. Allí lo esperaba un autobús que lo trasladaría a Chernóbil, junto con otros turistas igual de intrépidos que él. Durante el trayecto, el guía les explicó la historia del lugar, las medidas de seguridad que debían seguir y las precauciones que debían tomar. Nuestro hombre escuchaba con atención, pero también con impaciencia. Quería llegar cuanto antes a su destino soñado y explorar todos sus rincones, aquellos donde otros turistas no habían logrado llegar, esos recovecos por los que podía colarse y redescubrir espacios tal y como se dejaron hace ya 50 años, donde la vida se había pausado y permanecía atemporal.

Por fin, el autobús entró en la zona de exclusión, un área de unos 30 kilómetros alrededor de la central nuclear. Hawnk se puso el contador Geiger, el dispositivo que medía la radiación, y se asomó por la ventana. No marcaba un perfecto cero. Lo que vio después lo dejó sin aliento. Era como entrar en un mundo paralelo, donde el tiempo realmente se había detenido y la naturaleza se había adueñado de todo. Edificios derruidos, coches abandonados, carteles descoloridos, juguetes olvidados, ropa tirada, libros abiertos… Todo era silencio y desolación. Y también, algo de belleza. Hawnk se fijó en los árboles, las flores y los animales que habían recuperado su espacio. Algunos tenían formas extrañas, colores llamativos o tamaños desproporcionados, pero a Hawnk le parecieron fascinantes. Quizás, entre ellos, se escondía alguna nueva especia que había sobrevivido a la adversidad de la tragedia y se había adaptado después de sufrir diversas mutaciones.

El autobús se detuvo en el pueblo de Pripyat, donde vivían los trabajadores de la central y sus familias. Era el lugar más cercano al reactor, y el más afectado por la radiación. El guía les dijo que podían bajar y patear el lugar, pero que no se alejaran demasiado ni tocaran nada. Hawnk no hizo mucho caso, se bajó del autobús y se dirigió hacia uno de los edificios más altos. Quería ver la vista desde arriba, y quizás divisar el reactor. También quería localizar posibles rutas o sitios interesantes que no figuraban en los mapas ni en las guías. Subió las escaleras con cuidado, esquivando los escombros y las telarañas. Llegó al último piso y entró en un apartamento. Allí encontró restos de una vida que se había interrumpido abruptamente: muebles en su sitio llenos de adornos que denotaban que allí vivía con gusto; ropa tirada, quizá por las prisas al huir de allí; marcos con fotos familiares, olvidadas aquí para siempre, sin que nadie las reclame; libros diversos, algunos de anatomía... el explorador sintió una mezcla de curiosidad y tristeza por todo aquel escenario, lleno de recuerdos que, a pesar de que para él le eran extraños, por alguna razón podía simpatizar y sentir una profunda y al mismo tiempo lejana añoranza. Hawnk se preguntó qué habría sido de aquellas personas, si habrían sobrevivido o no, y si ellos mismos o algún familiar cercano habría vuelto a aquel lugar, aunque no parecía el caso.

Recordó que el accidente de Chernóbil había causado la muerte de miles de personas, tanto por las explosiones de las nubes de hidrógeno dentro del núcleo, como por los efectos posteriores de la radiación. Aquello fue muy duro y sucedió hace cuatro días, como quien dice. Hawnk también recordó que el accidente se había debido a una cadena de errores, como el diseño defectuoso del reactor y los sistemas de seguridad desactualizados, que se basaban en modelos de los años 40 y 50, además de fallos humanos cruciales, la falta de capacitación y de los procedimientos adecuados, entre otros. Tampoco ayudó la falta de transparencia y el secretismo en torno a ello. Hawnk respiró profundamente, exhalando un hálito de tranquilidad; podía considerarse verdaderamente afortunado por no haber tenido que vivir aquello.

De repente, escuchó un ruido. Parecía venir de la habitación contigua. Hawnk se asustó, pero también se sintió atraído. ¿Era un animal? Podía ser una alimaña, ¿tal vez un fantasma? No creo, ¿y otra persona? Tal vez otro de los turistas, pero decidió cerciorarse. Se acercó a la puerta y la abrió con cautela. Lo que vio lo dejó de fábrica. Era un niño, o al menos lo había sido. Tenía la piel pálida y llena de llagas, no tenía pelo y los ojos los tenía inyectados en sangre y amarillentos. Estaba sentado en el suelo, rodeado de juguetes rotos. Al ver a Hawnk, le sonrió con una boca con unos pocos colmillos y dientes semipodridos y le tendió la mano. Hawnk retrocedió horrorizado, pero antes de que pudiera salir de la habitación, el niño se levantó y se abalanzó sobre él de un salto, en un abrazo que iba directo a su cuello. Hawnk gritó, pero nadie lo escuchó. El niño lo mordió en la yugular, sintiendo un dolor insoportable, pero corto. Cayó al suelo, desangrándose. Ya no sentía dolor. El niño se alejó, satisfecho. Había encontrado un nuevo juguete.

Hawnk no regresó al bús de vuelta. Tampoco regresó a España. Sus allegados más cercanos recibieron el reembolso del billete de vuelta, pero nunca supieron qué le había pasado, porque no encontraron su cuerpo. La agencia de viajes siguió ofreciendo experiencias únicas y fatídicamente extremas. Y el niño siguió esperando en aquella habitación continua, extraviada en el tiempo, a que llegara otro turista curioso.

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