La pareja dracónida

Érase una vez una dracónida que tenía dos cabezas: una roja y una azul. Cada una tenía una personalidad, aspecto y nombre diferente: la roja se llamaba Zara y la azul se llamaba Pyra. Era una criatura única, una mezcla de humana y dragón, con un cuerpo dorado escamoso, alas, garras y cola, pero con dos cabezas y sus respectivas caras extrañamente humanas. No obstante, para vivir entre estos, había decidido adoptar una apariencia totalmente humana. Y es que le gustaba mucho vivir entre las personas, pues sentía curiosidad por su cultura y sus costumbres. Pero lo que más le gustaba era flirtear con los hombres humanos, pues los encontraba atractivos y muy curiosos. Se divertía.

Zara y Pyra tenían una estrategia clara para seducir a los hombres: se repartían los roles entre sus dos entidades. Zara era la que usaba sus encantos físicos, pues era la más bella de las dos. Tenía unos ojos verdes que hipnotizaban, unos labios rojos que invitaban al beso y un cabello cobrizo y trenzado que captaba todas las miradas. Zara se encargaba de acercarse a los hombres, sonreírles, tocarles y halagarles. Por su parte, Pyra era la que usaba su personalidad como arma, pues era la más carismática de las dos. Tenía una voz dulce que encantaba, su ingenio sorprendía y mantenía la conversación siempre animada e interesante, y tenía una simpatía que, simplemente, conquistaba. Por lo tanto, Pyra se encargaba de hablar con los hombres, hacerles reír, contarles historias y escucharles. Y todo esto, turnándose para actuar bajo la apariencia de una misma mujer humana.

La dracónida solía tener éxito en sus conquistas, pues los hombres se quedaban fascinados con su doble encanto. Sin embargo, había uno que se le resistía: se llamaba Lucca y era el hijo del alcalde de la ciudad. Lucca era un hombre guapo e inteligente que se dedicaba a proteger a los ciudadanos de los peligros que acechaban en sus tierras. Zara se había fijado en él cuando patrullaba por las calles, y Pyra se había enamorado a primera vista. Lucca no parecía darse cuenta del interés de la dracónida, pues estaba muy ocupado con su trabajo y sus responsabilidades. También se decía que no era muy espabilado para estos temas y que por eso, en el amor, nunca había tenido suerte y seguía soltero.

Pyra y Zara decidieron que tenían que hacer algo para llamar su atención, así que idearon un plan. Le pidieron a un amigo suyo, un gnomo llamado Gino, que le ayudara. Gino era un experto en inventos y trucos, y le gustaba hacer favores porque más adelante se los cobraba por dos.  La dracónida le explicó su plan a Gino, y él aceptó colaborar.

El plan consistía en lo siguiente: Gino crearía una falsa alarma de un ataque de monstruos en la plaza central de la ciudad, donde Lucca solía hacer la ronda. La dracónida se presentaría en la plaza, fingiendo ser una ciudadana asustada y perseguida por los monstruos, y se acercaría pidiéndole ayuda. Entonces, Zara usaría sus encantos físicos para seducirlo dejándole una impactante impresión de damisela en apuros, y Pyra emplearía su personalidad como perfecta actriz para implicarlo emocionalmente y despertar su interés al salvarla con éxito.

El plan parecía perfecto, pero había un pequeño detalle a tener en cuenta: Lucca no era un hombre cualquiera... tenía un secreto: él también era una criatura mitad humana mitad dragón, pero también lo ocultaba bajo la apariencia humana. Era un dragón de fuego fatuo, con escamas oscuras recorriendo todo su cuerpo y ojos ámbar citrino, pero jamás se había mostrado en público, así que nadie conocía su misterio, pues los dracónidos, al ser una raza híbrida con poderosa magia, podían decidir cómo vivir alterando su aspecto a discreción.

Lucca había nacido en una familia de dragones, pero había sido adoptado por el alcalde cuando era un bebé al morir sus padres en una guerra antigua. Por consiguiente, había crecido entre los humanos, los amaba y se sentía más cómodo con ellos que con nadie más... por eso prefería tener su misma apariencia.

El plan iba a dar comienzo. Gino apareció en la plaza, con un megáfono y una caja llena de fuegos artificiales. Activó la artillería, y creó una explosión de colores y sonidos. Gino gritó por el megáfono, diciendo que era un ataque de monstruos, y que todos debían huir. La falsa alarma parecía funcionar para quienes solo escucharon las explosiones. Los habitantes salieron huyendo y pronto apareció Lucca y sus hombres. En ese mismo instante hizo su acto de presencia Zara y Pyra.

Cuando la mujer dragón se acercó a Lucca, él la reconoció al instante. Al principio dudó, pero luego vio a través de su disfraz humano, y percibió su verdadera naturaleza. Sintió una mezcla de sorpresa, curiosidad y desconfianza. ¿Qué hacía una dracónida en la ciudad? ¿Qué quería de él? ¿Sería quizá un enemigo? El dracónido decidió fingir que no sabía nada, y seguirle el juego a su semejante. Quería averiguar sus intenciones, y si era necesario, detenerla.

La mujer dragón no se dio cuenta de que Lucca la había descubierto, y tampoco sabía que él mismo era también un dracónido, así que siguió con su plan. Zara y Pyra lo encandilaron y lo estaban haciendo bien, pues Lucca parecía interesado y atento. Pero en realidad, lo que estaba haciendo era analizar cada palabra, cada gesto y mirada de una posible enemiga, incluso tal vez una espía. El guerrero dragón también percibió las dos identidades ocultas, Zara y Pyra y se preguntó cómo sería convivir con dos personalidades en un mismo cuerpo.

A pesar de que solo le estaba siguiendo la corriente, la realidad es que Lucca empezó a sentir algo por ella en su interior. No sabía muy bien como llamarlo. De algún modo, cada vez pensaba menos que pudiera ser una enemiga infiltrada y más una igual de su misma especie con la que quizá podía compartir algo más que un encuentro aparentemente casual. ¿Por qué se habría alarmado tanto al principio? Lucca no había conocido jamás a una mujer dragón, la misma especie que él.

Pasó el tiempo y Lucca, Pyra y Zara siguieron quedando. Tuvieron algunas citas muy bonitas, hasta que el hombre dragón se sintió con plena confianza para confesarle su secreto, que aún no había sido descubierto.

Y cuando ella lo supo... se quedó boquiabierta, y sintió un escalofrío. A Pyra y Zara solo le gustaban los hombres humanos, no mitad dragón. Al descubrir que Lucca había sabido todo este tiempo que ella era una dragona, se sintió traicionada, avergonzada y ninguneada. Ella ya no quería saber nada de él.

Lucca le rogó:

- No te vayas. Quiero hablar contigo. Dame una oportunidad.

Zara se resistió, y le dijo:

- Vete. No tengo nada que decirte. No quiero saber nada de ti. Nos has engañado.

Lucca se negó, y le dijo:

- Por favor, escúchame. Tengo algo que decirte. Quiero que sepas lo que siento.

Pyra se sorprendió, y le dijo:

- Ya has oído a Zara. No queremos saber nada más de ti. Nosotras creíamos que tú eras un hombre humano. ¿Cómo has podido mentirnos durante todo este tiempo?

Lucca se sinceró, y le dijo:

- Yo pensé que algo sospechabais y mi intención no era ocultároslo, sino que no estaba seguro de cuándo contároslo. No estaba preparado. Pero ahora sí, porque estoy enamorado de ti.

Zara y Pyra se conmovieron un poco, y le dijeron:

- ¿Nos amas?

Ni Zara ni Pyra se habían planteado nunca ligar con alguien ni encapricharse de alguien que no fuera un humano, y mucho menos amarlo. Pero aquella situación era muy rara y jamás se habían encontrado en una tesitura así porque tampoco antes en la vida habían conocido a otro hombre dragón.

Lucca se acercó, y le dijo a la mujer dragón:

- Todo lo que hemos vivido ha sido precioso y ambos lo hemos sentido. Me gustas.

Y de repente, la acarició por la cintura y la besó. Ambos se fundieron en un llameante beso entre sus apariencias humanas, mientras su yo dragón pugnaba por desatarse para dar rienda suelta a aquello tan desconocido que estaba surgiendo, o no, entre ambos seres de leyenda.

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