El joven de la bici

Isidoro era un chico muy enamoradizo, pero el flechazo con Beatrix fue más profundo que cualquier otro. Fue real. Desde que conoció a Beatrix, no podía dejar de pensar en ella. Aquella joven dulce y simpática, que trabajaba en una floristería, era, precisamente, como una de aquellas bellas flores con fragancia copiosa, que calaba en lo profundo de los huesos. Isidoro la había conocido un día que fue a comprarle unas rosas a su madre, para el Día de la Madre, y aquello marcó el inicio de una relación.

Por su parte, Isidoro trabajaba en una oficina de informática, donde en su mayoría realizaba reparaciones y atendía a los clientes. Todos los días cogía su moto para ir al trabajo. Le gustaba sentir el viento en la cara y la libertad de moverse por la ciudad rápida y fácilmente. Pero hoy era un día especial. Hoy iba a conocer, por fin, a la familia de Beatrix, que vivía en un pueblo cercano. Su familia era granjera, de cuna humilde, gente muy sencilla y amable que le iban a recibir con los brazos abiertos. Aun así, Isidoro estaba nervioso y emocionado por querer causar una buena primera impresión.

Ese día, Isidoro se levantó temprano y se preparó para ir al trabajo, como hacía siempre. Se puso su traje, cogió su maletín y algunas herramientas que se había dejado en casa después de hacer las reparaciones de una placa base y salió de casa. Lo curioso fue que, en lugar de ir a por la moto, que estaba aparcada en la calle, se dirigió a la bicicleta que guardaba en el trastero. No se dio cuenta de su error, porque estaba distraído pensando en Beatrix y en el evento con su familia y claro, con la bicicleta difícilmente podría llegar al trabajo, que estaba lejos, lo suficientemente lejos como para ser necesaria la moto para llegar, u otro tipo de transporte que no fuera a pedales. Sin pararse a pensarlo, cogió bicicleta, subió a la calle y empezó a pedalear rumbo al trabajo.

Y a mitad de camino... ¡Ay! A mitad de camino se dio cuenta de su confusión. Se notaba que se le estaba haciendo tarde, y que estaba yendo más lento de lo normal. Fue entonces cuando bajó la vista y vio que estaba en su bicicleta, y no en su motocicleta. Se quedó atónito, y se paró en una esquina. ¿Cómo había podido confundirse así? ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía que volver a casa a por la moto, pero eso le iba a retrasar mucho. Y no podía llegar tarde al trabajo, porque tenía una reunión importante con un cliente. Y tampoco podía llegar tarde a la cita con Beatrix y su mi familia, porque si llegaba tarde ahora, también tendría que salir más tarde después.

La situación era agobiante, pero intentó tener la mente fría y hacer unos cálculos. Miró el reloj, y vio que aún le quedaba algo de tiempo. Decidió que lo mejor era volver a casa a por la moto, y luego ir al trabajo lo más rápido posible y, de alguna manera, intentar acelerar la reunión con el cliente y el resto del trabajo del día para así no tener que salir tarde. Así que dio la vuelta, y empezó a pedalear de nuevo. Pero esta vez, con más prisa y más cuidado. El cansancio en las piernas se hacía notar. La adrenalina le daba las fuerzas que necesitaba. El pecho subía y bajaba rápidamente, pero Isidoro no parecía cansarse, porque todo aquello era por un bien mayor.

El joven llegó a casa un poco extenuado, dejó la bicicleta rápidamente en el trastero y cogió la moto que estaba en la calle. Se puso el casco, arrancó el motor y salió pitando al curro. El tráfico estaba rebelde, parecía que estaba en su contra y tuvo que esquivar varios vehículos y saltarse dos o tres semáforos. Fue peligroso, pero tenía que llegar. Miró el reloj, y vio que se le estaba acabando el tiempo. Aceleró más, y esperó que no le parara ningún coche patrulla de la policía.

Finalmente, llegó. Aparcó la moto,  corrió hasta el ascensor, y pulsó el botón. Pero el ascensor tardó mucho en llegar, alguien debía de estar usándolo. La paciencia ya se le había terminado. Abrió la puerta de emergencias y subió por las escaleras hasta la planta donde estaba la oficina. Entró en la sala de reuniones. Allí estaban su jefe, su compañero, y el cliente. Todos le miraron con reproche, e Isidoro se disculpó, pero lo había conseguido.

- Lo siento, he tenido un problema con la moto – mintió Isidoro.

- ¿Qué problema? – preguntó su jefe.

- No quería arrancar, no sé qué problema exactamente tenía – dijo Isidoro.

- Mmm – expresó su jefe pensativamente.

- Sí, no sé qué ha podido pasar pero después de intentarlo mucho arrancó y pude llegar. La llevaré al taller para que no me vuelva a dar problemas. Lo siento – se disculpó de nuevo Isidoro ante el jefe, el cliente y el compañero del proyecto.

- Está bien, empecemos la reunión – dijo el jefe.

Isidoro se sentía avergonzado, pero podía contarles la verdad de su despiste. Se sentó en su sitio y comenzaron la reunión. Su compañero le pasó el portátil y presentaron el proyecto. Después de todo el cansancio de la bici, el estrés por llegar a tiempo y todo lo que le quedaba de jornada laboral hasta poder reunirse con la familia de Beatrix, Isidoro estaba al borde del colapso. Pero aguantó y evitó salir más tarde de la hora.

Se dirigió al pueblo de su novia, pero el camino era largo y complicado. Había que tomar varias carreteras, y atravesar varios pueblos. El joven no conocía bien la ruta, y se perdió varias veces. Tuvo que parar, y preguntar a los lugareños. Pero la gente no le entendía, o le daba indicaciones equivocadas. Isidoro sentía tanta impotencia, nada le salía aquel día y estaba harto de dar y dar vueltos y de perder más tiempo de nuevo, pero a base de perseverar y de seguir avanzando y preguntando a los viandantes, consiguió llegar al pueblecito.

Ahora había un nuevo problema: localizar la casa correcta. Beatrix le había dicho que su casa estaba en una granja, pero había muchas granjas en el pueblo y el espacio a recorrer era muy grande. No podía andar buscando, dando palos de ciego. Isidoro buscó una señal, o un cartel, pero no encontró nada. Decidió llamar a su pareja, pero no tenía buena cobertura. Además, se acordó de que la familia de Beatrix no tenía teléfono, ni internet, ni televisión. Eran unos granjeros muy tradicionales, y no les gustaban las tecnologías.

Isidoro decidió ir a la plaza del pueblo, y volver a preguntar a quien fuera. Pensó que quizá alguien conocía a la susodicha familia, ya que en un pueblo, y encima si es de familias granjeras, todos se conocen. Para su sorpresa, la plaza estaba repleta de gente, había como una fiesta local. La gente bailaba, cantaba, y bebía, estaba muy animado, así que fue fácil preguntar. Se acercó a un grupo de jóvenes.

- Hola, perdonad, ¿sabéis dónde vive Beatrix, la chica de la floristería? - dijo Isidoro.

- ¿La chica de la floristería? - dijo uno de los jóvenes.

- Sí, es mi novia. He quedado en un pajar que está en su casa, que está en una granja - dijo Isidoro.

- ¿En su pajar? - dijo otro de los jóvenes.

- Sí, a su pajar, ¿sabéis cómo llegar? - insistió Isidoro.

- Pero Beatrix no tiene pajar - dijo el joven.

- ¿Cómo que no tiene pajar? – se sorprendió Isidoro.

- No, no tiene pajar. Tiene una casa, como todo el mundo - dijo el joven.

- ¿Una casa? Bueno, como sea. ¿Sabéis dónde queda? – preguntó Isidoro un poco harto de tantos rodeos.

- Su casa está al otro lado del pueblo, junto al río - dijo el joven.

- ¿Al otro lado del pueblo? ¿Junto al río? Qué extraño - dijo Isidoro.

- Eso es. ¿Y no te lo ha dicho ella? - dijo el joven.

- No, la verdad, no es que me diera muchas indicaciones. Intenté llamarla pero no me va bien la cobertura. Me ha dicho que vivía en una granja, y que me esperaba en el pajar – espetó Isidoro.

- Pues yo creo te ha mentido - dijo el joven.

- Eh... ¿Y por qué me iba a mentir? - dijo Isidoro.

- Pues no sé, quizás porque no quiere que la veas - farfulló el joven.

- ¿Que no quiere que la vea? Pero si hemos quedado para que me presente a su familia ahora – respondió el informático.

- Pues no sé, quizás porque tiene otro novio - dijo el joven.

- ¿Otro novio? ¿Qué otro novio? – contestó alterado Isidoro.

- Pues ese otro novio - dijo el joven, señalando a un chico que estaba bailando con Beatrix en la plaza.

Isidoro siguió la dirección del dedo, y vio a Beatrix. Lo que vio le dejó blanco como la nieve. Se quedó de fábrica. Mientras él estaba desesperado por encontrar su casa, ella estaba bailando con un chico alto y rubio, guapete, que la abrazaba y la besaba. La joven se reía, y parecía muy feliz. Isidoro no podía creer lo que veía. Se quedó paralizado, y sintió un dolor en el pecho, como si una mano lo hubiera atravesado y le estuvieran arrancando de cuajo el corazón y dejando un vacío muy profundo. Se le nubló la vista, y se le secó la boca. Se dio cuenta de que Beatrix le estaba engañando en frente de sus narices.

Isidoro se sintió traicionado, y se enfadó. Quiso ir a enfrentarse a Beatrix, y a decirle todo lo que pensaba. Pero no pudo. No tenía fuerzas, ni ganas. Todo lo que había sucedido aquel día, y ahora ver esto... solo quería irse de allí, y olvidarse de todo. Así que dio media vuelta, y se fue, sin más. Era demasiado para él. Volvió a la moto, y se puso el casco. Arrancó el motor, y salió del pueblo sin mirar atrás. Para colmo, volvió a perderse para la salida del dichoso pueblo.

Pasó casi una hora de vuelta e Isidoro llegó a su casa. Se tiró en el sofá. Estaba solo, triste y enfadado. Toda su alegría se había desmoronado y estaba hecha añicos a sus pies, en aquel salón en penumbra en el que yacía. La casa en sí se sentía muy vacía y oscura. Sacó fuerzas para levantarse y ponerse el pijama y caer rendido de nuevo pero en la cama.

Había sido un día horrible, y quería que acabara. Así que cerró los ojos, y trató de dormir. Pero no pudo. Solo podía pensar en Beatrix, y en lo que le había hecho. Se preguntó por qué le había mentido, y por qué le había engañado así. No se lo merecía. Los pensamientos iban y venía sobre qué fue lo que había salido mal. Se preguntaba si él tenía la culpa, si alguna vez se habían querido de verdad y qué esperaba ella montando toda esta farsa al invitarle a conocer a su familia. Fuera lo que fuera, no podía más con ello. No encontró respuesta y se quedó en silencio. Las lágrima brotaron por los laterales de su rostro. Y se durmió.

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