El comedero de sandías
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Por eso, cuando se enteró de que había un lugar donde podía vivir esa experiencia al máximo, no se lo pensó dos veces. Se trataba de un comedero donde le esperaban varias sandías gigantes cortadas por la mitad, donde podía comer todo lo que quisiera sin límite de tiempo ni de cantidad. Podía comérselas utilizando menaje o simplemente con la boca. También podía ir sola o acompañada, elegir la variedad y el tamaño de las sandías, y así disfrutar de una sensación única e inolvidable.
Ymir decidió ir con su mejor amiga, Nahomi, que también era una fanática de las sandías. Juntas se dirigieron al comedero, donde les recibió un amable empleado que les explicó las normas y les dio una serie de ropajes impermeables para proteger toda su ropa. Luego les acompañó al comedero y ya todo estaba listo. En el lugar indicado, había tanto meses, como el menaje necesario, toallas, hierba alta, algunos tocones y rocas... era como un pequeño microclima con diferentes biomas en los que poder disfrutar de la comilona. Ymir y Nahomi se miraron con emoción y se lanzaron a devorarlas con ansia.
Fue una experiencia divertida y primitiva, donde se olvidaron de todo lo demás y solo se centraron en el placer de comer sandías. Se rieron muchísimo y, a pesar de los ropajes que les habían proporcionado, se acabaron manchando. Comieron hasta saciarse y quedar completamente llenas, empachadas... felices.
Al terminar, el empleado les felicitó por su hazaña y les entregó un diploma que certificaba su participación en el comedero de sandías, habiéndose comido ellas solas la friolera de tres sandías, que no eran precisamente pequeñas, a lo largo de varias horas. Ymir y Nahomi se despidieron con una sonrisa y prometieron volver a quedar pronto para repetir la experiencia.
Ymir había quedado francamente satisfecha con la idea del atracón de sandías. No solo satisfacía su pasión por éstas, sino que también le ofrecía una forma saludable y baja en calorías de alimentarse, sin límites y a un precio razonable.
Y es que comer sandías estaba de moda. Cada vez más personas se aficionaban a estas frescas frutas por sus beneficios nutricionales y por su efecto de “calorías negativas”, un fenómeno que tenía lugar cuando la propia digestión consumía más calorías que las que contenía el alimento que se estaba digiriendo.
Estaba segura de que el comedero de sandías tendría mucho éxito entre los amantes de la fruta y entre los que buscaban una experiencia genuinamente divertida y sana.
Después de la divertida experiencia en el comedero de sandías, Ymir y Nahomi se quedaron con ganas de más. Así que decidieron repetir la aventura, pero esta vez en un lugar más íntimo y acogedor: el jardín de la casa de Nahomi. Nahomi tenía una casa preciosa con un amplio y verde jardín, lleno de pinos, margaritas y otras plantas, donde podían comer sandías plácidamente.
Ymir fue a visitar a Nahomi una tarde de verano, llevando consigo dos sandías grandes y jugosas que había comprado en el mercado local. Nahomi la recibió con una sonrisa y la invitó a pasar al jardín, donde había preparado unas toallas para tumbarse y unos cojines gigantescos que hacían las veces de sillones.
Las dos amigas se tiraron en el jardín, sobre las toallas, y cortaron las sandías por la mitad con un cuchillo. Luego se dispusieron a comérselas con la boca, como habían hecho en el comedero, pero con más tranquilidad y confianza, sin la intención de ponerlo todo perdido. Se deleitaron con el sabor dulce y refrescante de la fruta, sintiendo cómo les llenaba la boca y les mojaba la cara.
Entre bromas, no paraban de reírse y de contar anécdotas. Se dieron de comer algunos trocitos de sandía la una a la otra. Nahomi le chafó un trozo de sandía a Ymir en la cara, y entonces, una tontería llevó a la otra... y cuando quisieron darse cuenta, ambas estaban jugueteando a tirarse trocitos en lo que acabaría convirtiéndose en una batalla campan a pequeña escala.
Se reían, se picaban, se perseguían por el jardín, se escondían detrás de los árboles y las flores. Sus camisetas se empaparon de sandía y las dos acabaron muy mojadas pero se lo habían pasado estupendamente.
Después terminaron exhaustas, una encima de la otra, en el centro del jardín. Nahomi había ganado e Ymir se había rendido, así que Nahomi, poco a poco, comenzó a quitarle la sandía del pelo y de la cara, y después también Ymir. Se fueron limpiando mutuamente con las servilletas, pero también con los labios, dándose suaves besos que sabían a sandía.
Sus rostros se alejaron unos centímetros. Se miraron a los ojos y se sonrieron, sintiendo una conexión especial. Sus labios mojados volvieron a acercarse, todavía pegajosos y dulces como la miel, rozándose suavemente y palpitando al unísono. No hacía falta decir nada más, sus cuerpos solo sentían. Se olvidaron del mundo y se entregaron a la magia del momento, envueltas entre toallas, briznas de hierba alta y jugo de sandía.