Arte con los pies por accidente
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Pero un día, recibió una carta que le cambió la vida, sacándole del bucle en el que había entrado. Era de una escuela de arte que enseñaba a pintar con los pies a todo el mundo. Había estudiado su caso y querían pagarle una plaza, es decir, le ofrecían una plaza gratuita, y le aseguraban que podía aprender a pintar de nuevo, usando sus pies como herramientas. Greta dudó al principio, porque no era lo mismo que pintar con las manos, pero algo dentro de ella le impulsó a aceptar, a darle una oportunidad. Quizás era la esperanza de volver a sentir la alegría de crear, de expresarse, de ser ella misma. No sería lo mismo, pero tenía que intentarlo. No tenía nada más que hacer, así que aceptó la propuesta.
Allí encontró una nueva forma de pintar, de liberar sus emociones y de recuperar, poco a poco, la ilusión. Aprendió a usar los pinceles que se acoplaban a sus dedos, a mezclar los colores con el talón y a crear efectos con el canto de los pies. Sus eran bastante interesantes y denotaban la destreza que ya había demostrado con sus manos previamente. También conoció a otros alumnos que habían pasado por situaciones similares, y que le apoyaron y le animaron. Se hizo amiga de Rebeca, una chica que había perdido las manos por una enfermedad, y que pintaba con los pies desde hacía años. Rebeca le enseñó los trucos y las técnicas que había aprendido, y le ayudó a mejorar su estilo. Se hicieron íntimas amigas. Greta se sentía feliz y agradecida, y empezó a disfrutar de nuevo de la pintura. Una vez más.
Un día, recibió una invitación para exponer sus cuadros en una feria especializada, donde sólo se vendían pinturas hechas con los pies. Greta aceptó con entusiasmo, y preparó sus mejores obras para la ocasión. Era la primera vez que exponía sus obras hechas con los pies y, habían pasado más de un año desde la última exposición que hizo en una galería de arte, antes del accidente.
El día del evento, la feria estaba llena de gente, admirando y comprando las pinturas. Greta se sentía feliz y orgullosa, hasta que vio a alguien que le hizo recordar el momento de la tragedia. Era el conductor que había causado el accidente, y que también había perdido el uso de sus manos y de una pierna. Él también había aprendido a pintar con los pies, y estaba allí para vender sus cuadros, igual que Greta, pero venía de otra academia del país.
Él se llamaba Casandro, y era un joven periodista que había tenido una carrera relativamente notoria en el mundo del deporte, hasta que un día, conduciendo distraído por una llamada de su jefe, se saltó un semáforo y chocó con una moto. El accidente le dejó las manos inútiles, una pierna muy mal y le llenó de culpa y de remordimiento. Casandro no solo era periodista deportivo, sino que practicaba fútbol y baloncesto, pero ya no pudo hacerlo más de la misma forma. El accidente hizo que se hundiera en el alcohol y las drogas, y perdió su trabajo como periodista, su novia y su autoestima quedó hecha añicos. Pensó que su vida no valía nada, que había arruinado la suya y la de otra persona. Pero un día, su madre le habló de una escuela de arte que enseñaba a pintar con los pies. Los médicos y el psicólogo le habían recomendado que buscase otras actividades, otros hobbies que le dieran ilusión y en los que pudiera tener la mente distraída y no ahogada y asfixiada por sus malos hábitos. Su madre le dijo que la escuela de arte podía ser una forma de terapia, de redención, de volver a empezar, que simplemente probara. Casandro se resistió al principio, pero su madre le convenció para apuntarse. Confiaba mucho en su madre y era la única que podía sacarlo de su infierno, quizá a través de aquella actividad de la que tan bien le había hablado.
Así que Casandro se apuntó a la escuela, y descubrió que pintar con los pies era más que una terapia, algo que no habría sabido apreciar debidamente al contar con todas sus extremidades funcionales. Sus obras eran originales, llenas de fuerza y de personalidad. La pintura estaba transformando sus oscuros pensamientos por colores vivos llenos de vida en lienzos que transmitían el deseo, en el fondo, de seguir viviendo.
Casandro también recibió la invitación para participar en la feria sobre obras hechas con los pies. Aquel día, el día de la inauguración, se topó con Greta, la mujer a la que había atropellado y de la que no había vuelto a saber nada.
Lo que pasó después fue algo que ninguno de los dos esperaba, pues ninguno sabía cómo reaccionar. Al mirarse a los ojos se reconocieron. Casandro se acercó a ella y lloró, le pidió perdón. Un perdón sincero, que había permanecido en letargo demasiado tiempo, esperando a que un día pudiera salir de su hibernación y ver la luz de un mañana nuevo en el que todos pudieran avanzar.
Greta quedó congelada durante unos instantes, pero su cuerpo y consciencia actuaron automáticamente, recibiendo la sinceridad de Casandro en un pequeño abrazo. Lo había perdonado, no ahora, sino hace mucho tiempo.
Lo que fue una desgracia en su momento los había unido en una misma afición. Ahora tenían algo en común: el amor por el arte, y la capacidad de superar las adversidades. Decidieron unir sus fuerzas, y crear una asociación con ayuda de las academias de arte para ayudar a otras personas que habían sufrido lesiones similares. Juntos, como ejemplo de perdón y superación, se convirtieron en un referente para el entretenimiento, la cultura y la rehabilitación a través del arte.