Abrazos portátiles

Rosalía se sentía sola y triste. Había roto con su novio hacía unos meses y no tenía a nadie con quien compartir sus sentimientos. Se pasaba las horas en casa, mirando la pantalla del móvil, sin ganas de nada, entre reels y shorts. Un día, explorando la store del móvil, se encontró con una app que le llamó la atención: “¿Necesitas un abrazo? Prueba AbrAppzos, la app que te conecta con profesionales del abrazo. Elige el que más te guste y recibe un abrazo a domicilio o donde quieras. Abrazos de calidad, seguros y a buen precio. Descárgala ya y prueba el primer abrazo gratis.”.

Rosalía sintió curiosidad y decidió probar la app, aunque le parecía un tanto extraña, ya que no había visto nunca nada algo así. Se la descargó en su móvil y la abrió. Le pidieron que se registrara con sus datos personales y que aceptara las condiciones de uso. Luego, le mostraron una galería de fotos de los profesionales del abrazo disponibles en su zona. Había de todos géneros, edades y diferentes características físicas, precio y valoración de otros usuarios. También podía ver sus perfiles, donde se describían y explicaban por qué les gustaba abrazar. Todos tenían el certificado de la app de “abrazador” y, supuestamente, habían pasado un examen psicológico y sociosanitario antes de que pudieran ser contratados.

Rosalía se fijó en un hombre que le pareció simpático y atractivo. Se llamaba Felipe y tenía 26 años. En su perfil decía que le encantaba abrazar porque le hacía sentir bien y que quería transmitir esa sensación a los demás. Rosalía pulsó el botón de ‘solicitar abrazo’ y le apareció una pantalla con las opciones de personalización. Podía elegir la duración del abrazo (abrazos que se podían dar en un periodo comprendido de 5 minutos a una hora), el precio por minuto (desde 0,50€ hasta 2€), la intensidad (desde suave hasta fuerte) y la postura (desde completo y efusivo hasta distanciado con palmadas). Rosalía optó por abrazos en un periodo de 15 minutos, a 1€ el minuto, de intensidad media y postura completa y efusiva. Le pareció un buen precio por un abrazo de calidad.

La app le pidió que confirmara su dirección y le mostró un mapa con la ubicación de Felipe y el tiempo estimado de llegada. Rosalía aceptó y esperó impaciente. Tenía algo de miedo y nerviosismo, pero también le parecía novedoso y un acto que podía llegar a ser muy satisfactorio, sobre todo en su caso, donde no tenía a nadie más.

Al cabo de unos minutos, sonó el timbre de su puerta. Rosalía abrió y se encontró con Felipe, que le sonrió y le dijo: “Hola, soy Felipe, tu abrazador. ¿Estás lista para recibir abrazos?’ Rosalía asintió y le invitó a pasar. Felipe entró y le preguntó dónde quería recibir los abrazos. Rosalía le dijo que en el sofá del salón. Los dos se sentaron y Felipe le dijo: 'Antes de empezar, quiero que sepas que esto es un servicio profesional y que no hay nada sexual ni sentimental implicado en este abrazo. Como ya se explica en el servicio, la relación entre profesional y cliente se limita al periodo contratado y al acto de abrazar.”.

Rosalía se había leído la normativa y sabía lo que podía y no podía pedir: “Perfecto. Antes de empezar, me gustaría hablar unos minutos, ¿puede ser?”.

El abrazador no se sorprendió: “Por supuesto, hablar está permitido y sirve para crear un clima de confianza que favorece la interacción previa al abrazo y facilita el desarrollo del mismo. ¿De qué te gustaría hablar?”.

Ambos comenzaron a dialogar. Rosalía le contó rápidamente su situación y por qué necesitaba tanto esos abrazos. Felipe escuchaba atentamente: “No te mereces eso, Rosalía. Nadie se le merece que la traten así. Tu expareja no sabe lo que se pierde. Apenas te conozco de unos minutos, pero ya me pareces una mujer afable, cariñosa, inteligente y preocupada por los demás, además de guapa. Seguro que encontrarás a alguien que te valore y te quiera de verdad.”.

Rosalía sabía que Felipe hablaba por hablar. Aquellas bonitas palabras estaban vacías, pues acababa de conocerla y era un profesional contratado, precisamente, para hacer sentir bien a la otra persona. Decía lo que Rosalía quería escuchar. Aun así, aquellas palabras sonaban muy lindas, y le hacían suspirar.

El tiempo pasó muy deprisa, cuando ya estaban fundidos en abrazos y el servicio había concluido. Rosalía se sentía verdaderamente reconfortada, aunque solo hubiera sido durante unos minutos: “Muchas gracias Felipe, te pondré cinco estrellas. Puede que te llame otro día, me ha gustado hablar contigo y el abrazo final”.

El abrazador salía por la puerta, encantado por haber ofrecido un buen servicio: “Te lo agradezco, Rosalía. Puedes llamarme cuando quieras. Estaré encantado de seguir hablando contigo y darte el mejor abrazo que has sentido nunca”.

Regresar al blog

Deja un comentario