La patrulla gatuna de limpieza
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La mujer se levantó de la cama y se asomó por la ventana. Vio a tres gatos de diferentes razas y colores que esperaban pacientemente a que les abriera. Eran los encargados de mantener su calle limpia y segura de las plagas. No parecían tres gatos comunes de casa, ni desde luego tenían un aspecto “doméstico”, por así decirlo. Un gato era bengalí, el otro birmano y el tercero era un fold escocés. Su aspecto era adorable.
Tyla bajó las escaleras corriendo y les abrió la puerta. Los gatos entraron con elegancia y se dirigieron al cuarto de la basura. Allí, se pusieron a rebuscar entre las bolsas y a separar lo que les interesaba. Les había dado permiso para que se quedaran con lo que quisieran, siempre y cuando no hicieran mucho ruido ni ensuciaran el suelo. Los gatos eran muy cuidadosos y sabían lo que hacían. Unos verdaderos profesionales. A veces encontraban algo de comida, otras veces algún juguete o algún objeto brillante. Unos platillos con agua y otros con pienso les aguardaban en la cocina de casa, por si tenían sed o hambre.
Después de revisar la basura, los gatos salían al exterior y se ponían a barrer los rellanos de las casas con sus colas. La patrulla realmente había sido contratada por la comunidad de vecinos, pero Tyla era la presidenta y había quedado como encargada de recibir el servicio y “cuidar” o supervisar a los gatos mientras lo realizaban.
Los gatos seguían limpiando. Llevaban unos cepillos especiales que se ajustaban a sus colas y que les permitían limpiar con facilidad y llegar a todos los resquicios. Parecían divertirse con la tarea y se turnaban para hacerla. A veces se encontraban con algún vecino que les saludaba o les acariciaba. Los gatos eran muy sociables y se llevaban bien con la gente. Su adorabilidad era máxima, igual que su eficacia.
La última parte en el trabajo de la patrulla consistía en vigilar la entrada de la casa y el portal, para un evento importante que iba a celebrarse en el vecindario, que se trataba de una convención de moda. Los gatos se colocaban en puntos estratégicos y observaban con atención todo lo que pasaba. Si veían algún ratón, alguna cucaracha o alguna otra alimaña, se lanzaban a por ella y la eliminaban. Eran verdaderamente eficientes y no dejaban escapar a ninguna. Tyla se sentía más tranquila sabiendo que el vecindario estaba protegido por los gatos y que el evento, que se desarrollaba en plena calle, sucedía sin ningún incidente.
Cuando terminó su oficio, la patrulla gatuna se despidió en un fervor de maullidos. No solo Tyla, sino esa misma noche, todo el vecindario les dio las gracias por su trabajo y se robaron parte del protagonismo del evento, acaparando miradas y caricias a las que respondían con ronroneos y lengüetazos en las manos.
Tyla les dio unas golosinas y les dijo que volverían a contratarlos muy pronto. Los gatos salieron de la casa y se fueron con el humano que esperaba para llevárselos. Era un hombre que los recogía en una furgoneta y los trasladaba a un refugio donde vivían con otras patrullas gatunas de limpieza. Allí, los gatos vivían, descansaban y se preparaban para la próxima jornada laboral.
Aquel día, Tyla se fue a su habitación muy contenta, habiendo vivido una gran experiencia. Se tumbó en la cama y quedó dormida instantáneamente. Soñó que tenía 35 gatos, con los que iba viajando por el mundo, ayudando a la gente a resolver sus problemas.