Ilusionismo alimentario
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El curso lo impartía uno de los profesionales que había conocido por Youtube y se realizaba en una cocina profesional, equipada con todo tipo de electrodomésticos y utensilios. Este profesional se llamaba “Elperas”, y era un famoso chef que había trabajado en los mejores restaurantes del mundo, y que ahora se dedicaba a enseñar sus trucos y hechizos a los aficionados de la magia culinaria. Sayan estaba emocionado por conocerlo y aprender de él. Estaba cumpliendo un pequeño sueño doble: conocer a unos de sus ídolos del ilusionismo alimentario y, por supuesto, aprender más de este arte.
El primer día, el profesor “Elperas” les explicó las reglas básicas del ilusionismo alimentario: se trataba de realizar determinadas recetas con ingredientes que no eran los requeridos, para obtener un resultado final exactamente igual al que se obtendría empleando los ingredientes correctos. Por ejemplo, hacer una tortilla de patatas con plátanos, o un pastel de chocolate con tomates. El ilusionismo alimentario solía funcionar solo con el aspecto externo del producto elaborado (muy pocos eran capaces de engañar con el sabor), así que había que tener mucho cuidado con la presentación y la decoración. No había límite ni condiciones en el tipo, número, cantidad, calidad o precio de los ingredientes a usar, pero había que saber combinarlos y manipularlos con habilidad y pericia.
El profesor les mostró algunos ejemplos de sus creaciones, y los alumnos quedaron impresionados. ¿Cómo era posible que aquella lasaña fuera de sandía, o que aquel helado fuera de queso? El profesor les reveló algunos de sus secretos: cómo usar el lavavajillas para cocinar al vapor, cómo doblar las cucharas para dar forma a las frutas, cómo batir la leche para hacer espuma, o cómo usar el horno para caramelizar el azúcar. Les dijo que la clave estaba en la imaginación y la creatividad, y que con la práctica podrían lograr resultados sorprendentes. Jugar con las funciones de los electrodomésticos resultaba tan importante como la gestión de los ingredientes: no había que quedarse en la superficie, todo podía usarse de una manera distintas para la que inicialmente estaba concebido, con un poco de imaginación y creatividad, todo era posible. Había que experimentar, pues la experimentación era la base del descubrimiento del ilusionismo alimentario.
Sayan estaba ansioso por ponerse manos a la obra, y se propuso como voluntario para el primer ejercicio. El profesor le dio una receta de brownie de chocolate, y le dijo que tenía que hacerlo con zanahorias. Sayan se quedó perplejo, pero aceptó el reto. Se dirigió a la despensa, cogió unas zanahorias, y se puso a pelarlas y rallarlas. Luego, las mezcló con harina, azúcar, huevos y levadura, y las vertió en un molde. Metió el molde en el horno, y esperó a que se hiciera.
Cuando sacó el brownie del horno, Sayan no podía creer lo que veía: tenía el mismo aspecto que uno de chocolate, con una superficie crujiente y un interior esponjoso. Lo cortó en trozos, y los colocó en un plato. Le echó por encima un poco de sirope de chocolate, que en realidad era salsa de soja, y lo adornó con unas nueces, que en realidad eran garbanzos tostados. El resultado era espectacular, y Sayan se sintió orgulloso de su obra. Bajo las directrices de “Elperas” todo había sido muchos más fácil, por supuesto, pero ahora estaba más claro que nunca que si estudiaba y practicaba mucho, podía llegar a convertirse en un experto.
El profesor le felicitó por su trabajo, y le invitó a probarlo. Sayan cogió un trozo, y se lo llevó a la boca. El sabor era agridulce extraño y no tenía nada que ver con el chocolate, pero estaba rico. Era una zanahoria disfrazada, y Sayan lo sabía. Sin embargo, no le importó. Se había divertido mucho haciendo el truco, y se había sentido como un verdadero ilusionista alimentario.
El curso continuó y los demás asistentes también tuvieron la oportunidad de hacer ejercicios prácticos. En el siguiente, el profesor les propuso hacer una ensalada de frutas, pero sin usar ninguna fruta. Era el turno de otro compañero, Víctor, que salió al centro y se puso manos a la obra. Se quedó pensativo por unos instantes, y se dirigió al frigorífico. Allí encontró unos huevos, unas salchichas, unas aceitunas y unos pepinillos. Decidió usarlos para su ensalada de frutas.
Primero, coció los huevos, y los cortó por la mitad. Luego, vació las yemas, y las reservó. Las claras las pintó con colorante alimentario de diferentes colores, para simular unas naranjas y unas manzanas, y también les hizo algunos cortes y decoraciones para que se parecieran aún más. Después, cortó las salchichas en rodajas, y las pintó también con colorante, y ajustó las formas para que parecieran plátanos. A continuación, cortó las aceitunas y los pepinillos en trocitos, y los mezcló con las yemas de huevo, para hacer una salsa de yogur que acompañaría a las frutas. Después colocó todo en un gran bol, y lo cubrió con la salsa. En el último momento se acercó de nuevo al frigorífico, y cogió unas bolitas de queso que, pintadas de rojo, parecían unas cerezas, y las puso por encima de la salsa de yogur para cerrar el plato. El resultado era una ensalada de frutas muy apetitosa, pero que no tenía nada de fruta, con alto valor proteico, algo de grasa e hidratos de carbono. Un plato único muy completo y algo pesado, lo que contrastaba con la idea que probablemente tendría un comensal al pedir una ensalada de frutas.
En el tercer día del curso, el profesor les desafió a hacer una pizza, pero sin usar harina, queso, tomate ni jamón. Era un ejercicio que todos debían superar para continuar en el curso. Sayan se rascó la cabeza pensativo, y se dirigió a la despensa. Allí encontró unas galletas, unas nubes de azúcar, mermelada y unas lonchas de pavo. Decidió usar todo ello para su pizza, que sería dulce con un toque salado gracias a las lonchas de pavo, aunque no serían muy abundantes.
Primero, trituró las galletas, y las mezcló con mantequilla, para hacer una masa. Era parte era sencilla, al fin y al cabo era la base que llevaban muchas recetas, como la de tarta de queso. Luego, la extendió sobre una bandeja, y la metió en el horno, para que se endureciera. A continuación, untó la masa con una fina capa de mermelada de moras rojas, para hacer una salsa de tomate. Después, fundió las nubes de azúcar en el horno, con el calor residual, para hacer el queso derretido. Más que nubes, se trataba de unos malvaviscos bastante grandes, y al colocarlos estratégicamente sobre la base de galleta y mantequilla, se quedaron perfectamente fundidos, lo que permitió que se extendiera fácilmente con una cuchara, llegando a todos los espacios para que así la superficie quedase nivelada. Por último, cortó las lonchas de pavo en trozos, y las pintó con mermelada de albaricoque y mermelada de fresas, jugando los con tonos, para hacer el aspecto del jamón curado y tostado. Aunque este último paso no salió muy bien, el resultado final estuvo bastante conseguido y Sayan pudo continuar el curso, pues no solo en esa prueba, sino en todas las demás, había demostrado capacidad suficiente y habilidades que iban progresando.
Sayan se preguntó qué otras maravillas podría crear con la comida, y se prometió a sí mismo que seguiría aprendiendo y practicando, una vez terminase el curso. Tal vez algún día, podría llegar a ser tan bueno como “Elperas” o abrirse un canal de Youtube o Twitch para ir mostrando sus propias recetas de ilusionismo alimentario. El poder de la magia culinaria no tenía límites y, tal vez algún día, podría engañar no solo a la vista, sino también al paladar.