Comida rápida en miniatura
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Se trataba de una iniciativa para combatir los malos hábitos en cuanto a lo insana que podía llegar a ser este tipo de alimentación. Como se servía en miniatura, se compensaban sus altos contenidos en grasas y en azúcares refinados con la poca cantidad que se servía. Era como cuando se decía que un vasito de vino era mejor que una lata de cerveza, porque al final se estaba bebiendo más alcohol en una lata de cerveza que era tres o cuatro veces más grande que el vasito de vino.
La chica se acercó con curiosidad al puesto y se quedó maravillada con la variedad de opciones que había. El puesto era colorido y estaba recubierto por una suerte de maderos azules desgastados que le daban un aspecto muy añil. Tenía una gran ventanilla por la que se hacían los pedidos y se entregaba la comida. El catálogo de este puesto de comida rápida en miniatura era muy amplio: hamburguesa, pizza, perritos calientes, sándwich, pollo frito, patatas fritas, taco, nachos, burrito, nuggets, alitas, donut, helado, brownie y tarta. La comida se servía con platos, servilletas y cubiertos diminutos, que le parecieron adorables. Camila decidió pedir una hamburguesa, unas patatas fritas y un helado. Todo era tan pequeño y tan cute. Le costó solo cinco euros, y le entregaron su pedido en una bandeja que cabía en la palma de su mano. Aunque no era muy caro, si tenías en cuenta la cantidad de comida que te daban, entonces sí... no era un lugar para venir a atiborrarse, desde luego, en contraste con el estereotipo común de lo que significa comer comida rápida.
Camila se sentó en una mesa cercana y empezó a disfrutar de su comida. Los diminutos cubiertos eran sorprendentemente útiles y cómodos. Recordaba a la sencillez con la que se pueden comer algunas tapas de pincho.
La hamburguesa tenía el tamaño de una moneda de dos euros, pero estaba deliciosa y se comía como un bocadito. Las patatas fritas eran como palillos, crujientes y sabrosas, y aun duraban. Y el helado era una bolita de algodón, dulce, cremoso, refrescante y algo aireado. Camila se sentía de maravilla, que experiencia tan única. Mientras comía, se fijó en un chico que estaba en la mesa de al lado, que también había pedido comida rápida en miniatura. El chico le sonrió y le hizo un gesto con la mano, invitándola a acercarse. Camila se levantó y se sentó junto a él, curiosa por conocerlo. El chico se presentó como Varal, y le dijo que era un periodista que estaba haciendo un reportaje sobre el puesto de comida rápida en miniatura, ya que se trataba de un proyecto novedoso del que se estaba corriendo la voz. Le preguntó si podía entrevistarla y hacerle unas fotos para el reportaje, y Camila aceptó encantada. Así empezó una conversación que al final duró más de una hora. Lo malo es que acabaron pidiendo más y más comida rápida y terminaron probando todo el catálogo.
Al terminar, se intercambiaron los números de teléfono y quedaron en volver a verse pronto. El emprendedor del puesto le había comentado a Varal que iba a sacar unos nuevos platillos la semana siguiente, así que volvería al lugar y quizá podía entrevistar de nuevo a Camila.
La chica decidió que acudiría asiduamente al lugar, puesto que había encontrado la forma de comer lo que le gustaba sin renunciar a su salud, y además había conocido a alguien que le despertaba cierta curiosidad y que, al menos, quería volver a ver una vez más en aquel variopinto lugar.