Maestro de la forja

En un mundo donde las armas y las armaduras son el símbolo de la fuerza y el honor, existe un lugar donde se fabrican las más poderosas y hermosas: la forja. Allí trabaja el maestro de la forja, un hombre sabio y hábil que conoce todos los secretos de la metalurgia y el arte del forjado a fuego. Su trabajo consiste en crear todo tipo de equipamientos para los más aguerridos guerreros que se enfrentan continuamente a los peligros del mundo.

Pero no es un trabajo fácil. El maestro de la forja tiene que resolver complejos puzles para ensamblar las piezas que le proporcionan sus ayudantes. Cada arma y armadura tiene un diseño único y abstracto, que solo él puede interpretar. Tiene que encajar las partes con precisión y armonía, sin dejar ningún hueco ni defecto. Y tiene que hacerlo rápido, pues los guerreros no pueden esperar. La guerra no espera a nadie. Además los ítems pueden estar imbuidos con magia o grabados con runas, lo que añade todavía más capas de dificultad a los trabajos.

El maestro de la forja disfruta de su trabajo, pues le gusta el reto y la satisfacción de ver sus obras terminadas. Pero también siente la presión y la responsabilidad de su tarea. Sabe que de la calidad de sus creaciones depende la vida de muchos. Cada espada que forja, quita y salva vidas, y cada coraza hace lo propio con su portador. El maestro de la forja es muy famoso. Y sabe que cada vez le piden más y más. Cada diseño es más complicado y exigente, y él tiene que estar a la altura.

Un día, recibe un encargo especial. El rey le pide que le fabrique una espada y una armadura dignas de su majestad. El maestro de la forja acepta el reto, y se pone manos a la obra. Sus ayudantes le traen las piezas, y él las observa con atención. Son las más bellas y complejas que ha visto jamás. El filo de la espada de adamantino brilla como el sol, la empuñadura tiene grabados de runas dracónidas, y el pomo contiene una enorme joya diamante. Un hechizo de celeridad imbuye la guarda del arma. Y la armadura es otra obra de arte, con placas de ébano que se ajustan como un guante, y adornos de metal enano que reflejan la luz.

El gran maestro se siente, por primera vez en mucho tiempo, muy emocionado y nervioso. Sabe que este es el trabajo más importante de su vida. Y también el más difícil. Tiene que resolver el puzle más complicado que ha enfrentado, y hacerlo a la perfección. No puede fallar. Se concentra, y empieza a encajar las piezas con cuidado y delicadeza. Una a una, las va colocando en su sitio, formando la espada y la armadura del rey.

El tiempo pasa, y el maestro de la forja sigue trabajando. No se da cuenta de que la noche cae, y que sus ayudantes se han marchado. Solo tiene ojos para su obra. Está a punto de terminar. Solo le queda una pieza. La última. La más difícil. La mira, y se queda perplejo. No sabe exactamente cuál es su lugar idóneo. El lugar perfecto que es el destino inevitable para esa última pieza... pero no encuentra el hueco. Se siente frustrado y confundido. ¿Cómo es posible? Ha resuelto todos los puzles, ha creado todas las armas y armaduras posibles, y ahora no puede con la última pieza. Se desespera. Prueba a poner la pieza en todos los sitios posibles, pero en ninguno queda perfecta. El forjador no admite menos que la perfección, y eso es lo que de él espera el rey y todas sus gentes.

Tras dos noches sin dormir, desentraña el puzle que esconde aquel último elemento, y el maestro de la forja consigue terminar la obra... pero con esa última pieza colocada en su debido lugar, muere.

Y este fue su último trabajo. Una tarea épica que se convirtió en leyenda. Unos dicen que murió por el estrés que le provocó la finalización del trabajo, pero las malas lenguas dicen que aquella petición real fue una trampa para terminar con su vida, ya que el maestro de la forja proveía de equipamiento a todos los ejércitos por igual, incluso si eran enemigos entre sí. Este hecho pudo disgustar al rey que le pidió forjar el arma y la armadura y buscaba tenderle una trampa con un trabajo que era imposible de realizar y que, de completarlo, acabaría con su vida.

Fuera cual fuera la verdad, el maestro de la forja se había ido para siempre, y su legado había quedado forjado con sangre, fuego y sudor en el metal que empuñaban y vestían las gentes del reino por el que trabajó tan arduamente.

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