Lágrimas y bichos de cristal

Aemon es una esencia que surge de las lágrimas derramadas por la gente que sufre. Durante milenios, la Tierra ha absorbido las lágrimas de desesperanza de la humanidad, y en su interior, se ha ido gestando la condensación de millones de cristales diminutos a partir de estas sentidas lágrimas.

Los diminutos cristales permanecieron inertes durante mucho tiempo, y formaron una estructura primordial con cierto anhelo de vida, llamada Aemon. Por tanto, a Aemon le faltaba un alma o esencia que realmente lo llenase de vida: todavía estaba vacío, inerte, solo. Así, decidió permanecer en el corazón de la Tierra durante milenios hasta encontrar respuestas, pero no las halló en su soledad, a la que estaba tan acostumbrado.

Mientras tanto, volvieron a pasar millones de años y más cristales de lágrimas se formaron. De ellos nació Naerys, otra estructura primordial compuesta por lágrimas.

Aemon pensó que no necesitaba a nadie para encontrar sus ansiadas respuestas, pero Naerys, que también carecía de alma, insistió en que debían de buscarlas juntos.

Aunque era reticente, Aemon, poco a poco, se fue dando cuenta de que había perdido milenios sin cambiar nada, haciendo siempre lo mismo, ya que no había logrado encontrar respuestas por su cuenta y a su manera; entonces se decidió por aceptar la ayuda de Naerys y probar algo diferente.

Capítulo 2: Las almas cristalinas

Al principio fue difícil entenderse, pues nunca había hecho nada con nadie, pero no abandonaron la búsqueda de respuestas en equipo.

Volvieron a pasar los siglos, y mientras lo intentaban, se dieron cuenta de que se habían convertido en dos entidades inseparables. Tentándolo, que se comprendían y completaban entre sí. No sabían muy bien si algún día lograría encontrar “las respuestas” que buscaban, o llenarse de eso conocido como “alma” para sentirse “vivos”, pero juntos, puede que estuvieran un poco más cerca de lograrlo.

Tuvieron tiempo para escucharse, para sentir, para amar y para hablar sobre todo aquello que existía en el mundo de los mortales y que habían observado durante millones de años desde el interior de la Tierra. De repente, sus cristales empezaron a brillar, en mitad de una de sus interesantes conversaciones, y se sintieron rebosantes de vida. Habían desarrollado un alma, o mejor dicho, un “algo” que sin saber explicar muy bien les hacía sentir vitales. Entonces, y solo entonces, se vieron con fuerzas para salir a la superficie.

La única manera de salir hacia el exterior era convirtiéndose en vapor de lágrimas, pues no había otra forma de atravesar las duras capas de estratos de todo tipo de minerales que conformaban el corazón terrestre, y volvieron a ascender hasta llegar a las nubes.

En el cielo, Aemon y Naerys, en forma de vapor de lágrimas, se mantenían juntos plácidamente, pero tenían un mal presentimiento, como si una brisa de viento los fuera a separar irremediablemente en cualquier momento.

A los pocos días se formó una tormenta y este presentimiento se hizo realidad: ambos cayeron de nuevo, hacia el espacio de los humanos, en forma de gotitas de lluvia que impactaban salvajemente contra el suelo. 

Al caer como gotas de lluvia, Aemon llegó a la superficie de la Tierra, habitando su alma en estas, lo que permitieron que estas pudieran unirse y solidificarse de nuevo en cristales. Lo sorprendente fue que, esta vez, la estructura primordial adoptó la forma de una araña cristalina, que por lo visto era el primer organismo vivo con el que Aemon había entrado en contacto en el suelo. Fue un encuentro fortuito que generó una transformación espontánea de lo más peculiar e impactante para el propio Aemon.

Más allá de su asombro, lo que le preocupaba era Naerys, de la que había separado y no conseguía encontrar. Con su nueva forma, decide emprender un pequeño (o gran) viaje para buscarla.

Capítulo 3: La amistad que aguarda

Aemon se deslizó por la hierba mojada, sintiendo el frío y la humedad en su frágil cuerpo de cristal arácnido. Era la primera vez que experimentaba el tacto, el olor y el sonido de la naturaleza: adoraba el olor a lluvia, con el que había aterrizado en la superficie terrestre y, por encima de todo, el olor a hierba mojada.

Se sentía fascinado y curioso por todo lo que le rodeaba pues, aunque ya lo conocía porque llevaba millones de años observando a la Tierra y todos los seres vivos que la habitan, así como la materia inerte, esta era la primera vez que lo experimentaba físicamente, por sí mismo y no a través de tu mirada lejana. Como no podía ser de otra forma, Aemon quería explorar y aprender, pero también quería encontrar a Naerys y este era su objetivo principal, del que no debía olvidarse, ¿dónde estaría? ¿había tomado también la forma de una araña o de otro ser vivo? ¿La reconocería si la veía a pesar de ello?

Mientras se hacía estas preguntas, se topó con un pequeño charco de agua. Al reflejarse en él, vio una araña de cristal, con ocho patas y ocho ojos traslúcidos, ¡era él mismo! Vestía un cuerpo brillante que por momentos se tornaba con los colores del arco iris, según le acariciaban los rayos de sol sus aristas cristalinas. Era hermoso, pero también extraño. ¿Por qué había tomado esa forma? ¿Qué significaba ser una araña? Algo en su interior le decía que alguna razón debía haber para ello.

De repente, oyó un ruido detrás de él. Se giró y vio a un niño que se acercaba corriendo y saltando entre los pequeños riachuelos que la tormenta había dejado entre medias del camino. El niño llevaba una gorra roja, una chaqueta azul oscuro, una mochila azul, pantalón azul y zapatillas rojas. Tenía el pelo castaño y los ojos cobrizos. Aemon sintió una mezcla de miedo y curiosidad. ¿Quién era esta persona y qué quería de él?

El niño se detuvo al ver a Aemon, se puso en cuclillas y puso su cara realmente cerca, mientras se quedaba boquiabierto. Nunca había visto una araña tan bonita y tan grande y con tantos brillos y reflejos.

El niño quería tocarla, pero se contuvo. Tal vez fuera peligrosa o venenosa, así que era mejor ser prudente y observarla sin arriesgarse a tocarla. Quizá podía intentar hablar con ella.

Hola, arañita - le dijo con voz suave -. ¿Qué haces aquí? ¿De dónde vienes? Eres muy bonita. No me piques, vamos a ser amigos.

Aemon no entendió las palabras del niño; a pesar de que conocía todos los lenguajes empleados por los seres humanos, al haberse transformado en una araña, no era capaz de percibir el sonido como lo hacía antes. No obstante, sí captó su tono amable y expresión de asombro. Se sintió halagado y agradecido por tener la atención y simpatía del niño. Tal vez pudiera ayudarle a encontrar a Naerys o a entender un poco mejor el mundo desde esta nueva perspectiva. Ahora Aemon sabía que era mucho mejor no estar solo y contar la ayuda de otros seres vivos.

Hola - intentó decir Aemon con su refulgente voz -. Yo soy Aemon. Busco a Naerys.

El niño no entendió lo que dijo Aemon, pero sí percibió que la araña intentaba comunicarse con él. Se sorprendió aún más y se acercó otro poco. Le tendió el dedo para acariciarla e instintivamente la araña se acercó apaciblemente también.

¿Qué has dicho? - preguntó el niño -. ¿Puedes hablar? ¿Qué eres?

Aemon repitió lo que había dicho, pero el niño seguía sin comprenderle. Se frustró. Estaba triste, pero era pronto para rendirse. Sin embargo, ¿cómo iba a comunicarse con las personas si no hablaban el mismo idioma y ni si quiera podía percibir el lenguaje humano?

Entonces, tuvo una idea. Recordó que Naerys le había enseñado a escribir con sus cristales cuando todavía permanecían latentes en el corazón de la Tierra. Tal vez pudiera hacer lo mismo con el niño usando otro tipo de material que tuviera al alcance.

Aemon se acercó a uno de los charcos de agua y usó una de sus ocho patas para dibujar en el barro del camino las letras que formaban su nombre: AEMON.

El niño vio lo que hacía la araña y se quedó aún más boquiabierto, se le iba a desencajar la mandíbula. ¡Era increíble! ¡La araña sabía escribir de verdad!

¡Puedes escribir, qué pasada! - exclamó el niño -. ¡Has escrito tu nombre! ¡Eres muy inteligente! Yo me llamo Leo.

El niño cogió un palito y escribió en el barro su nombre: LEO.

Aemon vio lo que hacía Leo y sonrió con sus ojos vidriados. Había encontrado una forma de comunicarse con él.

Encantado de conocerte, Leo - escribió Aemon -. Eres muy amable.

Leo leyó lo que escribió Aemon y sonrió también.

Igualmente, Aemon - escribió Leo -. Eres la araña más increíble que he visto nunca.

Y así comenzó una inocente y genuina amistad entre un niño y una araña de cristal.

Capítulo 4: La merienda

Aemon y Leo se hicieron muy amigos con el paso del tiempo. Pasaron algunos años, pero Leo todavía seguí siendo un niño de apenas 12 años. En este tiempo, Leo le enseñó a Aemon muchas cosas sobre el mundo de los humanos: sus costumbres, sus idiomas, sus inventos, sus problemas y sus sueños; sobre todo, le ayudó a experimentar, a vivir en primer persona muchas de las cosas que había observado desde el interior de la Tierra, cuando aún no gozaba de un alma.

Aemon también le contó a Leo sobre su origen y Naerys, a quien se había jurado encontrar, aunque debido al paso del tiempo, se había tornado en una misión desesperada. No la había encontrado en los años que habían pasado, y de estar solo, puede que hubiera cejado en su intento de búsqueda. Afortunadamente no estaba solo; Leo le prometió que le ayudaría a encontrarla.

Un día, Leo le propuso a Aemon que le acompañara a su casa. Quería presentarle a su familia y amigos. Era una cuestión que habían dejado apartada de mutuo acuerdo, ya que no sabían cómo podrían reaccionar; dicho de otro modo, la amistad entre ambos era secreta. Como Aemon era una araña pequeñita en comparación con el tamaño de los humanos, era muy fácil ocultarla, pero no se habían atrevido a llevarla a casa por lo que pudiera pasar. ¡Si llegan a pisarla sin querer, habría sido un desastre!, pero ya había pasado mucho tiempo y estaban preparados para hacer una presentación oficial: eran muy importantes el uno para el otro y no tenía sentido seguir ocultando al que ya era su mejor amigo.

Estaban nerviosos y a pesar de las preparaciones, realmente era un misterio cómo reaccionarían los demás al verle y Aemon no podía dejar de darle vueltas.

No te preocupes - le dijo Leo -. Mi familia y mis amigos son muy buenos. Te van a querer mucho. Además, no dejaré que te pase nada malo.

¿Y si no les gusto? - preguntó Aemon.

Les gustarás, hazme caso - afirmó Leo -. Eres muy simpático y divertido. Y además, eres una araña de cristal. Eso te hace original y especial... como mínimo, les despertarás curiosidad, aunque al principio se sientan inseguros, igual que ocurrió cuando yo te conocí a ti.

Bueno, si tú lo dices… confío en ti - se resignó Aemon. Los dos amigos habían aprendido a comunicarse casi con la mirada: con solo mirarse ya sabían lo que pensaba el otro... el algo como mágico... pero también se ayudaban del móvil. Aemon había aprendido a usarlo, y como era táctil y muy fácil de usar, con sus delgadas patas cristalinas tecleaba rápida y hábilmente largos textos.

Leo y Aemon llegaron a la famosa casa familiar. Era una casa grande, casi una pequeña mansión, con un jardín lleno de flores y árboles. Sobrecogía... siendo una araña. Leo llamó a la puerta y salió su madre a recibirle.

Hola, mamá - saludó Leo -. Te presento a mi amigo Aemon.

La madre de Leo miró a Aemon y se quedó paralizada. Era una araña de cristal, y ella odiaba a las arañas... pero esta tenía algo extraño, algo cautivador. ¿Serían los reflejos en sus cristales, que palpitaban a cada leve movimiento de la arachnida? Quién sabe, pero esos resplandores eran hipnotizantes.

¿Qué es eso? - preguntó la madre de Leo con voz temblorosa. ¿Es un juguete tuyo nuevo? – añadió.

Es mi amigo Aemon - repitió Leo -. No es un juguete, es una araña de cristal que escribe y habla a través del móvil. Es muy inteligente y bueno y llevamos mucho tiempo siendo amigos. Quería presentárosla.

¿Una araña de cristal que escribe y habla a través del móvil? - repitió la madre de Leo incrédula -. ¿Estás seguro de que es tu amigo?

Claro que sí, mamá - afirmó Leo -. Llevamos cuatro años juntos y ya es mi mejor amigo. Por favor, no le grites ni le hagas daño. Él no te hará nada malo, no pica ni es venenosa, al contrario, es muy cariñosa y amable.

La madre de Leo respiró hondo y trató de calmarse. No quería asustar a su hijo ni al animal cristalino que lo acompañaba. Desde luego, no parecía peligroso y su hijo estaba muy tranquilo. Decidió darle una oportunidad.

Está bien, hijo - dijo la madre de Leo -. Pasa con tu amigo. Pero ten cuidado, no vaya a ser que se rompa o se pierda.

Gracias, mamá - dijo Leo -. Te quiero.

Leo entró en la casa con Aemon y le enseñó su habitación. Allí había muchos juguetes, libros, cómics y videojuegos. Aemon se quedó maravillado con todo lo que vio: otro pequeño nuevo mundo que explorar y experimentar, y era el mundo de su mejor amigo.

¿Qué es esto? - preguntó Aemon señalando un muñeco de peluche.

Es un oso panda - explicó Leo -. Es un animal muy bonito que vive en China. Come bambú y duerme mucho.

¿Y esto? - preguntó Aemon señalando un libro.

Es un cuento de fantasía medieval - explicó Leo -. Es una historia inventada que habla de magia, princesas, dragones y aventuras.

¿Y esto? - preguntó Aemon señalando un videojuego.

Es un juego de rol - explicó Leo -. Es una simulación donde adoptar el papel de otros personajes con los que tienes que luchar contra enemigos, resolver acertijos, gestionar tu base y recursos y conseguir objetivos.

Aemon se quedó fascinado con todo lo que aprendía con Leo. En algún momento Aemon había adquirido y acumulado todos estos conocimientos en su larga y contemplativa vida pero, de alguna manera, se le habían ido olvidando conforme vivía más y más experiencia en la Tierra; es como si la teoría hubiera dejado paso a la práctica.

La araña quiso probar el videojuego, pero no sabía cómo manejar el mando. Leo le ayudó y le enseñó las reglas básicas. Dando pequeños y rápidos saltitos, Aemon presionaba los botones. Con cada salto las teclas se hundían lo suficiente como para ejecutar los comentados. La araña jugaba endiabladamente bien para no tener manos y la dificultad era elevada: estaba a la altura de los humanos para jugar en un dance-pad sólo con los pies.

La madre de Leo les trajo la merienda. Para Leo pan con crema de cacao y para Aemon unas precioses flores del jardín, con su jugoso néctar. Pasaron una tarde inolvidable.

Capítulo 5: El escondite

Al día siguiente, la madre de Leo llamó por teléfono a su marido y a sus otros dos hijos para contarles lo que había pasado. Les dijo que Leo había traído a casa una araña de cristal que hablaba y escribía a través del móvil y que era su mejor amigo. Les pidió que vinieran a casa para pasar la tarde con ellos y conocer a Aemon. Por supuesto, les advirtió que no se asustaran y les transmitió lo mismo que Leo le había transmitido el día anterior. La araña resultó ser un animalillo adorable y un buen amigo, así que podían estar tranquilos.

El padre y los hermanos de Leo se quedaron tan sorprendidos como la madre la tarde anterior, pero aceptaron la invitación sin dudarlo y así comprobar con sus propios ojos qué era lo que pasaba y qué había de cierto en esta historia o si se trataba de algún amigo ficticio de Leo o tal vez alguna broma. Cuando llegaron, la madre de Leo les recibió con una sonrisa nerviosa.

- Hola, familia - les dijo -. Os presento a Aemon, el amigo de Leo, que es una araña de cristal. Creo que es única en su especie.

Los tres miraron hacia donde señalaba la madre y vieron a un ser diminuto de cristal que reposaba tranquilamente en la mano de Leo.

El padre de Leo frunció el ceño y se acercó a Aemon con cautela.

- Hola, Aemon - le dijo con voz grave -. Soy el padre de Leo. ¿Eres de verdad? ¿Y qué haces aquí?

Aemon se asustó al ver al padre de Leo. Era un hombre alto y fuerte, con el pelo negro y la barba canosa. Tenía una mirada severa y un tono autoritario.

- Hola - respondió Aemon a través del móvil -. Soy el amigo de Leo. Estoy aquí para jugar con él y aprender sobre el mundo. También estoy buscando a una amiga.

El padre de Leo sonrió y se sintió más tranquilo. Aquella araña parecía un ser con buenas intenciones que necesitaba ayuda. Aemon también se sintió aliviado al ver que el padre no era tan duro como le había parecido en la primera impresión.

- Bueno, Aemon - dijo el padre de Leo -. Me alegro de conocerte. Espero que te portes bien con mis hijos y que no le causes problemas.

- No te preocupes - dijo Aemon -. Leo es mi mejor amigo y también me haré amigo de sus hermanos. No les haré nada malo.

El padre de Leo asintió y se apartó para dejar paso a sus otros dos hijos. Eran una niña y un niño, mayores que Leo. Se llamaban Ana y Luis.

Ana y Luis se acercaron a Aemon con curiosidad y emoción. Les encantaban los animales y aún más si eran peculiares. Querían saber más sobre Aemon.

- Hola, Aemon - le dijeron al unísono -. Somos los hermanos de Leo. Yo soy Ana y él es Luis.

Aemon los miró con interés. Eran dos niños muy simpáticos, alegres, aparentemente dicharacheros y sin miedo ante lo desconocido. No hubiera sido extraño que hubieran tenido miedo, pero al contrario, a estos niños les apasionaban los especímenes raros.

- Hola - dijo Aemon -. Es un placer conoceros. Me encantaría que pasásemos una tarde divertida juntos y haciendo cosas nuevas.

Ana y Luis se quedaron alucinados y estaban deseando jugar con su nuevo amiguito de cristal.

- Bueno, Aemon - dijo Ana -. Nos alegra conocerte. Esperamos que te guste estar aquí con nosotros. Tenemos un montón de cosas que enseñarte.

- Aemon, ¿te gustan los videojuegos? - dijo Luis -. ¿Y te gustan los juegos de mesa? Casi siempre somos tres jugadores y no podemos jugar a juegos de mesa que requieren dos parejas. ¡Contigo podemos hacerlo!

- Sí - dijo Ana -. ¡Aemon es nuestro salvador! ¡Por fin podremos jugar cuatro jugadores! Y no te preocupes, te vamos a enseñar a hacer muchas cosas divertidas. Oye, ¿por qué no jugamos a algo que podamos hacer tanto dentro como fuera de casa?

- ¡Claro! - dijo Leo -. ¿Qué juego podría ser?

- Quiero que me enseñéis juegos nuevos – dijo Aemon -.

- Pues ven con nosotros - dijo Ana -. Te vamos a enseñar uno muy divertido. Se llama el escondite.

- ¡Que buena idea! - dijo Leo -. Así podemos utilizar tanto el espacio de casa como el jardín. Hay un montón de sitios buenos donde esconderse.

- ¿El escondite? - preguntó Aemon.

- Sí - dijo Luis -. Es un juego donde uno se queda contando hasta diez y los demás se esconden. Luego, el que cuenta tiene que buscar a los que se esconden. El último en ser encontrado gana.

- ¿Y cómo se juega? - preguntó Aemon.

- Es muy fácil - dijo Ana -. Te lo vamos a explicar.

Ana y Luis le explicaron las reglas del juego a Aemon y le invitaron a jugar con ellos. Aemon aceptó, aunque estaba un poco confundido. No entendía muy bien el sentido del juego, pero quería probarlo.

Los cuatro salieron al jardín y decidieron quién sería el que contaría primero. Le tocó a Luis. Luis se tapó los ojos y empezó a contar en voz alta....

- Uno, dos, tres...

Aemon, Leo y Ana corrieron a buscar un lugar donde esconderse. Aemon no sabía dónde ir, así que siguió a Leo. Leo le llevó detrás de un arbusto y le hizo una señal para que se quedara quieto. Cada uno estaba en un arbusto distintos aunque estaban pegados el uno al otro. Quizá, con un poco de suerte, si pillaban a uno, no pillarían al otro.

- Aquí estamos bien - le susurró Leo -. No nos verá. Bueno, tú tienes una ventaja y es que eres pequeñita... pero como brillas cuando el sol se refleja en ti, Luis podría verte. ¡Escóndete bien y tápate si te da el sol!

Aemon asintió y se quedó quieto detrás del arbusto, aunque no sabía muy bien cómo reaccionar si empezaba a resplandecer. En cualquier caso, los dos niños y la araña esperaron a que Luis terminara de contar y empezara a buscarles.

- Diez - dijo Luis -. ¡Ya voy!

Luis destapó sus ojos y miró alrededor. No vio a nadie. Se preguntó dónde estarían escondidos sus hermanos y su nuevo arácnido amigo.

- ¡A ver si me encontráis! - gritó Luis para despistarlos.

Luis empezó a caminar por el jardín, buscando algún rastro de los demás. Miró debajo de las macetas, detrás de las sillas, dentro de la caseta del perro... Pero no encontró a nadie.

Después se acercó al rellano de la casa, y miró entre los muebles de la entrada, así como cerca de los arbustos que la rodeaban, pero no eran los arbustos donde se escondías Leo y Aemon.

Luis no quería alejarse demasiado ya que primero era lógico peinar la zona más cercana, si bien lo más probable es que se hubieran alejado para esconderse en sitios más difíciles de encontrar.

Capítulo 6: El reencuentro

Mientras tanto, Aemon observaba desde su escondite cómo Luis buscaba sin éxito. Se aburría un poco y no acababa de entender la gracia del juego. ¿Qué sentido tenía esconderse de alguien y esperar a que te encontrasen? Podían pasar horas y horas y no encontrar a los jugadores escondidos jamás.

Aemon miró a Leo y vio que él se divertía mucho. Se reía cada vez que Luis pasaba cerca de ellos sin verlos. Parecía disfrutar del juego. Entonces Aemon empezó a entender la gracia de estar bien escondido y saber que no te encuentran incluso si están muy cerca. Se convertía en algo emocionante.

Aemon se preguntó si Naerys también jugaría al escondite con él cuando la encontrara. ¿Le gustaría ese juego? ¿O preferiría otro? ¿Qué otras cosas le gustarían a Naerys?

Aemon suspiró y se dio cuenta de cuánto la echaba de menos. Quería verla pronto y abrazarla con sus patitas de cristal. Quería contarle todo lo que había vivido y aprendido con Leo y su familia. Quería saber cómo estaba y qué forma había tomado, pero no conseguía encontrarla y ni tan siquiera sabía que aspecto tenía para poder reconocerla. ¿Sería capaz de sentir que era ella nada más verla aunque no supiera cómo era?

Mientras Aemon pensaba en Naerys, Leo le siseó y le señaló con el dedo. Luis estaba cerca de ellos, buscando detrás de un árbol.

 

- Cuidado - le susurró Leo -. No hagas ruido. Está a punto de encontrarnos.

Aemon asintió y se quedó callado. Vio cómo Luis se acercaba a su escondite, sin saber que ellos estaban allí.

Luis miró detrás del arbusto y vio a Aemon y a Leo. Se sorprendió y se alegró. ¡Por fin los había encontrado!

- ¡Os he pillado! - exclamó Luis -. ¡Salid de ahí!

Aemon y Leo salieron de su escondite y se rindieron. Habían perdido el juego.

- Vale, vale - dijo Leo -. Nos has encontrado. Eres muy bueno.

- Gracias - dijo Luis -. Vosotros también. Os habéis escondido muy bien, porque he pasado por aquí varias veces y no os veía. Me pareció ver a Aemon brillar.

- Vaya – lamentó Aemon -. He debido de reflejar los últimos rayos de luz del atardecer y eso me ha descubierto.

- ¿Y Ana? - preguntó Leo -. ¿La has encontrado?

- No - dijo Luis -. Todavía no. Debe estar en algún lugar muy escondido.

- Pues vamos a buscarla juntos, te ayudamos - dijo Leo -. A ver si la encontramos antes de que se haga de noche.

- Vale - dijo Luis -. Vamos.

Mientras tanto, Ana estaba escondida en el tejado de la casa. Había subido por una escalera que conectaba con la buhardilla y esta con el tejado. Se había tumbado sobre las tejas. Desde allí podía ver todo el jardín y a sus hermanos y a su nuevo amigo buscándola.

Ana se reía para sus adentros. Era la mejor jugando al escondite. Nadie la encontraba nunca. Se sentía orgullosa y feliz.

Pero también sabía que lo que estaba haciendo era peligroso y tenía un poco de miedo. Por momentos se sentía sola, ya que no conseguían encontrarla pasadas las horas. Se preguntaba se seguirían buscándola o se habrían olvidado de ella. Tan solo tenía la compañía de una libélula que se había posado en su mano.

Ana suspiró. Mientras dudaba con qué hacer, vio algo que le llamó la atención. Era una gota de lluvia que caía del cielo. Una gota de lluvia que brillaba con los colores del arco iris cuando le daba el sol. Una gota de lluvia que se acercaba a ella.

Ana se quedó hipnotizada por la misteriosa gotita. Era hermosa, pero también extraña. ¿Qué era esa gota? ¿Por qué parecía que se dirigía a ella?

La gota de lluvia llegó hasta Ana y se posó sobre una libélula que había en la mano de Ana. Entonces, la peculiar gotita se transformó en una libélula cristalina. Con su nueva forma, la libélula miró a Ana con sus ojos de vidriosos.

Ana le devolvió la mirada y se quedó sin palabras. Era una libélula de cristal, con cuatro alas y dos antenas relucientes. Su cuerpo era iridiscente y titilaba con los últimos rayos del atardecer. Era hermosa, pero también extraña, pero aún más extraño todavía era lo mucho que se parecía a su recientemente hecho nuevo amigo, Aemon.

La libélula parecía querer comunicarse pero no lograba darse a entender. Entonces comenzó a dibujar palabras en el aire, con su firme vuelo de paleóptero.

- Hola - dibujó la libélula en el aire -. Yo soy Naerys.

Ana entendió lo que la libélula quería decirle y se quedó asombrada. ¡Era alucinante! ¡La libélula podía comunicarse! Ahora lo tenía claro, tenía que salir de sus escondite y correr a decirles a todos el descubrimiento.

- Bueno, Naerys - dijo Ana -. Me alegra conocerte. Espero que te guste estar aquí conmigo, pero vamos a bajar del tejado y te voy a presentar a mis hermanos y a Aemon.

- ¡Oh! ¿Has dicho Aemon? - exclamó Naerys -. ¡Hace mucho tiempo que me separé de él y estaba buscándolo!

- ¿Eres la amiga a la que estaba buscando? - exclamó Ana eufóricamente -.

Ana le contó a Naerys que acababa de conocer a Aemon y le explicó cómo había llegado al tejado para esconderse en el juego del escondite. Naerys también compartió con Ana su historia, desde que era una lágrima en el corazón de la Tierra y vivía con Aemon, hasta que ascendieron al cielo y volvieron a caer en forma de gotas de lluvia en la superficie terrestre.

Naerys también le explicó cómo se separaron: había una gran tormenta y vio como Aemon caía violentamente en una fuerte descarga de lluvia, pero por alguna razón ella no había podido hacerlo y había caído unos minutos más tarde. Además, no había podido transformarse en ningún organismo vivo, ya que caía al suelo inerte, se condesaba y volvía a ascender al cielo. Así permaneció durante años, repitiendo el ciclo de la lluvia y viajando de arriba abajo y de abajo a arriba sin saber cuál sería el paradero de Aemon y si algún día algo cambiaría.

- Pobre Naerys, has pasado mucho tiempo sola repitiendo el mismo viaje – dijo Ana entristecida -. Pero ahora estás con nosotros y con Aemon, ¡Venga, corre, tienes que venir a verlo!

Las dos se quedaron fascinadas con las historias de la otra. Se sentían afortunadas de haberse encontrado y de haberse hecho amigas. Ana se levantó de golpe para irse y casi se resbala, pues el tejado estaba algo humedecido por el efecto de las demás gotas que habían caído cuando también lo hizo Naerys.

- Casi te caes – dijo Naerys preocupada -. Si te ocurre algo no podré encontrar a Aemon. Voy a apoyarme en tu cabeza y te protegeré, y si veo algún peligro te avisaré.

Las dos bajaron sanas y salvas del tejado para encontrar a los demás y terminar el juego. Luis, Leo y Aemon no se habían olvidado de ellas, si no que se habían distraído jugando a un juego de fantasía donde Luis y Leo eran un troll de dos cabezas y Aemon un caballero montado que portaba una lanza y un gran escudo con el emblema de una araña y que tenía que derrotarlo.

Cuando llegaron, Aemon las vio y se quedó estupefacto. La reconoció al instante por su brillo cristalino que irradiaba un cáliz especial. Corrió hacia ella y entrelazaron sus patitas y antenas de cristal.

- Naerys - dijo Aemon emocionado -. Te he echado de menos. Te he buscado por todas partes, pensé que no te encontraría nunca. ¿Cómo estás? ¡Eres una libélula!

Naerys se sintió feliz de ver a Aemon. Lo envolvió con sus alas traslúcidas para abrazarlo.

- Aemon - dijo Naerys conmovida -. Yo también te he echado tanto de menos. Te he buscado cuanto he podido. Cuando caíste y yo vi que caía más tarde que tú y nos separamos, fue muy duro, pero estoy bien y me alegro mucho de que tú también lo estés y de que por fin nos hayamos encontrado. ¡Eres una araña!

Aemon le contó a Naerys que había tomado la forma de un organismo vivo a la primera por pura suerte y que ya no sabía cómo volver al cielo para buscarla o si estaría todavía ahí. Estaba feliz de que hubiera seguido intentando encontrarle y de que por fin se convirtiera en un organismo vivo después de haber caído a la superficie terrestre tantas veces sin éxito. Aunque sólo habían pasado cuatro años separados en comparación con los millones de años que habían compartido juntos, la espera había resultado eterna. Aemon le contó que había conocido a Leo y a su familia y había pasado todos estos años, precisamente, buscándola con su inestimable ayuda.

Naerys les dio las gracias y les dijo que eran muy buenos y divertidos. Les contó que había conocido a Ana en el tejado y que, sin darse cuenta, había acabado formando parte del final del juego del escondite.

- ¡Así que estabas en el tejado, Ana! – exclamó Luis -. ¡Con razón no lográbamos encontrarte!

Los cinco rieron y se pusieron al día con todo mientras cenaban. Los padres habían acogido también a Naerys y ya no estaban nada sorprendidos, pero se preguntaban si su casa se acabaría llenando de insectos de cristal. Se trataba de un fenómeno muy mágico y misterioso que debían guardar en secreto.

- Qué bien que os hayáis encontrado - dijo Ana -. Me alegro mucho por vosotros.

- Sí - dijo Luis -. Sois muy afortunados.

- Gracias - dijeron Aemon y Naerys -. Estamos muy agradecidos. No lo habríamos conseguido sin vuestra ayuda.

- Bueno, ¿y ahora qué? - preguntó Leo -. ¿Qué vais a hacer?

- Pues... - dijo Aemon -. No lo sé. ¿Qué quieres hacer, Naerys?

- Pues... - dijo Naerys -. Como acabo de llegar, me gustaría vivir experiencias y aprender como lo has hecho tú, Aemon.

Los dos se miraron y se sonrieron. No tenían un plan concreto, pero sabían que querían estar juntos.

- Podríais quedaros aquí con nosotros - sugirió Ana -. Os podemos enseñar más cosas sobre el mundo de los humanos. Os podemos presentar a nuestros amigos y a nuestro perro, viajar y hacer muchas actividades.

- Sí - dijo Luis -. Podríais quedaros aquí con nosotros. Podemos enseñaros más juegos divertidos, ir al parque, al cine, a la playa...  Cuidaremos de vosotros como si fuerais nuestros hermanos.

Aemon y Naerys se sintieron tentados por la oferta familiar y decidieron aceptarla. Les gustaba estar con ellos y aprender cosas nuevas, jugar y reír y sentirse queridos y parte de su familia. Querían que quedarse y disfrutar de ello al máximo.

Capítulo 7: El camino de las lágrimas

Aemon y Naerys pasaron una década con su familia. El tiempo pasó extremadamente rápido. Cuando quisieron darse cuenta, Ana, Luis y Leo estaban en sus carreras universitarias y ya no tenían tiempo para jugar con ellos como antaño. Cada uno hacía sus vidas y seguían progresando y avanzando. Puede que fuera el momento de partir también y seguir explorando el mundo de los humanos más allá de la confortabilidad del que hasta ahora había sido su nuevo hogar.

Realmente sentían que había algo más que querían hacer. Algo que les llamaba desde dentro. Algo que era lo que les hacía diferente. No sabían muy bien que era, pero tenían un propósito con el que continuar.

- Ha llegado el momento. Tenemos que irnos - dijeron Naerys y Aemon -. Tenemos que seguir nuestro camino.

- ¿Qué camino? - dijo Luis entre lágrimas.

- El camino de las lágrimas - dijo Aemon -. El camino que nos trajo hasta aquí y que nos llevará a otros lugares.

- ¿Por qué? - preguntó Ana.

- Porque es nuestro destino - dijo Naerys -. Porque somos hijos de las lágrimas y tenemos que llevar su mensaje al mundo. Lo sentimos dentro, como si estuviera escrito desde nuestra concepción.

- ¿Qué mensaje? - preguntó Luis.

- El mensaje de la vida - dijo Aemon -. El mensaje de que la vida surge del dolor, pero también de la esperanza. El mensaje de que la vida se transforma y se renueva. El mensaje de que la vida se comparte y se disfruta con los seres queridos.

La familia estaba muy triste, pero podían entender a lo que se referían. Llegaron a sus vidas como un regalo genuino y posiblemente pudieran hacer felices a muchas otras personas, de la misma forma que lo habían hecho con ellos, transmitiendo ese mensaje tan puro y bondadoso.

- ¿De verdad tenéis que iros? - preguntó Ana.

- Debemos irnos. Hemos visto en vosotros el progreso y nos hemos dado cuenta de que nosotros nos habíamos estancado. Hemos perdido un poco de nuestro resplandor cristalino, pero sabemos que lo recuperaremos al brillar para otras personas que necesitan nuestra compañía.

- ¿Y adónde iréis? - preguntó Leo.

- No lo sabemos - dijo Aemon -. Vamos donde el viento nos lleve, a donde el sol nos guía, a donde el camino se abra paso. Vamos donde las lágrimas nos llamen. Vamos donde la vida nos espere.

La despedida se había tornado muy triste. A pesar de que todos lo entendían, lo que habían vivido juntos aparecía fugazmente en imágenes entrecortadas a cámara rápida en sus mentes. Un cúmulo de emociones que se hacía un nudo en sus gargantas.

Los jóvenes se quedaron pensativos y emocionados, pero sabían que no lograrían hacerles cambiar de opinión y que compartían una misión muy importante y bonita que debían de retomar. No podían retenerlos ni detenerlos, ni querían hacerlo realmente, por lo laudable de su cometido.

- Os queremos mucho, Naerys y Aemon y os deseamos toda la suerte del mundo – dijeron entre todos -. Siempre os acogeremos con los brazos abiertos en caso de que queráis volver. Este ha sido y será por siempre vuestro hogar.

- Os echaré mucho de menos - dijo Leo -. Volver a visitarnos algún día. Y no nos olvidéis.

Aemon y Naerys les abrazaron con sus patas y sus antenas de cristal. Les agradecieron todo lo que habían hecho por ellos. Les dijeron que nunca los olvidarían y que siempre serían sus amigos.

Se despidieron con lágrimas en los ojos. Lágrimas de tristeza, pero también de alegría. Lágrimas de despedida, pero también de reencuentro. Lágrimas de cristal, pero también de vida.

- No tenemos nada para recordaros – dijeron entre sollozos Ana y Leo, que son quienes más unidos estaban a Naerys y Aemon, respectivamente -.

En ese momento, una lágrima de Naerys y una lágrima de Aemon se solidificaron, como si se hubiera desprendido un pedacito de cristal de sus cuerpos.

- Quedaros con nuestras lágrimas cristalizadas como recuerdo y cuando miréis su núcleo límpido, siempre nos recordaréis con felicidad y comprenderéis con añoranza por qué llegamos a vuestras vidas y por qué nos fuimos. – dijeron Aemon y Naerys.

En ese instante, ambos se convirtieron en vapor de lágrimas y ascendieron hasta las nubes, desde donde caerían de nuevo en forma de lluvia para transmitir su vida al mundo de nuevo. Ana, Luis y Leo se despedían con la mano y la mirada perdida en el horizonte, como intentando vislumbrar las moléculas de agua que viajaban taimadamente hacia el firmamento.

Después de regresar a las nubes y volver a caer en forma de gotas de lluvia, Aemon y Naerys pasaron muchos años viajando por el mundo, sin saber el uno del otro, tomando caminos separados, pues así lo quiso el azar.

Tomaron la forma de distintos animales, todos ellos insectos. En ocasiones se encontraban con otros insectos que parecían tener un brillo especial, pero no se trataba de ninguno de ellos y por eso, se echaban mucho de menos. Cuando decidieron reemprender su viaje por el mundo, sabían que existía la posibilidad de que se volvieran a separar y no reencontrarse por muchos, muchos años.

A veces sentían una extraña nostalgia por el centro de la Tierra, donde habían nacido y se habían conocido, antes de que adquirieran un alma. Había pasado tanto tiempo desde entonces...

Un día, el destino quiso que se encontraran. Habían pasado 32 años. Aemon se había convertido en una hormiga de cristal y estaba en un bosque, trepando por las ramas de los árboles, con una ligereza y destreza propia de una obrera entregada. Por su parte, Naerys se había convertido en un saltamontes, y estaba en una pradera alpina, revoloteando entre los caminos y el pasto. Ambos sintieron una llamada inexplicable que los guió hasta un lago cristalino.

Aemon, la hormiga cristalina, había bajado del árbol en el que estaba para refrescarse a la orilla del lago, mientras que Naerys, el ahora saltamontes cristalino, había abandonado la comodidad de la pradera para chapotear un rato en las aguas poco profundas de los charcos cercanos a dicho lago.

Al acercarse al agua, ambos vieron sus reflejos brillantes y se reconocieron al instante. Sus cristales se iluminaron con un brillo intenso y se lanzaron a abrazarse el uno al otro con pasión. Sus cristales estaban refulgentes de energía.

Se contaron todo lo que habían vivido y aprendido en sus viajes. Se dieron cuenta de que habían cambiado mucho desde que salieron del centro de la Tierra, pero que seguían siendo los mismos en lo esencial. Esta vez, se dieron cuenta de que se querían más que nunca y que no querían volverse a separarse jamás. Por eso, decidieron volver al lugar de donde habían nacido y formar una familia.

Para volver al centro de la Tierra, tenían que hacer lo mismo que habían hecho para salir: convertirse en vapor de lágrimas y ascender hasta las nubes. Sin embargo, esta vez no lo hicieron solos, sino juntos. Se fundieron en una sola gota de lluvia y se evaporaron con el calor del sol. Al llegar a las nubes, se condensaron en una sola bola de cristal y empezaron a caer hacia el suelo con gran velocidad.

Al atravesar las capas de la Tierra, la pelota de cristal se fue calentando y fundiendo hasta convertirse en un río de lava iridiscente. Este río llegó hasta el corazón del planeta, donde se encontraba el lago de las lágrimas del que habían nacido. Al entrar en contacto con el agua, el río de lava se solidificó y formó una isla en medio del lago. En esa isla nacería por y para siempre toda su progenie en forma de cristales de lágrimas. La diferencia es que estos ya contarían con alma, pues se la había transmitido Naerys y Aemon con el acto de amor que es darles la vida.

Aemon y Naerys se sintieron felices y orgullosos por haber creado vida nueva. Se dieron cuenta de que ese era el verdadero significado de su existencia: dar vida y amor al mundo. Desde el centro de la Tierra, cuidarían de sus hijos y les enseñarían todo lo que saben para que ellos mismos pudieran emprender su propio camino hacia la superficie de la Tierra.

Y así fue como Aemon y Naerys formaron una familia dando vida a las lágrimas de los seres humanos, unas lágrimas que quizá volverían junto con quienes las derramaron en forma de pequeños y mágicos insectos cristalinos para ayudarles en sus existencias.

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