La flor roja
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Los deseos pueden ser tan peligrosos y fuertes como la realidad misma.
El deseo lo marchitó, lo consumió y solo quedó en un deseo.
De su tumba creció una planta escamosa, cuyas flores eran letalmente venenosas.
Con ellas se forjó el equipamiento de las futuras generaciones de este Antiguo Imperio.
El Antiguo Imperio se había extendido por todo el mundo, sometiendo a los pueblos con su poder y su crueldad. Nadie se atrevía a desafiarlos, pues sabían que sus armas y armaduras estaban hechas con las flores venenosas del príncipe de piel roja, y que una sola herida podía ser mortal.
Pero en una lejana isla, vivía una tribu de guerreros que no conocían el miedo ni la rendición. Eran los hijos del sol, y tenían la piel dorada como el astro rey. Su líder era una joven princesa, llamada Lira, que poseía una belleza y una valentía sin igual.
Lira había oído hablar del Antiguo Imperio y de sus atrocidades, y sentía en su corazón un ardiente deseo de justicia. Quería liberar al mundo de su tiranía, y para ello necesitaba encontrar una forma de combatir sus armas venenosas.
Un día, tuvo una visión. El sol le habló en sueños, y le reveló el secreto de las flores del príncipe de piel roja. Le dijo que esas flores eran el fruto de un deseo egoísta y corrupto, y que solo podían ser contrarrestadas por un deseo puro y noble.
La visión también le reveló que en el centro de la isla, había un manantial sagrado, cuya agua tenía el poder de curar cualquier mal: si bañaba sus armas y armaduras en ese agua, las haría inmunes al veneno de las flores; y si bebía de ese agua, su deseo se haría realidad.
Lira no dudó ni un instante. Se levantó al amanecer, y reunió a sus guerreros más fieles. Les contó su visión, y les pidió que la siguieran en su menester. Juntos, se dirigieron al centro de la isla, donde encontraron el manantial sagrado. Ella fue la primera en acercarse al agua cristalina. Sumergió sus armas y armaduras en ella, y sintió cómo se llenaban de una nueva fuerza. Luego bebió un sorbo del agua, y sintió cómo su deseo se hacía más fuerte en su pecho.
Se volvió hacia sus compañeros, y les dijo:
- Amigos míos, ha llegado la hora de la batalla. El sol nos ha bendecido con su poder, y nos ha dado la oportunidad de cambiar el destino del mundo. Vamos a enfrentarnos al Antiguo Imperio, y vamos a derrotarlos. ¿Estáis conmigo?
Los guerreros respondieron con un grito unánime:
- ¡Sí!
Y así comenzó la guerra más grande y más épica que jamás se haya visto.
La guerra duró varios años, y fue sangrienta y cruel. El Antiguo Imperio no se rindió fácilmente, y usó todos sus recursos para defenderse de los ataques de los hijos del sol.
Pero Lira y sus guerreros no se dejaron intimidar por nada ni por nadie. Con sus armas y armaduras inmunes al veneno de las flores, lucharon con valor y determinación. Con cada batalla, ganaron más terreno y más aliados. Con cada victoria, demostraron al mundo que había una esperanza de libertad.
Finalmente, llegaron a la capital del Antiguo Imperio, donde se encontraba el palacio del emperador. Era una fortaleza imponente, rodeada por un muro de piedra y metal. En lo alto del muro, ondeaba una bandera negra con una flor roja en el centro.
Lira miró el símbolo del enemigo con desprecio, y dijo:
- Esa flor es la causa de todo el mal que ha sufrido este mundo. Es el recuerdo de un príncipe que quiso ser dios, y que solo se convirtió en un monstruo. Hoy vamos a arrancar esa flor de raíz, y vamos a plantar una nueva semilla de paz y justicia.
Los guerreros asintieron con fervor, y se prepararon para el asalto final. Lira les dio la señal, y todos se lanzaron al ataque con su último grito de guerra.
El palacio del emperador se convirtió en el escenario de la batalla más decisiva y más feroz hasta el momento. Los soldados del Antiguo Imperio resistieron con fiereza, pero no pudieron contener el ímpetu de los hijos del sol. Lira se abrió paso entre las filas enemigas, buscando al emperador.
Lo encontró en la sala del trono, sentado en un sillón de oro y plata, cubierto de joyas y adornos. A su lado, había un jarrón con una flor roja, la última que quedaba en el mundo.
El emperador era un hombre viejo y débil, con el pelo cano y la piel arrugada. Sus ojos eran dos pozos vacíos, sin vida ni emoción. Al ver a Lira entrar en la sala, esbozó una sonrisa burlona, y dijo:
- Así que tú eres la famosa princesa de piel dorada, la que ha osado desafiar mi poder. ¿Qué quieres de mí? ¿Vienes a matarme? ¿Vienes a robarme mi flor?
Lira lo miró con desprecio, y dijo:
- No vengo a matarte, ni a robarte tu flor. Vengo a liberar al mundo de tu tiranía, y a devolverle su dignidad. Tu flor no es más que un símbolo de tu codicia y tu locura. No tiene ningún valor para mí, ni para nadie.
Y diciendo esto, cogió el jarrón con la flor, y lo arrojó al suelo con fuerza. El jarrón se hizo añicos, y la flor se marchitó al instante.
El emperador soltó un grito de horror, y se levantó de su sillón. Corrió hacia los restos de su flor, y se arrodilló junto a ellos. Con las manos temblorosas, intentó recoger los pétalos caídos, pero se le escapaban entre los dedos.
Lira lo observó con lástima, y dijo:
- Mira lo que has hecho con tu vida. Has desperdiciado tu tiempo y tu energía en perseguir un deseo que nunca te ha traído nada bueno. Has sacrificado todo lo que tenías por una flor que no te ha dado más que veneno. Has sido un esclavo de tu propio deseo.
Y luego añadió:
- Yo también tengo un deseo. Un deseo de paz y justicia para todos los pueblos. Un deseo que me ha dado fuerza y valor para luchar por lo que creo. Un deseo que me ha hecho libre.
Y diciendo esto, sacó su espada, y le cortó la cabeza al emperador.
La guerra había terminado.
Lira salió de la sala del trono, llevando en sus manos la cabeza del emperador. La mostró a sus guerreros, que la vitorearon con alegría. Luego la arrojó al fuego, junto con la bandera negra con la flor roja.
Después, izó una nueva bandera en lo alto del palacio. Era una bandera blanca con un sol dorado en el centro.
Era el símbolo de un nuevo mundo.