La atalaya impía
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Unas tropas enemigas pensaron que debían destruirla, pero en lugar de ello decidieron dar un rodeo e intentar buscar otras rutas para avanzar sin que esta les viera, ya que consideraban que era demasiado peligrosa como para neutralizarla. Ya lo harían otras topas.
Las tropas pasaron exitosamente a través de un vado que estaba por la ruta de la derecha y que la atalaya impía no podía alcanzar a ver. Estaban contentos, pero al finalizar la travesía, se toparon con otra atalaya y su gozo quedó en un pozo.
De nuevo, intentaron sortearla, esta vez por la ruta de la izquierda, donde había un bosque. Cruzaron sin ninguna baja, pero al salir de la espesura, vieron que había otra atalaya.
Entonces el capitán de la tropa dijo que volverían a rodearla, esta vez por la derecha. A la derecha había otro vado. Al cruzarlo, vieron que había otra atalaya, y al tomar la ruta del bosque que estaba a la izquierda, también consiguieron dejarla atrás.
Después de haber sorteado tantos obstáculos con éxito, se dieron cuenta de que había otra atalaya al final del camino y que seguían estando en el mismo sitio que al principio. Solo podían elegir la tura del vado, la del bosque o por fin hacer frente a la atalaya impía. Y decidieron hacerle frente, pero tal y como habían pensado, era demasiado para ellos y acabaron cayendo en el campo de batalla.
Solo se salvó un soldado que decidió no hacer nada, simplemente, huir del campo de batalla.
El soldado que había huido del campo de batalla se sentía a la vez aliviado y culpable. Había escapado de una muerte segura, pero también había abandonado a sus compañeros y su deber. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Solo sabía que tenía que alejarse lo más posible de la atalaya impía y de sus maliciosas réplicas.
Mientras caminaba sin rumbo por el bosque, se encontró con un anciano itinerante que llevaba un bastón y una capa con capucha. El anciano le saludó con una sonrisa y le preguntó:
- ¿Qué haces por aquí, joven? ¿No sabes que esta zona es peligrosa?
- Lo sé, lo sé... - balbuceó el soldado - Pero no tengo otro sitio donde ir. He huido de la guerra y de la atalaya impía.
- ¿La atalaya impía? - repitió el anciano con curiosidad y sorpresa - ¿Qué sabes de ella?
- No mucho, solo que es una torre maldita que controla todo el campo de batalla y que nadie puede derrotarla. Mis compañeros y yo intentamos rodearla por todos los caminos posibles, pero siempre nos encontrábamos con otra atalaya igual de terrible. Al final, solo quedaba enfrentarnos a ella o huir. Yo elegí huir.
- Ya veo... - dijo el anciano con un gesto pensativo - Pues déjame decirte algo, joven. Has hecho bien en huir. Y no eres un cobarde por ello. La atalaya impía no es una simple torre, sino una trampa mortal. Una trampa creada por un hechicero oscuro que quería dominar estas tierras otrora.
- ¿Un hechicero oscuro? - preguntó el soldado con incredulidad.
- Sí, un hechicero oscuro llamado Carpinust. Hace muchos años, Carpinust era una poderosa figura versada en las artes oscuras que servía al rey de este reino. Pero un día, se rebeló contra él y trató de usurpar el trono. Para ello, construyó la atalaya impía y otras muchas más por todos sus dominios, imbuyéndolas de un maleficio prohibido que infringía una poderosa maldición a sus víctimas. Estas atalayas tenían la capacidad de crear ilusiones y confundir a los enemigos, haciéndoles creer que estaban en un laberinto sin salida. Así, Carpinust logró derrotar al ejército real y proclamarse rey.
- ¿Y qué pasó después? - preguntó el soldado con interés.
- Después, Carpinust se volvió loco por el poder y la magia negra. Tanto poder... fue demasiado hasta para él. Se encerró en la atalaya impía original y empezó a experimentar con todo tipo de conjuros malignos. Nadie sabe qué hizo exactamente, pero se dice que abrió una puerta a otro mundo, al Oblivion, un purgatorio oscuro y terrible, donde habitaban criaturas siniestras, infernales y daedréicas. Y desde entonces, nadie ha vuelto a verle.
- ¿Y cómo sabes tú todo esto? - preguntó el soldado con sospecha.
- Porque yo fui uno de los pocos supervivientes de aquella guerra - dijo el anciano quitándose la capucha y mostrando su rostro arrugado y cicatrizado - Yo fui uno de los caballeros del rey que lucharon contra Carpinust y sus atalayas impías. He dedicado toda mi vida a buscar una forma de acabar con la maldición y con las torres impías, pero aquí me ves, siendo un exiliado veterano de guerra, bueno para nada, incapaz de defender su reino y ya no digamos aspirar a restaurarlo.
El soldado se quedó sin palabras al ver al anciano. No podía creer lo que estaba oyendo ni lo que estaba viendo. ¿Sería verdad lo que decía? ¿O sería otra ilusión más?
El anciano le propuso al soldado que le acompañara a su refugio, donde tenía guardados algunos libros antiguos y objetos mágicos. Le dijo que había encontrado una posible solución para romper el hechizo de las atalayas impías, pero que necesitaba su ayuda para llevarla a cabo.
El soldado dudó al principio, pero al final aceptó. Tampoco tenía muchas más opciones, ya que sabiendo de aquel mal, no podía simplemente desentenderse, y más tras de haber logrado escapar de allí de una pieza. Puede que incluso fuera el único capaz de lograrlo, después de que por azares del destino se topase con el curtido anciano y le contase la historia detrás de dicho mal.
También pensó que quizás así podría redimirse de su cobardía y hacer algo bueno por el reino. Ahora... la verdad es que sentía curiosidad por conocer más sobre el hechicero oscuro, su trampa y es qué opciones existían para detenerlo.
El refugio del anciano era una cueva oculta entre las rocas. Allí, el anciano le mostró al soldado un libro muy antiguo y desgastado, donde había dibujos y símbolos extraños. Le explicó que se trataba de un libro de magia arcaica, escrito por un sabio que vivió hace siglos y que conocía los secretos de las atalayas impías, o mejor dicho, del maleficio con el que habían sido imbuidas.
- Según este libro - dijo el anciano - las atalayas impías están conectadas entre sí por un nexo mágico, que es lo que les permite crear las ilusiones y engañar a los enemigos. Este nexo mágico tiene su origen en la atalaya impía original, la que construyó Carpinust y donde se encerró. Allí fue donde el maleficio fue lanzado. En definitiva: si logramos destruir esa atalaya, las demás se desvanecerán y la maldición se acabará.
- ¿Y cómo podemos destruir esa atalaya? - preguntó el soldado.
- Con esto - dijo el anciano sacando de un cofre un objeto brillante y puntiagudo - Es una daga mágica, forjada con el metal más resistente y bendecida con el poder de la luz. Es la única arma capaz de atravesar las defensas de la atalaya impía y herir a Carpinust. Yo la conseguí hace años, después de mucho buscar y arriesgar mi vida, persiguiendo mitos y leyendas hasta que di con ella. Como te he dicho, me he pasado la vida buscando una forma de detener la maldición, pero jamás me he podido aventurar yo solo ni he encontrado a nadie con el suficiente valor para hacerlo. Ten en cuenta que las fuerzas del hechicero Carpinust eran vastas... había que tener mucho cuidado con no hacer pública la existencia de la daga... perderla por culpa de mi indiscreción habría sido una grave negligencia.
- Lo entiendo y pienso que has hecho bien. Ahora estamos juntos en esto, ¿qué tenemos que hacer con la daga ahora? - preguntó el soldado.
- Tenemos que infiltrarnos en la atalaya impía y clavarla en el corazón de Carpinust. Solo así podremos acabar con él y con su aterradora obra.
- ¿Infiltrarnos? ¿Cómo? ¿No nos verán las otras atalayas y volveremos a entrar en el bucle del laberinto?
- No, si usamos esto - dijo el anciano sacando otro objeto de otro cofre – Son unos pendientes mágicos, que nos hará invisibles a los ojos de las atalayas. Estos pendientes solo funcionan cuando son usados por dos personas y cada una lleva uno, por eso necesitaba a alguien como tu imperativamente. Los pendientes en sí no nos protegerán de las ilusiones, pero la maldición de las atalayas impías solo funciona en aquellos que están en su rango de visión y que, por lo tanto, son identificables por las mismas; dicho de otra forma, no pueden maldecir y generar las ilusiones en aquellos que no pueden ver.
- ¿Y cómo sabemos dónde está la atalaya impía original?
- Por esto - dijo el anciano sacando otro objeto más de otro cofre distinto - Es una brújula mágica, que nos indicará la dirección exacta de la atalaya original. Esta brújula simplemente detecta las fuentes de poder oscuro, de manera que allí donde el poder sea más intenso, será la atalaya correcta. Piensa que el maleficio empleado por Carpinust debió de dejar una huella de poder oscuro enorme, por no mencionar que él mismo se encerró en la primera atalaya impía que creó; así que no puede haber lugar a dudas, el lugar que nos indique debe concentrar ambas fuentes de poder oscuro y será el lugar correcto. En cualquier caso, debemos correr el riesgo sea el que sea.
El soldado se quedó asombrado al ver todos los artilugios mágicos que tenía el anciano. Estaba claro que se había preparado a conciencia, a pesar de que no hubiera podido poner en marcha su plan hasta el momento. Cuando lo conoció pensó que realmente había fallado a reino, pero nada más lejos de la realidad: su sigilosa pero constante dedicación había sido fructífera. El soldado no podía permitirse fallar y echar por la boda todo ese trabajo para salvar al reino. Esta también era su oportunidad para dejar atrás la cobardía y empezar a ser valiente... a lo grande.
El anciano le dijo que se preparara, que al día siguiente partirían hacia la atalaya impía. Le dio la daga, los pendientes y la brújula mágica. Le dijo que confiara en él y en los objetos, que eran su única esperanza.
El soldado tomó los objetos con nerviosismo y los guardó en su mochila. Se acostó en un rincón de la cueva e intentó dormir, pero no pudo. Tenía miedo de lo que les esperaba al día siguiente. Tenía miedo de enfrentarse a la atalaya impía y a Carpinust. Tenía miedo de morir o de fracasar. No podía evitarlo. Dejar atrás todo ese sentimiento de cobardía no iba a ser tan fácil. ¿Cómo podría dejar la mente en blanco y olvidarse de esas manos oscuras que tiraban de él hacia abajo, hacia un abismo sin fondo?
Mientras sentía que caía en ese vacío abismal, miró hacia arriba y vio un halo de luz. El soldado también tenía esperanza y allí estaba, tirando de él de nuevo hacia la superficie. Una esperanza que nacía del deseo de querer liberar al reino de la maldición, loable hazaña para un don nadie que trataba de encontrar sentido a su existencia después de abandonar el campo de batalla.
Y así, entre el miedo y la esperanza, pasó la noche.
A la mañana siguiente, el anciano y el soldado salieron de la cueva y se dirigieron hacia los dominios oscuros donde las batallas seguían librándose. Persiguiendo las indicaciones de la brújula, encontraron el camino más corto y seguro para llegar a la atalaya impía original. Gracias a los pendientes, evitaron las ilusiones y los engaños de las otras atalayas. Y gracias a la daga, que estaba a buen recaudo en el tahalí de cuero de alce que el anciano le había obsequiado para salvaguardar el arma, estaban listos para enfrentarse a Carpinust.
Cuando llegaron a la base de la atalaya impía original, vieron que era diferente a las demás. Era más alta, más ancha y más tenebrosa. Tenía una puerta de hierro con un candado enorme y una ventana en lo alto, por donde se filtraba una luz roja y siniestra.
El anciano le dijo al soldado que golpease el candado con la daga. Si la daga mágica era verdadera y realmente estaba impregnada del poder de la luz. Era la primera prueba de fuego. Si no era capaz de romperlo, estaban acabados. El soldado sacó la daga, sujetó el pomo con ambas manos y clavó la punta en el orificio del candado. El candado, simplemente, implosionó haciéndose añicos en un abrir y cerrar de ojos. Una sonrisa de alivio se dibujó al tiempo que una poderosa corriente de emociones inundaron a los dos guerreros. Pero era pronto para cantar victoria, todavía faltaba lo más difícil, pero contaban con las herramientas para conseguirlo.
La puerta se abrió con un chirrido y los dos entraron en la atalaya. Dentro, había un pasillo largo y estrecho, lleno de trampas y guardias daedréicos que jamás habían visto. El anciano y el soldado tuvieron que esquivar flechas, cuchillas, fuego y otras amenazas, mientras luchaban contra los soldados de Carpinust, que vestían armaduras negras y llevaban espadas encantadas.
Gracias a la daga, los pendientes, la brújula y otros artilugios como pergaminos con hechizos útiles varios, lograron llegar al final del pasillo, donde había una escalera de caracol que subía hasta la cima de la atalaya directamente. Allí les esperaba Carpinust.
Carpinust era un hombre viejo y flaco, con el pelo blanco y la barba larga. Tenía la piel pálida y las ojeras profundas. Vestía una túnica negra con bordados rojos y llevaba un bastón con una gema roja en la punta. Su mirada era fría y cruel.
¿Quiénes sois vosotros? - preguntó Carpinust con voz ronca - ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
Somos los que pondrán fin a tu reinado de terror - dijo el anciano con firmeza - Somos los que te derrotarán y liberarán al reino de tu maldición.
¿De verdad? - se burló Carpinust a carcajadas - ¿Y cómo pensáis hacerlo?
No te confíes, Carpinust - dijo el anciano – Contamos con la fuerza necesaria para romper tu maleficio y acabar con tu vida.
¿Acabar con mi vida? - se rió Carpinust - ¿No sabéis que soy inmortal? ¿No sabéis que he abierto una puerta a otro mundo, donde he obtenido el poder de las tinieblas? Soy el amo de las atalayas impías y de todo lo que hay bajo su sombra.
Lo sabemos, Carpinust - dijo el anciano - Pero también sabemos que eres un traidor, un tirano y un demente. Sabemos que traicionaste al rey que te dio todo, que oprimiste al pueblo y te volviste completamente loco y enfermo a causa de la magia negra, que te comió por dentro. Eres un podrido y no mereces vivir ni reinar.
¡Basta! - gritó Carpinust - ¡No toleraré más insolencias! ¡Morid, intrusos!
Carpinust levantó su bastón y lanzó un rayo rojo hacia el anciano y el soldado. Ellos se agacharon y esquivaron el ataque. Luego, se lanzaron hacia Carpinust con la daga mágica en alto.
Carpinust intentó detenerlos con otro rayo, pero los pendientes los hicieron invisibles y difíciles de alcanzar. Entonces, intentó crear una ilusión con varios dobles de sí mismo para confundirlos, pero la brújula les indicó dónde estaba realmente.
El anciano y el soldado llegaron hasta Carpinust y le clavaron la daga mágica en el corazón. El moribundo hechicero soltó un grito de dolor y sorpresa. Su sangre salió a borbotones y empapó su túnica negra. El bastón que sujetaba cayó al suelo y se rompió en pedazos, y la gema roja que le nutría de poder, se apagó y siguió su mismo destino.
Carpinust miró a sus asesinos con odio y miedo. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se desplomó. Estaba muerto.
En ese momento, la atalaya impía original empezó a temblar y a resquebrajarse. El nexo mágico que la unía con las demás atalayas se rompió y las ilusiones se desvanecieron. Las otras atalayas impías también se derrumbaron y desaparecieron.
La maldición de Carpinust se había acabado.
El anciano y el soldado salieron corriendo de la atalaya impía original antes de que se viniera abajo. Llegaron al campo de batalla y vieron que todo había cambiado. El cielo era azul lapislázuli, el sol brillaba incandescente, las flores brotaban y los animales regresaban a sus hogares. La gente salía de sus casas y celebraba el fin de la guerra, de la tiranía y la opresión.
El anciano y el soldado se abrazaron y sonrieron. Habían logrado lo imposible. Habían liberado al reino de la maldición de la atalaya impía, mostrándose a sí mismos y al mundo que eran capaces de luchar contra un destino aciago contra el que poco parecía que se pudiera hacer.
Sus andanzas, en poco tiempo, se hicieron famosas. Con el tiempo, el reino se reconstituyó y fue volviendo a su antigua gloria, muy lentamente. Ellos, ahora inseparables amigos, estuvieron en primera línea ayudando en su reconstrucción y fueron recompensados no solo por sus hazañas, sino por el arduo trabajo y entrega demostrada en los años posteriores.
El soldado se convirtió en la primera espada del reino, comandante de la guardia real. Y el anciano fue nombrado la mano derecha, protector del reino y comandante de la guardia personal del rey. La anhelada paz había llegado y era hora de disfrutarla... porque el ciclo siempre se reinicia y la calma siempre precede, de nuevo, a la tempestad.