La Academia de Magia y Música de Zalazar

Todo comenzó conmigo siendo la oveja negra de la familia. Ni mis padres ni mi hermana habían tocado jamás instrumentos cuando eran jóvenes, pero siendo adultos, todos se animaron a empezar a tocar uno. Cada cual se aventuró con un instrumento distinto y todos fueron elegidos por el destino en la Academia Mágica de Música de Zalazar, la única que existía en el reino de Siderelt, no sin que antes fueran rechazados durante algunos años, ya que, al fin y al cabo, era una cuestión de suerte que te escogieran o no. El talento no importaba, ya que en la Academia de Magia y Música de Zalazar todo el mundo tenía derecho a aprender a tocar un instrumento al margen del talento natural, y por eso el acceso se realizaba por sorteo, aunque entrar era realmente difícil ya que era ciertamente improbable que tocase: todo dependía de la cantidad de plazas ofertadas y demandantes. El lema de la Academia era “Con constancia y esfuerzo, el talento en un almuerzo”, que venía a significar que trabajando cada día podía llegar a adquirirse el talento que quizá otras personas tenían de manera innata o natural.

La Academia de Magia y Música de Zalazar es una institución única, donde se enseña a tocar instrumentos musicales con poderes mágicos. Estos instrumentos son capaces de crear efectos sorprendentes, como invocar criaturas, manipular elementos, curar heridas o abrir portales. Todas las personas tienen un poder mágico natural y en esta Academia se enseña a expresarlo a través de los instrumentos.

La Academia está situada en un gran castillo, rodeado de jardines y fuentes, donde los alumnos pueden practicar y relajarse. Se puede acceder a ella desde cualquier lugar mediante un portal mágico, cuya invocación es facilitada a todos los alumnos que estudian en ella. Cuenta con un amplio profesorado, formado por maestros de cada instrumento, que imparten clases teóricas y prácticas, y que evalúan el progreso de los alumnos. La academia también organiza conciertos, competiciones y festivales, donde los alumnos pueden demostrar sus habilidades y divertirse.

Para entrar en la academia mágica de música, como decía, no hay que hacer ninguna prueba de acceso, sino que es una cuestión de suerte... pero una vez dentro, sí que hay exámenes, y no son precisamente fáciles. Además de los exámenes que valoran el progreso del alumnado, también se valoran muchas otras cosas, como la pasión, la creatividad, la personalidad y el potencial de cada aspirante. Todo ello se evalúa cada año y permite que los estudiantes puedan avanzar de nivel, repetir o ser invitados abandonar en última instancia. Muchos aspirantes son admitidos cada año, y todos tienen la oportunidad de demostrar su talento, vocación e interés, pero la falta injustificada de progreso se penaliza seriamente, ya que impide que otro alumno pueda aprovechar una plaza, y por eso las segundas oportunidades se dan con cuenta gotas.

Una vez dentro, los alumnos pueden elegir el instrumento que más les guste y experimentar con cómo se expresa su poder mágico a través del mismo, ya que en cada persona es diferente. Siempre que haya plazas disponibles para el correspondiente instrumento y el alumno esté decidido, puede empezar a estudiarlo, aunque si lo que quiere es cambiar de instrumento una vez ha empezado con otro, entonces tiene que realizar un examen. Esto obliga a que los alumnos no tomen decisiones a la ligera. Los estudios duran cuatro años, y al finalizarlos, los alumnos reciben un diploma que acredita su nivel y su capacidad mágica. Los graduados pueden dedicarse a la música mágica profesionalmente, o seguir aprendiendo otros instrumentos en la academia.

Mi madre empezó tocando el piano mágico a los 52 años. Al principio se compró un teclado mágico para practicar en casa, pero después pudo comprarse un piano con un mueble muy bonito que pusimos en la entrada de casa, y donde ha estado practicando durante cuatro años, hasta que finalizó los estudios en la Academia de Magia y Música. Después de finalizar dichos estudios, sigue practicando a diario como afición. Vi a mi madre practicar duramente cada día, aprender nuevas canciones, examinarse y evolucionar de manera lenta pero constante hasta que, poco a poco, se notaba un salto cualitativo increíble. Grabé sus actuaciones, escuché tocar sus partituras repetidas cientos y cientos de veces y le di mi opinión sincera. Ver a mi madre practicar con tanta perseverancia me inspiró, pero yo todavía no me lanzaba a tocar un instrumento, aunque me fascinaba ver como las notas cobraban vida y salían volando por la sala a la par que emitían sus respectivos sonidos.

Después llegó mi hermana, con 31 años. A ella le gusta hacer siempre actividades nuevas: lo mismo practica esgrima que se apunta a clases de baile. Después de que mi madre empezase con el piano, ella comenzó con el violín. Lo intentó durante 2 o 3 años, pero el sonido no fluía bien... para ser francos, a mi hermana se le daba bastante mal. Estuvo yendo a una academia particular, pero cuando consiguió su plaza mágica, dejó el violín y se apuntó también al piano, como mi madre.

Ahora mi madre y mi hermana se ayudan entre sí y comparten conocimientos, trucos y partituras. Es muy bonito verlas disfrutar y compartir juntas una misma afición. Ver su espíritu armonioso, lo mucho que disfrutaban, lo divertido que era compartir momento con la música como elemento común... me dio envidia sana y me hizo querer vivir también lo mismo... pero no fue suficiente para empezar de una vez a tocar un instrumento.

Finalmente llegó mi padre, con sus 56 años. Él fue el primero en empezar a tocar un instrumento. Comenzó a tocar la batería mágica de forma autodidacta y recibiendo clases particulares, pero no fue hasta pasados unos años que logró entrar en la Academia de Magia y Música, donde lo cogieron para aprender a tocar la guitarra. Durante un año estuvo practicando con el objetivo de aprobar para conseguir la oportunidad de examinarse para optar por otro instrumento diferente, ya que mi padre lo que realmente quería tocar era la batería.

Mi padre se preparó el examen a conciencia, pero con muy poco tiempo, tocando durante dos semanas, día y noche. Él ahora tiene 61 años y esta era una de sus últimas oportunidades para conseguirlo: ni la energía ni la edad le acompañaban para más intentos, según día. Con el nivel que tenía, optaba a entrar en el segundo curso de batería. Mi padre estaba tan nervioso que no podía ni dormir... estaba incluso decaído. Después de varias noches en vilo, le dijeron que lo había conseguido. Logró su plaza de entre otras 15 personas jóvenes y talentosas que se examinaron el mismo día que él. Su tenacidad me impresionó, ya que creía imposible que lo cogieran a él en lugar que al resto de jóvenes universitarios. Además, nos dijo que el examen le había salido regular, así que estuvo lamentándose sobre ello toda la semana hasta que le notificaron los resultados. Todos en la familia habíamos perdido la confianza en que lo conseguiría... pero aun así, lo logró. Su espíritu me conmovió y... algo en mí se despertó finalmente.

Toda mi familia estaba tocando exitosamente sus instrumentos y estaban muy felices. Yo también quería ser parte de esa felicidad. Me había convertido en la oveja negra de la familia, el único que no tocaba ningún instrumento... pero había cambiado de opinión y ahora, por fin, sí que quería aprender a tocar uno, después de tantos años admirando a mi familia por ello.

Ahora ya sabía que quería tocar un instrumento, ¡pero no sabía cuál! El único que me llamaba la atención era el teclado y lo probé, pero no me convenció. Ningún otro instrumento me atraía... lo que sí que tenía claro es que quería tocar uno diferente, uno que todavía no tocase nadie en la familia... así que pensé que podía ser un instrumento de viento.

Pasé unos meses mirando algunos tipos de flautas, las más comunes, como la flauta travesera típica de una orquesta. Tampoco me convencía. Pero entonces descubrí un increíble y desconocido instrumento, ¡la Shinobue! La flauta mágica más increíble que he visto jamás, hecha del poderoso y genuino bambú, una madera con gran potencial mágico en ella. Estaba entusiasmado, así que me puse a buscar información sobre la Shinobue, y descubrí que era una flauta de bambú originaria de Japón, que se usaba en la música folclórica y en el teatro. Me pareció un instrumento muy interesante y hermoso, con un sonido dulce y melancólico. Me gustó tanto que decidí comprar una Shinobue por internet, y me llegó en pocos días. Estaba emocionado por probarla, pero no sabía cómo hacerlo. No había ninguna academia de música que enseñara a tocar la Shinobue en mi ciudad, ni ningún profesor particular que conociera. Y, por supuesto, tampoco podía expresar mi poder mágico a través de ella porque no sabía cómo hacerlo. Necesitaba entrar desesperadamente en la Academia de Magia y Música de Zalazar para aprender como es debido a tocarla y descubrir qué efectos mágicos podía lograr con ella.

Un día, mientras practicaba en mi habitación, ocurrió algo increíble. De repente, la Shinobue empezó a brillar con una luz azulada, y sentí una extraña sensación en mi cuerpo. Me quedé paralizado, sin saber qué pasaba. Entonces, escuché una voz en mi mente, que me hablaba en un idioma desconocido. Era la voz de la Shinobue, que me decía que había sido elegido por el destino para ser su portador, y que tenía una misión que cumplir. Me dijo que la Shinobue combinada con mi poder mágico poseía el poder de abrir portales con la música, y que yo tenía que viajar por el espacio tiempo al pasado de la Academia de Magia y Música de Zalazar. Me dijo que el futuro de la Academia estaba en peligro, y que yo era el único que podía salvarla, para lo cual tenía que viajar al pasado y ayudar al fundador, Zalazar. Me dijo que tenía que tocar una melodía especial, que me la enseñaría, y que eso activaría el portal. Me dijo que no tuviera miedo, que confiara en ella, y que todo saldría bien.

No podía creer lo que estaba pasando. ¿Era un sueño? ¿Una broma? ¿Una alucinación? No lo sabía, pero sentía una curiosidad irresistible por saber más. Así que le pregunté a la Shinobue cómo se llamaba, y me dijo que su nombre era Sora, que significa cielo en japonés. Le pregunté por qué me había elegido a mí, y me dijo que era porque yo tenía una conexión especial con la Academia, aunque todavía no era consciente de ello. Le pregunté qué tenía que hacer exactamente, y me dijo que lo descubriría allí, al conocer a Zalazar, y que para ello debía dominar el arte de tocar la Shinobue, que lo lograría con su sabio consejo e inestimable ayuda. Me dijo que no tenía mucho tiempo, que tenía que decidir rápido si aceptaba o no el desafío.

Me quedé pensando unos segundos, sin saber qué hacer. Por un lado, me parecía una locura, una fantasía imposible. Por otro lado, era una oportunidad única, la que siempre había deseado. Era el momento de brillar tocando un instrumento. Al final, me dejé llevar por mi corazón, y le dije a la Shinobue que sí, que aceptaba. Entonces, ella me enseñó la melodía que tenía que tocar, y yo la seguí con atención. En realidad mis dedos se movían solos, era como si la propia flauta estuviera tocando a través de mí. La melodía era sencilla, pero hermosa y me inundaba de emoción. Las notas volaban por la habitación y estelas de colores brotaban de la nada. La energía se estaba condensando. Cuando terminé de tocarla, la Shinobue volvió a emitir un brillo, pero esta vez era cegador, y entonces se abrió el portal, frente a mí, albergando toda la energía que fluía de la melodía, cuyo eco aun resonaba por todas partes. El portal mostraba un paisaje maravilloso, lleno de colores y vida. Era el castillo donde se situaba la Academia de Magia y Música de Zalazar, tal y cómo era en el pasado. La Shinobue me dijo que entrara, que ella me seguiría, y que no me preocupara por nada. Así que respiré hondo, cogí la flauta y me lancé al portal, sin mirar atrás. No sabía qué me esperaba al otro lado, pero estaba seguro de que iba a ser la experiencia más increíble de mi vida.

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