El castillo subterráneo
Share
En una época pretérita existió un mundo subterráneo muy antiguo. En este mundo sólo había un castillo, también subterráneo, y nada más. Estaba rodeado de oscuridad, del vacío, de la nada. El castillo estaba formado por muros construidos a base de minerales preciosos y materiales pesados y muy resistentes. Los muros tenían ventanas enjoyadas en oro, plata, rubíes, zafiros, esmeraldas, diamantes y platino.
El castillo tenía un ejército y también una poderosa arma subterránea: la teletransportación. En el mundo subterráneo no había nada salvo el castillo, pero este era la puerta de entrada y salida a los miles de mundos existentes.
Muchos han sido los que han intentado invadir del castillo subterráneo sin éxito, pues el ejército lo defendía y, en el peor de los casos, el castillo mismo se podía teletransportar a otro punto vacío del mundo subterráneo, dejando fuera a los invasores.
El interior del castillo, para su defensa, también contaba con innumerables falsas entradas que daban al vacío y cámaras que no llevaban a ninguna parte. Y si por un casual algún enemigo se colaba en las verdaderas entrañas del castillo, los guardianes petrificados les impediría el paso. Los guardianes petrificados no eran otra cosa que gárgolas que cobraban vida para defender el interior del castillo. Estos guardines no formaban parte del grueso del ejército oficial del castillo, sino que estaba compuesto por una élite consistente en los invasores enemigos más poderosos que habían sido capturados y convertidos en piedra.
La élite de gárgolas y otras aberraciones de piedra del ejército regular jamás abandonaba el castillo. Los invasores tampoco sabían que, al intentar romper los muros compuestos por materiales pesados y piedras preciosas, estos les atraparían absorbiéndoles el alma y los convertirían en piedra que serviría para reparar y hacer crecer las murallas o el propio castillo.
Cuando el Rey lo desea, puede despertarlos con el sonido de un “gong” que solo ellos escuchan y estarán prestos a luchar hasta el final con los soldados invasores. Son de acero y muy difíciles de destruir por la dureza de sus espadas, lanzas y armaduras.
En el patio del castillo había otra trampa para los invasores: era la ciénaga mohosa. Cuando los invasores reparaban en ella, ya era tarde, y notaban como sus pies se hundían, poco a poco, en el cenagal. Se dice que la ciénaga del patio estaba formada por las almas de los enemigos que habían caído ante el muro, que arrastraban a sus víctimas hacia sus adentros: la única manera de atravesar la ciénaga era sacrificando a un gran número de combatientes que se hundirán sin remedio en el fango ruinoso, haciendo con sus propios cuerpos apilados un puente movedizo que sirviera para ser pisado por el resto, hasta alcanzar la otra orilla del patio cenagoso.
En definitiva, invadir el castillo subterráneo era imposible. Por si fuera poco, una lluvia constante de flechas caía sin cesar mientras los intrusos lidiaban contra los muros y el cenagoso patio de armas. Las bajas entre los ejércitos invasores eran incontables y muy rápidas, incluso si llevaban paveses frente a las flechas y estaban bien pertrechados con armaduras pesadas completas.
Sin embargo, hubo una vez un enemigo que sí consiguió desenvainar su espada en el corazón del castillo y casi termina por conquistarlo. Se trataba del ejército de la reina Deva, que, astutamente había conseguido sobornar a las élites y aberraciones de piedra con montones y montones de oro: la reina se dio cuenta de que la avaricia fue la causa que los llevó a asediar el castillo, en busca de riquezas infinitas, de manera que esa oscura ambición probablemente perduraría en el tiempo. Y así fue, aprovechó ese deseo eterno, otorgándoles ingentes cantidades de oro y joyas, a cambio de que les dejaran entrar en el castillo.
Una vez dentro, llegaron a la cámara del rey, pero entonces se dieron cuenta de que había sido una batalla perdida desde el principio. No había rey ni reina, no hay gobernante que destronar ni pueblo que conquistar. Ni tierras, sólo piedra, minerales preciosos, oscuridad y en su defecto, vacío. No había nada en la sala del trono, sólo el final de un camino. Sólo desesperanza. Y el castillo subterráneo volvía a esperar pacientemente a los próximos visitantes, ávido de más almas que engullir.