El arroz del dragón
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La región de Leisi es conocida por su baja temperatura, ventiscas y por seísmos de alta intensidad, fenómenos que no son especialmente adversos para los dragones.
La principal razón por la que el pueblo de Joshi es tan pacífico es porque antaño convivían con los humanos, de quieren aprendieron su cultura y valores, al mismo tiempo que transmitían los propios, de manera que habían aprendido a respetar y a convivir, superando la mítica naturaleza salvaje de los dragones. Lamentablemente, a lo largo de los milenios hubo guerras que no pudieron evitar y los humanos y todas las generaciones descendientes que convivían con ellos fallecieron o terminaron por marcharse.
Actualmente, los joshianos son una raza alada que vive de la erudición y del campesinado, que ha alcanzado la grandeza del saber y que cuentan con un rey bondadoso, el rey Torkel, que gobierna desde su humilde morada repleta de libros de recetas y reliquias.
Una vez al año, el rey Torkel conmemora el día en que dragones y humanos se conocieron, aunque estos últimos ya no estén con ellos. Todos los dragones sobrevuelan el cielo y después aterrizan para disfrutar de su propia feria, juegos y contar historias milenarias. También realizan una competición culinaria, donde tienen que preparar un guiso de arroz, verduras y hortalizas de manera tradicional, sin la ayuda de sus alientos de fuego.
El producto por excelencia de Joshi es el arroz de dragón, que se cultiva con un abono muy especial, los excrementos de dragón. Son granos enormes, muy nutritivos y sabrosísimos.
El rey Torkel estaba muy emocionado por el día de la conmemoración. Era su fiesta favorita, pues le recordaba a los tiempos en que los humanos y los dragones convivían en armonía. Él había conocido a algunos de ellos cuando era joven, y les tenía gran cariño y respeto. Le encantaba probar sus platos, especialmente el guiso de arroz de dragón, que era una receta que habían inventado juntos.
El guiso de arroz de dragón era el orgullo de Joshi, y el rey Torkel era el mejor cocinero de este plato. Cada año participaba en la competición culinaria, y más de un año había quedado entre los primeros o había ganado. Su secreto era que usaba un ingrediente especial, una especia que le había regalado un humano muy amigo hace mucho tiempo, y que guardaba con mimo. Era un polvo rojo y picante, que le daba un sabor único al arroz: se llamaba “sangre de dragón”, aunque no era sangre de verdad, sino el resultado de machacar unas flores rojas que se hacían llamar así y que ya estaban extintas.
Este año no iba a ser diferente. El rey Torkel se levantó temprano emocionado y se dirigió al mercado a comprar los ingredientes para su arroz. Escogió el mejor arroz de dragón, las verduras más frescas y las hortalizas más sabrosas. Luego volvió a su morada y preparó su olla y su fuego. Sacó su especia secreta y la añadió al arroz con cuidado. Luego lo dejó cocer a fuego lento, mientras se vestía con las galas tradicionales para la ocasión.
Cuando el arroz estuvo listo, lo probó y sonrió satisfecho. Estaba delicioso, como siempre. Lo tapó con un paño y lo llevó al lugar de la competición, donde ya estaban los demás participantes preparados con sus ollas. El rey Torkel saludó a todos con amabilidad y colocó su olla en una mesa vacía. Luego se fue a disfrutar de la feria como uno más, mientras esperaba a que llegara el momento del concurso.
Mientras tanto, un grupo de dragones extranjeros se acercaba curiosamente a la ciudad de Joshi. Eran unos visitantes que habían venido desde lejos para conocer la cultura y la historia de Joshi, de la que habían oído hablar por la sabiduría y paz de sus gentes. Los dragones extranjeros eran la tribu guerrera de Molly. Habían pedido permiso al rey Torkel para entrar en la ciudad durante el día de la conmemoración, y él se lo había concedido con generosidad. Era un día importante y una tradición que se podía compartir con otras culturas dracónidas.
La tribu de Molly llegó al lugar de la competición culinaria y observó con atención las ollas con el arroz. Se fijaron en el guiso del rey Torkel y quisieron probarlo. Los dragones extranjeros tomaron un poco y les encantó el sabor y la textura del guiso. Además, notaron el toque picante de la especia secreta. De hecho, se interesaron por ese ingrediente tan especial y el rey Torkel les contó que se trataba de una especia que le había regalado un humano hace mucho tiempo y que ya no era posible conseguirla. Era muy rara y valiosa, sobre todo porque supuestamente estaban extinguidas, o al menos, el rey Torkel no la había podido encontrar jamás. Esa especia le daba un sabor único e inconfundible al arroz.
Les explicó también quiénes eran los humanos, unos seres que vivían con ellos hace milenios. Eran muy parecidos a los dragones, pero más pequeños y sin alas, ni escamas o aliento de fuego. Les contó que poseían una gran inteligencia y bondad, al menos los humanos con los que habían logrado convivir en Joshi.
Los dragones extranjeros se sintieron conmovidos por la historia del rey Torkel y quisieron honrar la memoria de los humanos y agradecer a las gentes de Joshi su hospitalidad. Como tribu guerrera, contaban con unos explorados excepcionales, así que decidieron montar una partida de búsqueda para encontrar las legendarias flores “sangre de dragón” y así rendir tributo a la gran amistad forjada entre dragones y humanos a partir del guiso de arroz de dragón con el que el rey Torkel homenajeaba cada año dicha alianza en la competición culinaria.
Muy lejos y enterrada bajo la tierra nevada, en los picos más altos de Leisi, se encontraban las legendarias flores, pues realmente aún no se habían extinguido, sino que más bien estaban totalmente perdidas y escondidas, pues crecían en las profundidades de la tierra. La tribu de Molly tardó un mes en rastrearla y encontrarla, sólo a partir del olor de la especia que el rey Torkel usaba y las ilustraciones de los libros que los humanos habían legado al pueblo de Joshi.
Y así fue como joshianos y mollyanos forjaron una nueva alianza a través del distante recuerdo de los humanos. La “sangre de dragón” no se había extinguido al fin y al cabo, y ahora tenían los medios necesarios para cultivarla y recuperarla de manera que fuera un producto que pudieran usar todos los dragones, ahora y siempre, y que rendiría homenaje a los buenos tiempos entre civilizaciones.
Cuando el rey Torkel vio la felicidad del pueblo de Joshi y Molly, se le humedecieron los ojos y recordó a su gran amigo humano, que le había dado el saquito de especias y que había sido una pieza clave en la convivencia entre especies. Siempre lo recordaría con añoranza. El rey Torkel volvió a llenar su querido saquito de “sangre de dragón” que ya casi se había vaciado.