El archidruida demonio
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Un día, un grupo de valientes guerreros se adentró en el bosque, dispuestos a acabar con el druida y con el mal que propagaba. Armados con armas elementales y magia, se abrieron paso entre las ramas y las espinas, las zarzas y las rosas de sangre, que se empeñaban en cerrarles el paso con furia.
No solo la naturaleza corrupta mermaba sus fuerzas, sino también maléficos habitantes invocados por el druidas, como los ents y las arañas gigantes malditas y muchos más. El druida los observaba desde su torre, y se burlaba de su osadía.
- ¿Qué esperáis encontrar aquí, intrusos? - les dijo con una voz que resonaba en sus mentes -. ¿Creéis que podéis derrotarme? ¿Creéis que podéis liberar al mundo de mi poder? Estáis equivocados. Yo soy el señor de este bosque, de todo lo que hay bajo él y de todo lo que hay más allá. Sus raíces llegan hasta el fondo de la tierra y la cubren entera. Nada ni nadie puede detenerme.
Los guerreros no se dejaron intimidar, y siguieron avanzando. Pronto se encontraron con las dríadas, las ninfas del bosque, que les salieron al encuentro, después de que las otras bestias de los manglares boscosos no consiguieran detener su avance. Las dríadas eran bellas y seductoras, y les hablaron con dulzura, en pos de una nueva estrategia para eliminar a los valientes guerreros. Su voz era tan melódica como reconfortante.
- No tengáis miedo, venid con nosotras - les dijeron -. Os mostraremos el camino hasta el druida. Él es nuestro amo, pero no lo queremos. Queremos que lo matéis, y que nos liberéis de su tiranía. Solo vosotros podéis hacerlo.
Los guerreros se sintieron tentados, pero recordaron las palabras del sabio que les había enviado a esa misión.
- No confiéis en la bondad de las dríadas - les había dicho -. Ellas son las esclavas del druida, y harán lo que él les ordene. Si las seguís, os llevarán a una trampa. Su belleza es solo una ilusión, y su corazón es tan negro como el suyo. Son un reflejo de su alma podrida y ellas harán suyo el calor de la vuestra para hacer florecer las flores blancas de su reino.
La tentación era inmensa y algunos de los guerreros se lo pensaron. Lo veían claro, les parecía un plan redondo: las dríadas esclavas querían traicionar a su amor y eso les ayudaría a llegar hasta él directamente y aniquilarlo con un ataque sorpresa. Y, además, después podían ser, probablemente, felices al lado de las dríadas. Hubo una acalorada discusión, pero no todos los luchadores claudicaron. Al final, las dríadas consiguieron que más de la mitad de los luchadores aceptaran su oferta. El resto de la partida de guerra, con sus fuerzas mermadas, rechazaron el acuerdo y así sortearon la trampa, siguiendo su propio camino hacia el druida. No volvieron a ver ni a las dríadas ni a los demás caballeros que se fueron con ellas pacífica y plácidamente.
Después de otro sin fin de truculentos contratiempos, llegaron a la torre del druida, que se alzaba sobre una respingona colina. El druida los esperaba en la entrada, dándoles la bienvenida, pero oculto entre losas de piedra. Les lanzó una mirada de desprecio, y les dijo:
- Habéis llegado hasta aquí, enhorabuena, pero vuestro camina se acaba. No avanzaréis más. Yo soy el druida, maestro de la naturaleza. O más bien, lo era. Así es como me conocían cuando era... más humano. Será mejor que me presente de nuevo. Bienvenidos a mi guarida: soy el archidruida demonio, Ilimedo, el señor de la vida y la muerte. Más de la muerte que de la vida, para ser franco. Os voy a enseñar el verdadero significado del dolor.
Entonces, el druida hizo un gesto con su mano, y las raíces brotaron de la tierra y volaron en una lluvia de tentáculos espinosos. Su savia era tan abrasiva como el fuego. Tenían ventosas desde las que disparaban un veneno tan mortal como la más fina de las esencias de la envidia. Los guerreros se cubrieron con sus escudos, pero algunos fueron alcanzados por las espinas y el veneno, y cayeron al suelo, agonizando. Sus armaduras se abrasaban. Los mejores escudos, apenas resistían unos cuantos impactos antes de empezar a corroerse.
El druida se rió, y dijo:
- ¿Veis lo débiles que sois? ¿Veis como no tenéis ninguna posibilidad? Rendíos ahora, y quizá os perdone la vida... no, en verdad no os la perdonaría. Pero si os unís a mí, entonces a lo mejor sí. Podéis ser mis marionetas y ocupar cierto lugar en mi ejército... porque sí, habéis demostrado cierta pericia llegando hasta aquí. Dominar este mundo no es más que un pequeño paso... mis objetivos, son mucho mayores. Hay muchos mundos esperando ahí fuera. El demonio de este mundo, es un escalón más. Mi reinado no tendrá límites. ¿Ya lo vais entendiendo?
Otros tantos guerreros se unieron al archidruida, sobre todo los más heridos y desesperanzados en la lucha. Unos pocos lo suficientemente valientes o estúpidos aun resistían y gritaban furiosos, recordando a sus hermanos caídos, mientras se lanzaban al ataque. El druida los recibió con su bastón, que era una rama retorcida con una gema romboidal de color rojo sangre en la punta. Con él, lanzaba rayos de energía oscura, que hacían explotar todo lo que tocaban. Los guerreros esquivaron los rayos, y se acercaron al druida. Uno de ellos, Vanduin, paladín de la luz, cuya armadura resplandecía a pesar de la virulenta mezcla entre veneno, sangre, metal fundido y barro, logró acercarse lo suficientemente como para lanzar un poderoso hechizo de corto alcance de magia blanca ofensiva. Lo hirió en el brazo, y el druida soltó un grito de dolor.
- ¡Malditos! - exclamó el druida -. ¡No sabéis lo que hacéis! ¡Estáis interfiriendo en el destino del mundo! ¡Estáis desafiando a un dios!
El druida enloqueció, y reveló un camino entre las zarzas, que se derretían y generaban una debacle en la tierra. Por él, salieron las hordas demoníacas del inframundo, que esperaban su orden para conquistar las tierras, y no precisamente para defender a su amo de unos simples guerreros. Aun asi, obedecían. Eran criaturas horribles, de formas y tamaños variados, con garras, colas, cuernos y alas, todo ello desfigurado, sin un orden concreto. Cada cual era más horrenda y peligrosa. Rugieron con ferocidad, y se abalanzaron sobre los guerreros.
Los guerreros se vieron rodeados, y supieron que era el final. Pero, de nuevo, no clavaron sus armas en el suelo, ni cancelaron sus hechizos. Siguieron luchando con valor. Sabían que su sacrificio no sería en vano y que, algún día, alguien acabaría con el archidruida demonio y detendría el gran mal que esparcía sin cesar. Con esa esperanza, se enfrentaron a la muerte, y murieron con honor. Antes de sucumbir, Vanduin, en su último estertor, lanzó el más poderoso hechizo conocido de magia blanca, cuyo uso estaba terminantemente prohibido, para la resurrección de sus almas. Sus espíritus serían las semillas que brotarían en aquellas tierras baldías, quemadas y corruptas, como halos de luz que se filtrarían e infiltrarían en el corazón de la base principal del enemigo, en el momento indicado. Algún día brotarían y se unirían a los vivos para lanzar un ataque total.
El druida los vio caer, y se sintió satisfecho. Había ganado la batalla, pero no la guerra. Sabía que habría más enemigos, y que tendría que seguir repeliendo sus molestos intentos para detenerlo. Pero no le importaba. Él era el archidruida demonio, un dios caído en la tierra de los humanos, y nadie podía pararle.