El árbol-ciudad
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El reino de las bestias, Walwik, consiste en una vasta sabana salpicada de unos pocos árboles y matorrales. En el centro, un gigantesco árbol asciende hasta las nubes, y es aquí donde se produce un fenómeno fantástico, que es el que hace tan famosa a la región. Este árbol-ciudad, conocido como Drysa, está protegido por una cúpula compuesta de polen que ofrece protección y bendice con fertilidad a sus habitantes.
Al igual que la raza humana evolucionó del mono, las gentes de Drysa han evolucionado desde distintos animales, tomando muy variadas formas bestia-humanoides. Una vez al año, los animales que viven a los pies de Drysa, es decir, en la sabana, tienen la oportunidad de ascender y de evolucionar también a bestia-humanoide. Este fenómeno es conocido como la “bestiaformación” y se dice que se produce para que estos nuevos seres se conviertan en un enlace de comunicación entre los humanos y los animales.
Lamentablemente, este loable propósito que estaba escrito en las antiguas leyendas de Walwik, no llegó nunca a hacerse realidad. En cuanto se transformaban, los bestia-humanoides no podían olvidar sus instintos primitivos, lo que, en el mejor de los casos, hacia que la comunicación entre animales y humanos siguiera siendo igual de fútil.
Los conflictos entre estos no dejaban de aumentar, con la supremacía de los humanos frente a los animales, y los bestia-humanoides haciendo su propia vida e ignorando tanto a los unos como a los otros.
De hecho, los bestia-humanoides eran totalmente autosuficientes y jamás salían de Drysa: simplemente, seguían expandiéndose hacia el cielo con el crecimiento del árbol-ciudad y la protección y fertilidad que éste les proveía. Los habitantes de Drysa también formaban familias y criaban a sus hijos que nacían de muy diversos cruces de especies.
En la tercera generación de estos hijos mestizos de Drysa, nació uno que se sentía especialmente diferente a los demás. Se llamaba Zyra y era una bestia-humanoide que había nacido desde el cruce de una cebra y una serpiente. Tenía el cuerpo cubierto de rayas blancas y negras escamadas, una larga melena rojiza, orejas afiladas, lengua bífida, dos brazos con manos, dos patas con pezuñas y un enorme cuerpo que acababa en una gruesa cola serpentina. Y además, su rostro era más humano que el de otros bestia-humanoides, con unos ojos muy expresivos y profundos.
Zyra siempre había sentido curiosidad por el mundo exterior, por las otras criaturas que vivían en la sabana y por los humanos que a veces se acercaban a los pies Drysa. Ella quería saber más sobre la cultura exterior, pero nadie podía salir de Drysa, estaba terminantemente prohibido y, generalmente, nadie tenía siquiera la inquietud de hacerlo, salvo Zyra. Ella quería explorar el mundo exterior y, un día, decidió que era momento de dar el paso. Esperó a que se produjera la siguiente bestiaformación, el fenómeno anual en el que los animales de la sabana podían ascender a Drysa y convertirse en bestia-humanoides. De esta manera, aprovechó el día clave para mezclarse con el bullicio y el caos que se formaba y descender sin ser vista por el mismo canal que empleaban los que ascendían.
Así lo hizo, y cuando llegó al suelo, se quedó maravillada con todo lo que vio a los pies de Drysa, pero su experiencia no fue tan buena al internar comunicarse con otros animales ni con los humanos con los que se encontró en los alrededores. No podían entenderse mutuamente.
Pronto se dio cuenta de que no era bienvenida. Los animales la veían como una intrusa aberrante. Los humanos la veían como una monstruosidad y posible rareza a cazar. Zyra tuvo que huir varias veces de los ataques de unos y de otros, sintiéndose cada vez más sola y asustada. Lograba huir exitosamente por sus características únicas, que le conferían una buena resistencia, agilidad y fuerza, pero su energía iba mermando.
Entonces conoció a Yiang. Yiang era un joven humano que vivía en la aldea de Ozma, que estaba cerca de Drysa. Era huérfano y se ganaba la vida vendiendo frutas y verduras en el mercado. Un día, mientras recogía unas manzanas silvestres cerca del árbol-ciudad, vio a Zyra escondida entre unos arbustos. Al principio se asustó, pero luego sintió curiosidad por aquella extraña criatura.
Yiang se acercó a Zyra con cuidado y le ofreció una manzana. Zyra la aceptó con desconfianza y le dio las gracias en su idioma. Yiang no entendió sus palabras, pero sí su tono amable. Y así empezó una inocente amistad que trajo luz en mitad de la oscuridad de los incesantes ataques que Zyra había estado sufriendo durante días.
Aprendieron el uno del otro durante meses a escondidas, ya que si les descubrían probablemente les castigarían o incluso podía tener lugar una guerra. Y por encima de todo, los separarían.
Un día, mientras paseaban por el bosque cerca del árbol-ciudad, vieron un grupo de cazadores humanos armados con arcos y flechas. Los cazadores habían venido a cazar animales para vender sus pieles y carnes. Zyra y Yiang no fueron capaces de ocultarse a tiempo: era algo que tarde o temprano podía pasar y acabó pasando. Al verlos, los cazadores humanos quedaron impactados y atemorizados por Zyra, y sin dudarlo, lanzaron una lluvia de flechas hacia ella, y por ende, también contra Yiang, que sería un daño colateral necesario. Querían hacerse con el trofeo de una bestia-humanoide única.
El chico se interpuso entre Zyra y los cazadores, y tratando de protegerla resultó gravemente herido. Ella no sufrió daños pero sus ojos se tornaron como los de una bestia verdaderamente salvaje, y enfurecida: entró en una ira frenética y destrozó las monturas de los cazadores. Algunos jinetes salieron volando y otros quedaron desmembrados junto a sus monturas. Ninguno sobrevivió.
Cuando Zyra volvió en sí y el peligro había pasado, intentó ejercer los primeros auxilios en Yiang, pero había poco que hacer. En el umbral de la muerte, los dos se miraron a los ojos y sintieron lo mucho que se querían. Se dieron cuenta de que su amistad se había convertido en algo más. Acercaron sus rostros y se besaron.
En ese momento, una luz brillante los envolvió. El polen caía como copos de nieve por encima de ellos. Era la cúpula de polen de Drysa, que se había abierto temporalmente para dejar pasar a los dos amigos. El árbol-ciudad los estaba llamando, reconociendo su amor como un milagro que hacía honor a la leyenda y probaba que el entendimiento, al menos entre bestia-humanoides y humanos, era posible, a pesar de la carnicería que había acontecido tan solo unos instantes antes y que había bañado de sangre las raíces del árbol.
El polen comenzó a posarse en las heridas de Yiang, que todavía no había expirado, y lo bañaron de la protección de la naturaleza. Zyra lo envolvió con sus brazos y ascendieron por una columna de luz y ramas que los llevaba directamente hasta la copa del árbol-ciudad. Yiang comenzaba a sanar, muy lentamente, mientras ascendía, bajo la atenta mirada del pueblo de Drysa, que observaba entre escandalizado y estupefacto lo que estaba sucediendo ante sus ojos.
Zyra y Yiang habían logrado lo que nadie había conseguido antes: unir a dos especies diferentes en un solo corazón, pero ahora les quedaba un largo recorrido para defender su amor y hacer comprender a las demás culturas que el entendimiento mutuo era posible, aunque ello significase un camino no solo de amor, sino también de conflictos y sufrimiento.