El rasca-melones que quería ser rasca-sandías

El rasca-melones era un utensilio de cocina muy especial. Tenía un mango de madera y un cabezal de acero inoxidable 18/10 con forma de bola, que servía para rascar el interior de los melones y sacar su jugosa pulpa. Su forma era muy parecida a la de las cucharas para servir helados, con las que los heladeros forman fresquitas bolas en mitad de un caluroso verano.

El rasca-melones era muy bueno en su trabajo, pero no era feliz. Siempre le tocaba rascar los mismos melones, que venían verdes y duros, a pesar de ser temporada. Una vez explorado el centro anaranjado y lleno de pepitas, los melones no tenían sabor ni aroma, solo eran una masa insípida, fibrosa y dura. El rasca-melones se aburría mucho y se sentía frustrado ante este panorama.

En cambio, veía con envidia a las hermanas de estación de los melones, las sandías. Las sandías eran grandes y redondas, con una piel verde y rayada, otras veces lisa, y un interior rojo y dulce, lleno de pepitas de color marrón claro y negro. Las sandías tenían un olor delicioso y un sabor refrescante, la mayoría de ellas. Eran blanditas y fáciles de rascar, y dejaban un líquido rosado en el plato, que podías beber como si fuera agua dulce. El rasca-melones las admiraba desde lejos, pero nunca podía acercarse a ellas. Estaban reservadas para otro utensilio: el rasca-sandías.

El rasca-sandías era muy parecido al rasca-melones, solo que tenía el cabezal más grande y más plano, para adaptarse mejor a la forma de las sandías. Era el encargado de rascarlas y sacar su pulpa, que luego se comía o se usaba para hacer batidos o ensaladas. El rasca-sandías era muy feliz y disfrutaba de su trabajo... eso sí que era vida.

El rasca-melones sentía una gran admiración por el rasca-sandías, pero también celos. Quería ser como él, pero no sabía cómo hacerlo. No podía cambiar su forma ni su tamaño, ni tampoco podía elegir qué fruta le tocaba rascar. Era presa del destino para el que había sido concebido.

Hasta que un día, todo cambió.

Un día, llegó a la cocina un nuevo humano. Era un hombre joven y alto, con rizos de oro y los ojos color avellana. Llevaba una camiseta blanca y unos pantalones cortos amarillos de algodón prima. Tenía un aspecto bastante saludable, puesto que practicaba mucho deporte, como saltar a la comba.

El nuevo humano se presentó como Garen, y dijo que era el sobrino de la dueña de la casa, que había venido a pasar unos días con ella. La dueña de la casa era una señora mayor y bondadosa, que vivía sola desde que su marido había fallecido. Le gustaba mucho cocinar y tenía muchos utensilios en su cocina, entre ellos el rasca-melones y el rasca-sandías.

Garen saludó a la señora con un abrazo y le dijo que tenía mucha hambre. La señora le dijo que podía comer lo que quisiera, que había mucha fruta en la nevera. Garen le dio las gracias y se dirigió a la nevera.

El rasca-melones estaba dentro de la nevera, junto a los melones verdes y duros. Esperaba resignado a que Garen lo cogiera para rascar uno de esos melones insulsos. Pero para su sorpresa, Garen pasó de largo de los melones y se fijó en las sandías.

- ¡Oh, qué bien! -exclamó Garen-. ¡Me encantan las sandías! Son mi fruta favorita.

Y cogió una sandía grande y bien dulce, la puso sobre la encimera y buscó algo con qué abrirla.

El rasca-melones sintió una punzada de celos al ver cómo Garen cogía la sandía. Sabía que ahora iría a buscar al rasca-sandías, que estaba en el cajón de los utensilios, y que lo usaría para rascar la sandía y disfrutar de su sabor. El rasca-melones se sintió triste, pero estaba acostumbrado.

Pero entonces, ocurrió algo inesperado.

Garen no fue al cajón de los utensilios, sino que cogió un cuchillo grande y afilado, y lo clavó en la sandía. La cortó por la mitad con un golpe seco, separando ambas mitades por las manos cuando apenas una fina corteza todavía las unía. Cogió una de estas mitades y empezó a comérsela a cucharada limpia, con una cuchara como las que se usa para comer sopas. Garen masticaba la pulpa roja con fuerza, arrancando pedazos grandes y triturándolos con los dientes. El zumo de la sandía le chorreaba por las comisuras de la boca, por la barba y por las manos. Garen sonreía con satisfacción y seguía zampando sandía.

El rasca-melones no podía creer lo que veía. Garen no estaba usando el utensilio que correspondía para comérsela. Ni tan siquiera la cortaba y se la comía con la boca, como la gente también solía hacer, sino que él se la comía a cucharadas. Era algo que nunca había visto antes. Pero lo que más le sorprendió fue lo que hizo después.

Cuando Garen terminó de comer el gran trozo de sandía, dejó los restos sobre la encimera. El rasca-melones vio que aún quedaba mucha pulpa roja pegada a la piel verde. Era una pena desperdiciarla, pensó el rasca-melones. Seguro que el rasca-sandías podría aprovecharla y sacarla toda.

Pero Garen no cogió al rasca-sandías. En vez de eso, cogió al rasca-melones.

El rasca-melones se asustó al sentir la mano de Garen rodeando su mango. ¿Qué iba a hacer con él? ¿Iba a usarlo para rascar un melón? ¿O acaso iba a tirarlo a la basura?

Pero Garen no hizo ninguna de esas cosas. Lo que hizo fue acercar al rasca-melones al trozo de sandía que había dejado sobre la encimera, y presionar su cabezal metálico contra la pulpa roja.

- Vamos a ver qué tal funciona esto -dijo Garen con curiosidad.

Y empezó a mover al rasca-melones por la superficie de la sandía, haciendo círculos y espirales, adelante y atrás, raspando insistentemente la pulpa roja y dejando solo la piel verde y blanquecina.

El rasca-melones no daba crédito. Garen lo estaba usando para rascar una sandía. Era algo que nunca había hecho antes, ni siquiera había soñado con hacerlo, ya que parecía fuera de su alcance.

Y era algo maravilloso.

El rasca-melones sintió una sensación nueva y deliciosa al entrar en contacto con la sandía. La pulpa roja era suave y dulce, se desprendía fácilmente y se acumulaba en el cabezal del rasca-melones, formando una bola rosada. El zumo de la sandía era refrescante y aromático, humedecía el metal del rasca-melones y le hacía brillar. El olor de la sandía era embriagador y tentador, llenaba el aire de la cocina y hechizaba a quien impregnase con su esencia.

- ¡Qué bien funciona esto! -exclamó Garen-. ¡Es genial! Rasca perfectamente la totalidad de la sandía y la deja limpia, aprovechándola al máximo fácilmente.

Garen cogió las bolas de sandía que había hecho el rasca-melones y se las llevó a la boca. Cerró los ojos y suspiró de placer: se deshacían en su boca y explotaban liberando todo su zumito.

- ¡Qué rico! -exclamó-. Esto está buenísimo. Es la mejor sandía que he probado en mi vida. Y todo gracias a ti, amigo.

Garen miró al rasca-melones con una sonrisa y le dio una palmadita en el mango.

- Eres un genio, ¿sabes? No sabía que existía un utensilio así, para comerse la sandía de esta forma. Es muy cómodo, sobre todo cuando estoy terminándola, pero creo que también te mereces probar no solo el final de una sandía, sino también el comienzo.

Garen cogió la otra mitad de sandía y la acercó al rasca-melones.

- ¿Quieres probarla? -le preguntó-. Venga, no seas tímido. Tú también tienes derecho a disfrutar de esta fruta maravillosa recién cortada.

Y sin esperar respuesta, Garen pasó el rasca-melones por la pulpa roja de la sandía, haciendo otra bola carmesí desde su corazón.

- Anda, prueba un poco -le animó-. Verás qué buena está.

El rasca-melones no sabía qué hacer. Nunca había probado una fruta, ni ninguna otra cosa. Siempre había sido él el que las raspaba para los demás, pero nunca para sí mismo. No sabía si podía o debía hacerlo.

Pero la tentación era demasiado fuerte. La sandía le llamaba con su color, su olor y su sabor. Era lo que siempre había deseado, lo que siempre había soñado. Y ahora lo tenía al alcance de su cabezal.

Así que el rasca-melones se dejó llevar por su curiosidad y abrió un poco su cabezal metálico para probarla. Dejó que la bola de sandía entrara en su interior y tocara su metal desde una nueva perspectiva. Sintió un cosquilleo y un frescor impactantes, como si una corriente helada y chispeante le recorriera.

- ¡Mmm! -exclamó el rasca-melones con una voz metálica pero feliz-. ¡Está riquísima!

Garen se sorprendió al oír hablar al rasca-melones. No sabía que los utensilios pudieran hablar, ni mucho menos expresar sus emociones. Pero le pareció muy simpático y muy gracioso.

- ¿Te gusta? -le preguntó Garen con una sonrisa-. Me alegro mucho. Me llamo Garen, ¿y tú?

- Me llamo... me llamo... -el rasca-melones dudó un momento-. Me llamo Rasca-sandías.

- ¿Rasca-sandías? -repitió Garen-. ¡Qué nombre tan apropiado para un utensilio tan útil como tú! Eres el mejor rasca-sandías que he conocido.

Garen cogió al ahora autoproclamado rasca-sandías por el mango y lo abrazó con cariño.

- Eres mi nuevo amigo en esta casa -le dijo-. A partir de ahora, vamos a comer muchas sandías juntos y me acompañarás haciendo actividades, si te parece bien. Por ejemplo, me encanta comer sandía mientras veo una serie.

- Gracias, Garen -le dijo-. Estoy encantado de ser tu amigo. Claro que quiero acompañarte viendo series o haciendo lo que quieras. Yo estaba aburrido hasta que llegaste tú, así que estoy deseando hacer cosas nuevas.

Y así fue como empezó la nueva vida del rasca-melones que se había convertido en rasca-sandías y tenía un nuevo mejor amigo.

Pasó el tiempo y Garen, el sobrino de la dueña de la casa, que había venido solamente a pasar unos días, finalmente se quedó a vivir en la misma localidad. Se alquiló un piso y le pidió a su tía si podía llevarse consigo el rasca-sandías. Y así fue como ambos se fueron a la nueva casa y consolidaron su amistad. 

Garen le compraba al rasca-sandías las mejores sandías del mercado, las más grandes y las más dulces. Para ello comprobaba muchas cosas, como el sonido que hacían al ser golpeadas para ver si sonaban hueco o no; como de pesadas eran en comparación con otras sandías del mismo tamaño o si tenían una base amarillenta y anaranjada, lo que indicaba que habían madurado correctamente y que así estarían muy dulces.

Garen cortaba por la mitad las frutas y dejaba que el rasca-sandías las raspara con su cabezal de acero, haciendo bolas rosadas que luego se comían juntos. A veces, las mezclaban con otras frutas, como plátanos, fresas o kiwis, y hacían batidos o ensaladas. Otras veces, las congelaban y las convertían en helados o sorbetes. Y otras veces, simplemente las disfrutaban tal cual, sin más.

Así pasaron los días, los meses y los años. El rasca-sandías y Garen se hicieron inseparables. Cuando Garen tenía 26 años, acabó sus estudios de biología marina y consiguió un trabajo en un acuario. Le gustaba mucho su trabajo, pero también le gustaba volver a casa y relajarse comiendo sandía. El rasca-sandías y él veían juntos una serie donde unos chicos que podían transformarse en animales marinos. Garen le explicaba al rasca-sandías los nombres y las características de cada animal, y el rasca-sandías se asombraba de la diversidad y la belleza del mar. Se preguntaba si había más cosas comestibles aparte de frutas que podría rascar.

Al cumplir 35 años, Garen se casó con una chica llamada Samira, que era veterinaria. Samira era muy simpática y cariñosa, y se llevaba muy bien con el rasca-sandías. Le regaló un delantal con su nombre bordado, para que no se manchara tanto cuando lo usaba. Juntos veían Netflix en la tablet, una serie americana sobre unos médicos que trabajaban en un hospital. Garen y Samira comentaban los casos clínicos que salían en la serie, y el rasca-sandías aprendía sobre la salud y la enfermedad de los humanos. Él también tenía problemas de salud, ya que con el paso del tiempo su metal sufrió algunas magulladuras y el mango de madera se había descolorido y estropeado con los lavados.

Cuando Garen tenía 47 años, tuvo un hijo llamado Dairus, que era muy travieso y divertido. Dairus se hizo amigo del rasca-sandías desde el primer día, y le llamaba Rasca-Rasca. Juntos veían Twitch en la tablet, una plataforma donde podían ver a otros jugadores jugar a videojuegos. Garen y Dairus competían entre ellos a ver quién era el mejor jugador, y Rasca-Rasca les animaba.

Al cabo de todos estos años, Garen, Samira y Darius habían disfrutado mucho de comer sandías de maneras muy diferentes, como por ejemplo con jamón o con chocolate fundido. Les volvían locos estas combinaciones.

Garen se sentía joven, pero ya tenía 63 años. Se jubiló de su trabajo en el acuario y se dedicó a viajar por el mundo con Samira y Dairus, cuando estos podían, ya que Darius estudiaba y trabajaba y Samira todavía no se había jubilado, ya que era 5 años más joven que él.

El rasca-sandías los acompañaba siempre en sus viajes, guardado en una mochila especial que Garen le había comprado. Juntos visitaban lugares maravillosos y conocían otras culturas y otras costumbres. Garen y Samira recordaban sus tiempos de juventud, y Dairus les contaba sus planes de futuro. También descubrieron nuevas formas de comer sandía, que aprendieron a través de estos viajes.

Con 85 años, Garen ya era una persona muy mayor. No tenía fuerza ni energía para usar el rasca-sandías como antes. No es que estuviera enfermo, pero sí estaba débil y ya no podía caminar por la edad. Sabía que era la hora de despedirse de su amigo, de su mejor amigo, Rasca-Rasca. Sabía que era la hora de usar el rasca-sandías por última vez.

Así que un día de verano, caluroso y soleado, le pidió a Samira y a Dairus que le compraran una sandía para él, que se la quería comer con el rasca-sandías. La mejor sandía del mercado. Era la primera vez en mucho tiempo que Garen tenía ganas de comer algo, ya que cada vez tenía más desgana por la comida y la sandía era de lo poco que volvía a despertar su interés y le devolvía algo de la energía de antaño, cuando era joven.

Cuando volvieron a casa, encontraron a Garen en la cama, con el rasca-sandías en sus manos. Estaba muy viejo y muy cansado, pero tenía una sonrisa en su cara.

- Hola, familia -les dijo con voz débil-. Os estaba esperando. Traedme la sandía, por favor.

Samira y Dairus le llevaron la sandía y se la pusieron sobre la mesita. Garen cogió el cuchillo y la cortó por la mitad con esfuerzo. Muy poco a poco, muy lentamente. Las fuerzas le abandonaban. Luego cogió el rasca-sandías y lo acercó a la pulpa roja.

- Vamos a comer sandía, querido amigo -le dijo al rasca-sandías-. Como siempre lo hicimos.

Y empezó a mover al rasca-sandías por la superficie de la sandía, pero cada nuevo movimiento le costaba más que el anterior. Le pesaba el brazo y le dolía el pecho. Cada vez respiraba con más dificultad y veía con menos claridad.

Hasta que no pudo más.

Cuando solo había raspado la mitad de la sandía, Garen soltó el rasca-sandías y lo dejó sobre la mesita. Se recostó en la almohada y cerró los ojos.

- Ya está -dijo con voz apagada-. Ya no puedo más. Es la última vez que te uso, mi viejo amigo. Me temo que estoy agotado...

Samira y Dairus se acercaron a él con preocupación.

- ¿Estás bien, cariño? -le preguntó Samira.

- ¿Te duele algo, papá? -le preguntó Dairus asustado.

Garen los miró con amor.

- Estoy bien -les dijo-. No me duele nada. Solo estoy cansado. Muy cansado.

Y les cogió las manos con ternura.

- Os quiero mucho -les dijo-. Sois lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias por estar siempre conmigo. Gracias por hacerme feliz.

Samira y Dairus le devolvieron el abrazo con lágrimas en los ojos.

- Nosotros también te queremos mucho -le dijeron-. Eres el mejor marido y el mejor padre del mundo. Gracias por cuidarnos siempre. Gracias por hacernos felices.

Garen sonrió con satisfacción.

- Me alegro mucho -dijo-. Soy muy feliz a vuestro lado.

Y miró al rasca-sandías con gratitud.

- Y tú también has sido parte de mi vida -le dijo-. Tú también has sido parte de mis sueños y me han acompañado siempre. Gracias por estar siempre a mi lado y ser tan fiel.

El rasca-sandías lo miró con tristeza y con amor.

- Yo también te quiero -le dijo-. Tú has sido mi amigo, mi único amigo. Gracias por darme una oportunidad, tú me diste una nueva vida y muchos nuevos propósitos.

Y se acercó a él con cuidado.

- ¿Podemos despedirnos? -le preguntó-. ¿Podemos darnos un último abrazo?

Garen asintió con la cabeza.

- Claro que podemos -le dijo-. Claro que podemos, amigo.

Y se quedaron así, abrazados, durante un largo rato. Fue el último abrazo que se dieron.

Aunque Garen ya no tuviera fuerzas para usarlo él mismo, Samira y Dairus siguieron comprando y comiendo sandías con el rasca-sandías. Y también lo hicieron las generaciones venideras.

El rasca-sandías pasó de generación en generación, como un tesoro familiar, como un recuerdo de Garen. Y siguió sintiéndose muy apreciado. Al cabo de todos estos años, ya no sólo lo usaban para rascar sandías, sino para todo: volvió a rascar melones, pero esta vez maduros y ricos; también rascaba helado y hacía unas bolas impresionantes; y otros tipos de frutas y de manjares que fue conociendo a lo largo de su vida y que le hicieron tan feliz. El mundo ya no era solo de color verde y blanco, ahora tenía muchos más colores.

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