El mundo en miniatura
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Eras una niña que amabas viajar por el mundo con tus padres. Cada vez que visitabas un nuevo lugar, te quedabas maravillada con su belleza, su cultura, su gente y su historia. A muy temprana edad aprendiste a reconocer y apreciar conceptos y hechos complejos. Pero había un lugar que te robó el corazón desde el primer momento: una pequeña localidad al pie de las montañas, rodeada de naturaleza y encanto, cuyo nombre no conseguías recordar. Un lugar mágico que tampoco conseguías ubicar. Allí pasaste las vacaciones más felices de tu vida, jugando con los niños del pueblo, explorando los senderos, admirando los paisajes y respirando el aire puro. Te sentiste tan a gusto que no querías irte nunca. Te prometiste a ti misma que volverías algún día, cuando fueras mayor.
Pero el tiempo pasó y creciste. Te convertiste en una mujer ocupada, trabajando mucho y viajando poco. Apenas tenías tiempo para recordar tu infancia ni tus sueños infantiles o juveniles. El tiempo había pasado tan rápido y tan frenéticamente.
Hasta que una noche, mientras dormías, algo mágico ocurrió. Soñaste que estabas en tu habitación, pero no era la misma de siempre. En una mesa, había un pequeño globo terráqueo, que brillaba con una luz suave. Te acercaste a mirarlo y te quedaste asombrada. Era el planeta que habías construido con tus propias manos, cuando eras niña. Habías usado plastilina, papel, pintura y pegamento para recrear tu localidad favorita, con todos sus detalles, además de los cientos de lugares que ya habías visitado. Lo guardabas con mucho cariño, pero ya casi no lo mirabas, lo tenías olvidado.
Cogiste el planeta con delicadeza y lo hiciste girar. Viste las casas, las calles, las plazas, las iglesias, los árboles, las flores, los animales, las personas... Todo estaba allí, como lo recordabas. Te sentiste invadida por una emoción tan intensa que te saltaron las lágrimas. Querías volver a ese lugar, querías vivir allí, querías ser feliz de nuevo como lo habías sido de pequeña, cuando no sabías nada del mundo. Entonces, el planeta te habló con una voz dulce y familiar:
- Hola, soy tu sueño. Te he estado esperando mucho tiempo. ¿Quieres venir conmigo?
No lo dudaste. Asentiste con la cabeza y cerraste los ojos. Sentiste que el planeta se hacía más grande y te envolvía con su luz. De repente, te encontraste en la localidad de tu infancia, pero no era una ilusión. Era real. Estabas allí, de verdad.
Y ese fue tu sueño, del que elegiste no volver a despertar. Querías que aquellos pequeños momentos de pura facilidad durasen para siempre y se repitieran, una y otra vez. No te hacía falta nada más, sino simplemente, vivir recuperando lo que más querías.