El león de arcilla

-Fijaros, así es como se debe moldear la arcilla –decía el alfarero mientras movía las manos hábilmente-, primero le damos la forma que queremos, en este caso la de un león de Nemea -los alumnos miraban fijamente al despiadado monstruo que parecía cobrar vida por momentos-. Tranquilos, este animalito no os morderá- dijo entre risas-, pero en la mitología griega, esta bestia fue el primero de los doce trabajos de Heracles. ¿Habéis escuchado hablar de este héroe de la mitología griega? -los chicos se miraban entre sí asombrados mientras ladeaban de un lado al otro la cara-, tal vez lo hayáis oído con otro nombre, el de Hércules. Hércules tenía la misión de despojar de su piel al león que había estado aterrorizando al pueblo de Nemea. Se decía que este león tenía la piel tan dura que ningún arma podía atravesarla. Y bien cierto que era, pues Hércules vio como las flechas de su arco se retorcían como un muelle al impactar infructuosamente contra la piel del león. Lo mismo le ocurrió a su gran garrote, hecho de fuerte olivo, que se astilló hasta la nada; y a su espada de bronce, que quedó partida. Aun así, Hércules era no menos valiente que el león y fuerte como no lo ha sido otro hombre –los niños empezaban a emocionarse, como si supieran que el desenlace se acercaba- y no quiso darse por vencido. Consiguió ingeniárselas para conducirlo a una cueva que conocía bien, donde aprovechó la oscuridad y la falta de movilidad del animal para darle caza, estrangulándolo con sus dos enormes y musculosas manos.

El timbre sonó. Los niños se alborotaron y empezaron a revolotear hacia sus mochilas. En un visto y no visto, todos recogieron sus cosas y salieron de la clase. Todos menos uno, que permanecía absorto observando al león de arcilla.

-Sancho -le llamó el alfarero-, ¿te ha gustado la historia que he contado? -el niño no hablaba, pero asintió sin retirar la mirada de la fiera-. ¿Te has quedado con ganas de saber más? Pues vamos a hacer una cosa, por un día, hoy, tú vas a ser Hércules, así que escucha con atención como termina tu historia. –el niño sonrió levemente-. Heracles volvió a Micenas, donde le esperaba el rey Euristeo, quien le encargaba cada uno de los doce trabajos. Sin embargo, el rey estaba tan incrédulo de la proeza como aterrorizado, y no quiso volver a ver nunca más a Hércules. A partir de entonces se escondería y le daría las instrucciones de los doce trabajos a sus heraldos-.

-¡Cobarde! -gritó el niño de repente, dando un pequeño salto y levantando las manos. El alfarero se dio un pequeño susto y tropezó con la mesa. La figura, que ya estaba secándose encima de esta, se tambaleó durante algunos instantes-.

-¡V-vaya, Sancho, tienes toda la razón! -exclamó sorprendido el alfarero-, después de mandarle a Hércules un trabajo tan difícil, debería estar contento y recibirlo con grandes honores, ¡pero no fue así! En fin, este era el final de la historia. Después Hércules se hizo una armadura con la piel del león y empezó a hacerse muy famoso. ¿Te ha gustado, Sancho? ¿Quieres ser tan fuerte como Hércules? -el niño le dedicó una gran sonrisa y salió corriendo hacia la puerta, donde se encontraba María, apoyada en el marco de la puerta. El niño se le agarró a la pierna y María le correspondió con una caricia.

-Los niños disfrutan mucho contigo –dijo María con ternura-. Ojalá pudieras estar más tiempo, sobre todo con Sancho.

Teo, el alfarero, venía un día por semana para mostrar a los niños su trabajo artesanal. Algunos de ellos tenían dificultades, como Sancho, que había sido diagnosticado con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad. A Sancho le costaba concentrarse y a menudo se encontraba muy inquieto. Aquellas actividades donde el chico manifestaba un interés especial, como en la alfarería, le ayudaban a mejorar su nivel de atención y concentración.

-Ojalá, pero tengo más cosas que hacer. Adiós María –le contestó Teo de forma abrupta mientras terminaba de lavarse las manos y se secaba-.

-Espera, ¿ya te vas? –le dijo María, mientras se dirigía hacia él-. Por favor, mírame. Quiero hablar contigo. –Teo ya se había soltado de la pierna de María-. Sancho, corre, ve con Sara mientras Teo y yo hablamos de cosas de mayores. Enseguida iré contigo.

-Espera Sancho, toma –Teo sacó del bolsillo un caramelo y se lo dio al chico-. Por portarte tan bien hoy.

El joven ya se estaba alejando hacia el otro lado del pasillo donde estaba Sara, la encargada de la limpieza. Soltera y sin hijos, estaba muy unida a los niños, que eran para ella como su familia. Llevaba 12 años trabajando en este servicio. Se trataba de un colegio pequeño pero acogedor, que contaba solamente con educación primaria, donde dos profesionales de la limpieza se ocupaban de todo. Sara, según las profesoras, era muy buena, pero tenía demasiado apego con los alumnos. A veces daba indicaciones que correspondían al profesorado y no al servicio de limpieza, lo cual se le había hecho saber en más de una ocasión.

Sancho ya se había distanciado lo suficiente y Teo se estaba colocando la chaqueta, dispuesto a salir. -María, lo que pasó entre nosotros no ha pasado nunca, ¿me entiendes? Olvídalo –contestó Teo nervioso e irritado-.

María se había parado en seco delante de él. -¿Cómo puedes actuar así, con todo lo que he hecho por ti? Te necesito, y sabes que lo que pasó es lo que en realidad quieres. Me deseas y lo sabes. –María cogió de la mano al alfarero, que quedó paralizado por unos momentos.

-¡D-déjame María! ¡Olvídame! No pienso seguir con esta historia –Teo hizo una pausa-. Si sigues así, no voy a volver aquí jamás –dijo rotundamente.

Entonces se escuchó un grito al otro lado del pasillo. Venía de Sara, la encargada de la limpieza. Junto a ella, Sancho se encontraba tirado en el suelo, quieto como una esfinge. Teo y María se apresuraron para socorrerle. El niño no respiraba. La policía y los efectivos del SAMUR no tardaron en llegar. Sancho había fallecido.

-Hola, soy el Detective-D, asignado a este caso. Nos han informado de que un niño de 8 años ha fallecido, aparentemente, por intoxicación al ingerir líquido de un producto para la limpieza, concretamente de una botella que se encontraba destapada y caída junto al cuerpo del niño. También nos han informado de que la encargada de la limpieza, Sara, ha sido la primera persona en ver el cuerpo. –dijo el hombre-, y de que las tres últimas personas en estar en contacto con el fallecido fueron ustedes tres: María, su tutora; Teo, el alfarero; y Sara, la encargada de la limpieza. Nos gustaría que permanecieran en esta habitación mientras se esclarecen los hechos –comentó el detective de forma pausada, mientras un policía hacía entrar a Sara en la habitación donde había tenido lugar el taller de alfarería.

Teo y María no habían vuelto a dirigirse la palabra desde la discusión. Sus respectivos malestares habían dejado paso al más absoluto espanto.

-Señor detective –dijo Teo-, ¿acaso somos sospechosos de algo? He quedado con mi mujer y mis hijos a comer en un restaurante muy caro, donde tengo mesa reservada. Esto es una tragedia, pero está claro que Sancho bebió por accidente ese producto para la limpieza. Si hay un responsable de esto, no soy yo ni María, sino el servicio de limpieza, por dejar productos peligrosos al alcance de los niños. Quizá debería empezar usted a investigar por ahí –sentenció Teo.

-Quizá usted debería empezar por no decirle a un detective qué es lo que debe investigar. No quiero que se moleste, pero usted es tan sospechoso como el resto. –Dirigió una mirada tajante a los tres-. Tengo la impresión de que no estamos ante un accidente, sino ante un homicidio, y que el asesino está entre ustedes tres; pero yo no me guío por impresiones, sino por los hechos, y si el asesino o asesina está entre ustedes, lo descubriremos. La verdad siempre sale a la luz.

Me gustaría escuchar qué es lo que cada uno de los tres tiene que decir en su defensa.

-Perdone, señor Detective, pero yo, lógicamente, no he matado a nadie. Soy la tutora de este chico. Me encantan los niños, desde siempre y más aún, desde hace 9 años que llevo ejerciendo la profesión. ¿Le parece usted que tengo yo pinta de asesina? –increpó Sara.

-Yo opino que esta persona bien podría ser la asesina, Señor D. –dijo Sara. La he visto muy interesada en este chico desde hace varios meses y no he logrado saber por qué.

-¿Tal vez sea porque, repito, soy su tutora y además me preocupo por que esté bien? ¿Sabe que tiene TDAH y que necesita de una atención mayor que la del resto? Por favor, no juegue a los profesores y métase en sus asuntos, a ver si me va a venir a decir ahora cómo debo trabajar con mis alumnos.

-Calma, parece que hoy todos tenemos ganas de decirle a los demás cómo tienen que hacer su trabajo. Si sus labores están siendo cuestionadas ahora, es porque ha tenido lugar un suceso de suma delicadeza, no sé qué es lo que no entienden. -Espetó el Detective D- De todas formas, no tiene sentido que se alteren porque el caso ya está resuelto.

-¿De qué está usted hablando? ¿Sabe quién es el asesino? –preguntó Teo entre asombrado e incrédulo.

-Sí, ya sé quién es el asesino, y está entre ustedes, tal y como les había dicho anteriormente. La verdad es que estaba haciendo tiempo; solo quería conocerlos en persona y observarles para ver cómo actuaban, pensando que quizá el asesino confesaría y decidiría entregarse a la policía por su propio pie, pero ya ven que no ha sido así.

-¡¿Cómo!? –exclamó María.

-Les explicaré, resumidamente, lo que sucedió. María y Teo estaban discutiendo acaloradamente, según cuentan el conserje y varios profesores que acababan de terminar sus clases, ya que ustedes tenían la puerta abierta y se les oía gritar desde el pasillo; este pasillo no es largo y se escucha con claridad, como podrán comprobar. Además, el conserje vio a María apoyada en el marco de la puerta durante algunos minutos, que probablemente estaba vigilando que todos los niños salieran de clase y esperando a Teo, que estaba finalizando el taller. Por tanto, dado que acababa de sonar el timbre, los niños estaban fuera; y en la clase de alfarería, que ya había terminado, solo podía quedar el alfarero, Teo. –Dijo el Detective-D mientras hacía un barrido de miradas desde Teo, pasando por María para quedarse con Sara-.

A continuación, Sancho salió corriendo de la habitación para irse con Sara. Varios testigos cuentan cómo vieron a Sancho ayudando a pasar la mopa por el pasillo. Durante unos minutos, Sara se paró a hablar con un grupo de niños, tiempo que Sancho utilizó para curiosear algunos de los productos químicos del carrito de la limpieza, como la botella que contenía el producto tóxico aparecido derramado en la escena del crimen. Probablemente, Sancho estaba manipulándolo, quizá para olerlo, y cuando lo abrió, algo le sucedió y se desplomó en el suelo, cayendo el bote junto a él.

Sara empezó a llorar desconsolada. Se había hecho un silencio inmenso -Lo siento, es verdad. Yo soy la asesina. Yo maté a Sancho. –saltó Sara entre lloros. ¡No me di cuenta, lo juro! Yo estaba ayudando a unos niños y vi a Sancho jugar con mis cosas, pero pensé que solo estaba echando un vistazo. Sancho es un niño listo y no pensé que fuera a beberse nada. Nunca imaginé que pasaría esto, si no, no lo hubiera dejado solo. Tenéis que creerme.

-Señora, yo la creo –dijo el Detective-D mientras lanzaba una mirada penetrante, rápida y tranquilizadora a Sara-, porque usted no ha matado a nadie. El asesino de Sancho es... Teo.

-¿Yo? Venga por favor, lo que me faltaba por oír. Adiós, no tengo por qué aguantar esto.- dijo Teo mientras se dirigía a la puerta.

-Espere. ¿Teo usted es un maestro alfarero, verdad? Eche un vistazo a esto. En el bolsillo izquierdo de la ropa del servicio de limpieza de Sara he encontrado el envoltorio de un caramelo. Este envoltorio tiene restos de un tipo de material arcilloso bastante raro llamado Sebosite. Hacen falta muchos años de experiencia para realizar el derivado único de un compuesto como este, un derivado capaz de disolverse rápidamente, compacto, no demasiado pegajoso y por el olor, yo diría que con sabor a fresa –dijo mientras hacía crujir el envoltorio-. Usted elaboró cuidadosamente un caramelo con este tipo de arcilla y lo rellenó con una sustancia letal y de fácil preparación, como el cianuro, que causa la muerte en pocos minutos. Sancho sufrió un paro cardíaco y se desplomó al instante.

-Detective-D, es usted más idiota de lo que pensaba, ¿qué motivo tendría yo para matar a uno de mis alumnos? ¡No tiene ninguna prueba!

-Usted y María tuvieron un romance –dijo el detective mientras caminaba hasta María-. Puede que usted no sea consciente, pero sus acercamientos durante los últimos meses no han pasado desapercibidos entre el profesorado y así me lo han hecho saber enseguida –el detective hizo una pausa y volvió a dirigirse a Teo-. Sancho es uno de sus alumnos más preciados; y también para María. Posiblemente, Sancho los descubrió en una situación comprometida, aquí en el colegio y usted empezó a sentir miedo por la integridad de su matrimonio y de su familia. El miedo se le apoderó y este niño se convirtió en un peligro para usted y su vida, así que decidió tomar cartas en el asunto aprovechando sus habilidades como alfarero de renombre que es.

-¿¡Y-yo!? ¿Sabes lo que estás diciendo? ¡Nada de lo que has dicho puede incriminarme! –gritó Teo, sudoroso mientras se quitaba la chaqueta.

-El médico forense ya ha tomado muestras del envoltorio del caramelo. Aunque fue muy perspicaz en su preparación, no logró eliminar todo rastro. Su ADN estará ahí. Además, si examinamos su casa y su taller encontraremos rastros de los materiales y del proceso de fabricación del caramelo empleado para cometer el asesinato. También se han tomado muestras de tejido del fallecido y se procederá al análisis, tras el cual encontraremos el cianuro que intentó camuflar dentro de su peculiar arcilla.-sentenció el Detective-D- Puede ir olvidándose de su cena de tres estrellas Michelin, esta noche dormirá entre rejas.

Teo, el alfarero, calló arrodillado mientras su cara se retorcía y se asfixiaba por una opresión invisible, como si las dos enormes manos de Heracles hubieran tomado su cuello. 

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