El conocimiento del abuelo

Antes de obtener el conocimiento y el poder, hay que aprender a leer y escribir. Es el primer paso para acceder al mundo de las ideas, de las historias, de las leyes, de los sueños. Sin leer y escribir, nos quedamos en la superficie de las cosas, sin profundizar ni comprender.

Un mentor puede ser de naturaleza muy variable, pero siempre como un libro abierto que debe transmitir el arte de todo el conocimiento que se esconde en la vida. Puede ser un maestro, amigo, familiar o cualquier otro referente. Quien sea. Lo importante es que nos inspire.

El maestro es tan importante como el alumno, que debe escuchar como los pájaros escuchan en silencio los cantos de otros pájaros. Ambos son la cara de una misma moneda. El maestro no solo transmite información, sino que a través de sus enseñanzas también forma el carácter, el criterio, el gusto y alimenta el espíritu. Ante la didáctica, el alumnado encuentra espacios de reflexión, donde preguntar, crear y expresarse.

Y algún día, ahí fuera, sonará una canción. Cánticos nuevos. Pequeñas voces es alzarán por si solas, escuchando el sonido que les rodea, y uniéndose a este con un nuevo sonido único. Notas musicales que alzan el vuelo por primera vez, resonando en cada uno de los objetos que golpean, rebotando en los más densos y atravesando los más ligeros. Esas notas musicales no tienen alas, sino corchetes y plicas que se baten en movimiento hasta ascender, y ascender, y seguir ascendiendo. Con sus propias “alas”, entonan nuevas direcciones, buscando la inspiración artística para formar parte de las canciones de otros.

Y así, el ciclo se repite. Los que antes eran alumnos, ahora se convierten en veteranos mentores. Los que resisten, se consolidan como maestros. Y cuando estos se van, lo que nos dejan son libros y estos, a su vez, conocimientos.

En 1985, el conocimiento llegó a un niño que vivía en una pequeña aldea, rodeado de montañas y bosques. Su nombre era Pepo, y le encantaba leer y escribir. Desde muy pequeño, había aprendido las letras y los números con la ayuda de su abuelo, que era el bibliotecario del pueblo. Su abuelo le había enseñado que leer y escribir era el primer paso para acceder a ese mundo tan maravilloso que había en el interior de la mente, que era inabarcable.

Pepo pasaba horas y horas en la biblioteca, devorando libros de todo tipo: de aventuras, ciencia, historia, arte... Su abuelo era su figura referente, quien le enseñaba todo. Le transmitía el arte de todo el conocimiento que se escondía en la vida, y le inspiraba a seguir aprendiendo y creciendo, incluso cuando el ya no estuviera para enseñarle. Pepo escuchaba siempre muy atento y trataba de no pensar en el día en que tuviera que seguir adelante solo, sin su querido abuelo.

Un día, decidió que quería salir de la aldea y conocer lo que había más allá. Quería ver con sus propios ojos lo que leía en los libros, y escribir sus propias experiencias. Su abuelo le apoyó en su decisión, y le regaló una mochila, un cuaderno y una pluma. Le dijo que siempre llevara consigo esos tres objetos, pues eran sus herramientas para aprender y crear. Le abrazó con ternura y le deseó buena suerte. El pajarillo tenía que volar del nido algún día. No podía tener tanto apego.

Pepo se despidió de su abuelo y de la aldea, y se aventuró a recorrer otros pueblo y visitar la gran ciudad. Por el camino, conoció a muchas personas y lugares diferentes. Los mayores aprendizajes los iba plasmando en su cuaderno. También se inspiraba para crear poemas, cuentos y canciones, y empezó a cartearse con algunas de las personas con las que más migas había hecho.

Pasaron los meses y Pepo estaba satisfecho con los conocimientos adquiridos. Entonces decidió que era momento de retornar a su aldea y dejar reposar los progresos, para que se asentasen formando una buena base. Curiosamente, no se había estado carteando con su abuelo, porque quería valerse por sí mismo y sorprenderlo con todos los descubrimientos al volver.

Pero unos días antes del planificado regreso, Pepo recibió una carta de su aldea. Tenía un amigo allí con el que sí que había estado en contacto y le estaba haciendo llegar una carta urgente. Era de su abuelo, que le contaba que estaba muy enfermo y que quería verlo una última vez. Como sabía que Pepo estaba en un viaje importante para su crecimiento personal, no había querido molestarle, pero la situación era crítica, así que no le quedaba más remedio que llamarlo de urgencia para volverlo a ver.

Pero sintió un gran dolor en el corazón, como una puñalada que le dejaba el pecho vacío y no dudó en volver a su hogar inmediatamente. Cuando llegó, corrió a la biblioteca pero su abuelo no estaba allí. No lo encontró, pero enseguida le dijeron que estaba ingresado en una clínica. Allí lo encontró, en la habitación 33, encamado pero feliz, rodeado de libros y emocionado de volver a ver a su nieto. Su abuelo le sonrió con ternura, y le dijo que estaba muy contento de verlo. Estaba muy orgulloso. El joven sollozaba y hablaba entre lágrimas, contándole todo lo que podía sobre los últimos meses. Tenía tantas cosas que decirle... era pronto para que se fuera. Lo quería mucho. Y lo echaría mucho de menos.

Su abuelo le dio las gracias, por todo, y le pidió un último favor. Quería que leyera un cuento, el cuento favorito que siempre habían leído juntos cuando Pepo era pequeño. Estaba allí mismo, encima de una mesilla, entre otros tantos libros. Pepo asintió y lo cogió de una pequeña montaña de libros, donde se situaba el antepenúltimo. Era un libro de fantasía, con una portada azul y dorada. Abrió el libro, y empezó a leer el primer capítulo. Era el cuento de un niño al que le gustaba mucho leer y viajar, que vivía en la pradera junto a su abuelito y un montón de animales...

Pepo levantó la vista y vio que su abuelo ya se había ido. Estaría para siempre con él, en el libro que acababa de leer y que le acompañaría siempre en sus viajes. Nada retenía ya a Pepo en la aldea. El recuerdo de su abuelo lo llevaría consigo siempre, aquí y allá, trotando por el mundo.

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