El conductor gris
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Mortanelo conducía el autobús con la mirada perdida, sin prestar atención a los pasajeros que subían y bajaban en las mismas paradas de siempre. Todos le parecían iguales: hombres y mujeres con trajes oscuros, maletines, móviles y auriculares, que hablaban de negocios, política o el tiempo, sin mostrar ninguna emoción. Nadie le saludaba ni le sonreía, ni le preguntaban absolutamente sobre nada, ni siquiera nadie tenía dudas sobre si la parada en la que se bajaban era la correcta o dónde tenían que coger el trasbordo de otro autobús.
Mortanelo se sentía solo y aburrido, a pesar de que en su día a día estaba rodeado de gente. Su ciudad no tenía nada que ofrecerle. Era una urbe gris, sin color ni vida, donde todo era monótono y predecible. No había parques, ni museos, ni cines, ni teatros, ni librerías, ni cafeterías. Solo edificios de oficinas, centros comerciales y autopistas. Mortanelo no recordaba la última vez que había visto una margarita, una paloma o palomitas todavía calientes en las manos de jóvenes ávidos por ver el estreno de una nueva película.
Mortanelo soñaba con escapar de esa realidad. Se imaginaba viajando por el mundo, conociendo otras culturas, otras lenguas, otras formas de vivir... o incluso trabajando por el mundo, conduciendo su autobús por las calles de París, de Roma, de Nueva York, de Tokio... eso sí que le daría color a su vida. Las calles estarían llenas de gente interesante y bulliciosa, con ganas de charlar, de preguntar, de divertirse y de ser diferente. Quizá hasta podía enamorarse en una de esas grandes ciudades de ensueño.
Pero Mortanelo sabía que no era más que eso, un sueño. Que nunca tendría el valor ni el dinero para cambiar su vida... aunque una parte de él quería, también era cobarde, temeroso y con el sueldo justo para su monótona vida. Estaba atrapado en una existencia sin sentido, esclavizado por las ruedas de su vehículo azul de transporte público y maltratado por sus anodinos tripulantes. Lo malo es que él también había acabado siendo arrastrado por aquella insustancial ciudad gris, que lo había hecho cada vez más apático y apagado.
Y así seguía Mortanelo, día tras día, sin que nada alterara su rutina, alienado de su propia vida. Sin que nada le diera esperanza o ilusión, ni le hiciera feliz.
Mortanelo estaba a punto de terminar su jornada laboral. Había conducido el autobús número 23 por la ciudad de norte a sur, sin que nada le llamara la atención ni le sorprendiera. Estaba cansado y aburrido, como siempre. Solo le quedaba una parada más antes de llegar al depósito, donde dejaría el vehículo y se iría a su casa a cenar algo y a ver la televisión.
Pero cuando llegó a la última parada, algo inesperado ocurrió. Un libro con un tenue resplandor azul apareció a los pies del asiento del conductor, justo debajo de Mortanelo. Era un libro grande y grueso, con una portada lapislázuli y letras doradas que decían: "El mundo en tus manos: guía para viajar y vivir mejor". Mortanelo se quedó boquiabierto, pero no pudo evitar sentirse atraído por el libro. ¿Cómo había llegado este libro a su lado? ¿Siempre estuvo ahí? ¿Qué contenía?
Mortanelo cogió el libro con curiosidad y lo abrió por una página al azar. En ella había una foto de una ciudad llena de luz y de color, con edificios antiguos y modernos, con gente sonriente y animada, flores, árboles y pajarillos por todas partes. Debajo de la foto ponía: "París: la ciudad del amor, la cultura y la libertad". Mortanelo sintió que algo le atravesaba y recorría su cuerpo, desde la cabeza, pasando por el pecho y hasta los pies, al ver aquella imagen. Era como si hubiera entrado en otro mundo, un mundo que nada tenía que ver con el suyo, que le fascinaba y le asustaba a partes iguales.
Mortanelo pasó página y vio otra foto, esta vez de una ciudad llena de rascacielos, carteles luminosos, coches, taxis, también autobuses... y gente muy dispar. Debajo de la foto ponía: "Nueva York: la ciudad que nunca duerme, la capital del mundo, el sueño americano". Otra punzada le recorrió el cuerpo. El corazón le volvía a palpitar aceleradamente.
Mortanelo siguió pasando páginas y vio más fotos, cada una de una ciudad diferente, con su encanto, historia y personalidad. Grandes urbes como Roma, Tokio, Londres, Río de Janeiro, Moscú, Sidney... Mortanelo estaba absorto, no podía apartar la vista del libro... de alguna manera, le hablaba, le decía que él también tenía que pasar de página, tenía que seguir adelante y añadir color a su grisácea vida. No era la ciudad ni sus gentes quienes había perdido el color y la emoción, si no él mismo, como un revoltijo de ropa mal lavada y arrojada al suelo.
Mortanelo llego al depósito y se bajó del autobús. Dejó el libro en el asiento del conductor, donde lo había encontrado. Caminó unos metros y se sentó como abatido en el banco que había enfrente. ¿Por qué no había hecho nada para cumplir sus sueños? ¿Por qué se había conformado con su vida gris y triste y se había rendido a su rutina interminable?
Mortanelo se dio cuenta de que él era el único responsable de su vida, pero no acababa de encontrar qué era aquello que le retenía, que le impedía pasar de página y le mantenía totalmente sin frenos y a la deriva, en su adorada prisión con ruedas.
Entonces miró al frente y vio cuán perdida tenía su mirada en el horizonte. Necesitaba cambiar. Se levantó y se dirigió al autobús para coger de nuevo el libro, pero cuando se quiso dar cuenta, el bus había echado a rodar hacia adelante. Mortanelo se había olvidado de poner el freno de mano, y el bus había comenzado a desplazarse lentamente con todo su tonelaje, hasta donde la calzada iniciaba una pendiente.
Mortanelo echó a correr detrás de su vehículo pero era demasiado tarde, ni si quiera logró acercarse para tener una mínima oportunidad de acceder al autobús en marcha. Su preciado libro recién descubierto, y su medio de vida, cogían velocidad por una pendiente hasta el final de una vía donde acabarían estrellándose, afortunadamente sin víctima.
Al día siguiente, a Mortanelo le dijeron que no hacía falta que volviera más al trabajo. El conductor grisáceo fue despedido y así, se despidió de su vida antigua, de su uniforme, de los mortecinos pasajeros y de las insípidas calles de siempre.
Ya no le quedaba ni su trabajo, que era la único por lo que se levantaba cada mañana. Pero entonces, ¿por qué se encontraba extrañamente feliz?