El comandante al mando

Solo un comandante digno merece una espada digna. Un comandante conduce a sus hombres y protege sus vidas, permanece el último y vela por el cumplimiento del objetivo principal de su misión.

Las esferas de la vida giran en torno al poder, el prestigio y el conocimiento. Un buen comandante está bien versado en estas tres esferas, por lo que su tripulación confía en él y le dan lealtad como un comandante digno.

Pero no todos los comandantes son dignos de su espada. Algunos son codiciosos, arrogantes o ignorantes. Estos comandantes abusan de su poder, desprecian a sus hombres y descuidan su misión. Su espada se vuelve opaca, pesada y frágil. Una espada así es un arma inservible, que hace palidecer la virtuosidad de la misión. Estos comandantes no duran mucho, pues si no son capaces de defenderse a sí mismo, ¿cómo van a defender a los demás?

Solo un comandante digno sabe que su espada es más que un arma. Es un símbolo, un compromiso y un legado. Una espada así brilla con todo su esplendor, es ligera como una pluma y resistente como el titanio. El comandante que blande dicha espada es querido, respetado y no tiene que utilizar el poder a través de su liderazgo, sino que la tripulación le sigue porque lo ama y sabe que los guiarán hacia la victoria, la gloria y el honor o una muerte digna sin arrepentimientos.

Y solo un comandante legítimo sabe que su espada no es suya. Es un regalo y una responsabilidad para con los demás, para con el pueblo al que protege. Al recibir y alzar la espada, sabes que estás decidiendo sobre sus destinos. Un tajo hacia la izquierda, un aldea salvada de un asalto enemigo. Un corte hacia la derecha, el hijo de la granjera que fue secuestrado vuelve con su añorada familia. Un golpe romo hacia adelante, y todas las tropas avanzan hacia el castillo enemigo que ha estado enviando a sus destacamentos incesantemente sobre el reino. Una punzada en el momento correcto, y el comandante enemigo cae y cesan las hostilidades.

Una pareja de ancianos octogenarios del antiguo reino enemigo se acercan al virtuoso comandante rogando por su vida. Pero no tienen nada que temer. Los humildes ancianos, con su pelo hecho un harapo, sus vestimentas roídas y sus dientes estropeados por la falta de higiene, lloran y suplican, creyendo que su hora final ha llegado. No hay necesidad de ello, pueden continuar con sus vidas.

La anciana tomar de la mano al comandante y le da un pan. Un pan caliente, recién horneado, con una corteza perfectamente bronceada, llena de semillas y grano entero que le dan un aspecto incondicionalmente apetecible. El comandante lo parte por la mitad y observa con las doradas migas caen al suelo. El pan está esponjoso y al dividirlo, humea. El olor alimenta el alma del comandante, que cortas un trozo más pequeño y lo prueba. Está riquísimo. Ese pan es el último bastión que resiste el pesar de las gentes que han vivido oprimidas. El terror no ha logrado terminar con ese reluciente y sabroso pan, al contrario: en él se condensan las esperanzas, la bondad intachable que queda en los corazones de las buenas personas que aguantan por un mañana mejor.

Regresar al blog

Deja un comentario