El bebé de la mano de mayonesa
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Pero lo que realmente le fascinaba a Minimau era la textura viscosa y pegajosa de las salsas. La mayonesa era su preferida, un mar blanco y cremoso en el que sumergía su manita con deleite, para luego observarla, fascinado, mientras la salsa se deslizaba entre sus dedos y lo ponía todo patas arriba.
Un día, el papa y la mamá de Minimau, que eran un poco despistadillos, se dejaron un bote de mayonesa al alcance del bebé. El bote reposaba sobre la mesa y enseguida captó la atención del niño, que con curiosidad devoraba todo lo que tenía al alcance. Con una risa contagiosa, un poco maliciosa y muy traviesa, hundió su mano en el interior, emergiendo con una capa de mayonesa que lo convertía en un pequeño escultor abstracto que tenía por lienzo la trona y su propia cara. Desde ese momento, sus padres lo apodaron cariñosamente “el niño de la mano de mayonesa”.
La locura llegaba a todos los rincones de la cocina, pero es que el niño estaba descubriendo y explorando, y a un explorador tan impetuoso es difícil decirle que no a algo. Su periplo gastronómico cada día era motivo de alegría y nuevos descubrimiento que hacían que fuera, simplemente, un niño feliz.
Y así, en ese rincón del mundo, en aquella pequeña cocina llena de mayonesa y de pelusas de los gatos que rondaban a los pies de las patas de las sillas y de la mesa, de la trona y de toda la familia, Minimau crecía feliz, investigando el universo de sabores que lo rodeaba, dejando una estela de sonrisas entre guiños y manos pringosas, recordándonos a todos el placer simple y puro de disfrutar de cada momento.