La viajera del tiempo

El viaje fue largo, pero la viajera y tú, su acompañante, habíais logrado identificar todos los objetos clave. Al hacerlo, los recuerdos comenzaron a fluir, y la viajera recuperó su nombre... Galatea, pero la emoción inicial se tornó pronto en una mirada de pesar, de nostalgia, de dolor, de arrepentimiento... Y su historia por fin se empezó a componer por sí sola, formando parte de un todo que había sido exiliado al olvido y cuyo grito de auxilio quedaba ahogado por la infinidad del espacio:

La máquina del tiempo estaba lista. Había costado años y años de trabajo, investigación y sacrificio, pero por fin había llegado el momento de ejecutar el plan. La profesora asociada Galatea, investigadora de la Universidad de Avalon en la Facultad del Espacio y el Tiempo, se ajustó su querida riñonera con cariño, aquella que su esposa le había regalado, donde cabían tantas cosas en sus tres compartimentos custodiados por firmes cremalleras. En uno de estos bolsillos, Galatea guardaba el mineral que alimentaba el dispositivo. Lo sacó, puso a máxima potencia la electricidad y se dirigió al portal que había instalado en el sótano de su casa, donde había construido en secreto la máquina del tiempo, como fruto de sus investigaciones a nivel personal y extraoficial, más allá de los límites de su profesión. La máquina tenía una sofisticada forma de nave ovalada de corte espacial.

Su objetivo era viajar al pasado, al año 2023, cuando se produjo el asesinato de su esposa, la periodista Samira, que había sido cruelmente acribillada a balazos con una escopeta. Samira era su esposa y por aquel entonces estaban en un proceso de adopción que nunca se llegó a procesar. Ella había estado investigando un caso de corrupción y boicot en la industria de la energía nuclear, y había recibido amenazas de muerte. La energía nuclear se presentaba como una de las opciones a futuro más jugosas como fuente de energía inmensa en comparación con las actuales, a pesar de los reparos que había por el miedo a la radiación y a las mutaciones que esta podía provocar, de manera que aquella industria, y también negocio, había atraído muchísima atención... y cuando hay nuevos peces gordos en la pecera y mucho dinero en juego, la corrupción sube como la espuma. Galatea quería evitar que la mataran, y para ello había elaborado un plan cuyo guion debía seguir cuidadosamente si quería cambiar aquel oscuro futuro por otro, el futuro que ambas realmente deberían haber compartido, felices, juntas.

Según sus cálculos, el portal la llevaría al exterior de un castillo medieval, donde se celebraba una fiesta de disfraces de época. Allí, tendría que buscar a Samira, que iba vestida de doncella, y entregarle un mensaje que le advertía del peligro que corría. Luego, tendría que volver al portal y regresar al presente, esperando haber cambiado el curso de la historia, aunque no tenía claro que fuera a ser así de sencillo, ni las posibles consecuencias ni si realmente era posible cambiar el futuro, al fin y al cabo, se trataba de la primera máquina del tiempo jamás construida en la historia.

Galatea se armó de valor y atravesó el portal. Al instante, se encontró en medio de una multitud de gente vestida con ropajes dignos del medievo, bailando, bebiendo y riendo. Era de noche. Un joven que iba disfrazado de bufón saltaba y cantaba, micrófono en mano, ukelele en la otra, y de cuando en cuando una gran jarra de cerveza.

La máquina no estaba, pero contaba con que se situara en las cercanías del castillo, quizá en alguna parte del bosque, al pie del mismo, lo cual sería muy apropiado para que permaneciera escondida sin tener que preocuparse por que alguien la encontrase mientras cumplía con su misión. La buscaría más tarde.

El castillo era impresionante, con una gran torre que se alzaba sobre el paisaje. Galatea buscó agitadamente con la mirada a Samira, pero no la vio por ninguna parte. Decidió acercarse a la torre, pensando que quizás ella podría estaría allí, ya que aguantar a las aglomeraciones durante mucho rato le agobiaba.

Mientras caminaba, se fijó en los detalles de la fiesta. Había una enorme mesa con un festín de comida, donde destacaba un gran centro de fruta con sandía y melón, troceados y muy frescos. Abundaba la carne, como el ternasco a la zanahoria y el pescado con guarnición de arroz, y todo tipo de montaditos vintage. También había dulces de lo más castizos. El lugar era de cuento, de ensueño esmeralda. Iluminado de colores turquesas, magenta y escarlata, con velas que bailaban al ritmo de la música y ofrecían una luz tenue, relajante y armónica. Galatea tenía hambre, pero la preocupación y tensión que llevaba encima no le dejaban probar bocado.

Siguió caminando, atravesando la fiesta, y observó a más artistas, esta vez haciendo números de ilusionismo, malabares y acrobacias. Uno de ellos se le acercó y le ofreció un rudimentario paraguas de colores apagados que decía que servía para protegerse de aquellos que tiraban fruta podrida cuando las actuaciones no gustaban. Galatea lo rechazó educadamente y siguió hacia adelante. El artista se encogió de hombros y buscó a otra persona a la que ofrecérselo.

Galatea llegó a la torre y subió por las escaleras de caracol, poco a poco.  Subía y subía, no había habitaciones, solo el final, allí lo alto. Finalmente, en el último piso, encontró una puerta, que estaba abierta. No había nadie en su interior, solo oscuridad y frío. El suelo estaba húmedo, había pequeños charcos de agua. Podía escucharse el sonido de las gotas caer por los recovecos del habitáculo. Se preguntó que función habría tenido aquella pequeña sala, para qué se habría usado hace cientos de años...

La luz solo entraba por una pequeña saetera. Echó un vistazo, y allí abajo estaba Samira, en un patio lleno de flores, al pie de la torre pero justo por detrás, donde no se le había ocurrido mirar antes. ¿Por qué habría subido tan decidida a buscar en lo alto de la torre antes de revisar con más detenimiento el resto del castillo, lo cual hubiera sido mucho más fácil?

Bajó corriendo del torreón, y casi se estampa contra dos artistas que luchaban con armas en un espectáculo de combate, donde uno portaba con gracia una especie de espada similar a una katana y otro se movía ágilmente con un par de dagas. Galatea se cruzó con ambos y salió ilesa, aunque recibió un pequeño corte de una de las dagas. La sangre dejó de salir rápidamente. Después del susto, se dispuso a dar la vuelta hacia el patio lleno de flores donde le esperaba su amada. Había un autobús aparcado a lo lejos, lo cual contrastaba con la ambientación medieval, pero estaba claro que de alguna forma tenían que haber llegado los invitados a la fiesta.

Allí seguía, sentada en un banco de piedra, vestida como una doncella que más bien tenía aura de princesa, con su vestido blanco y corona de rosas. Estaba preciosa. Galatea sintió un nudo en la garganta y notó que sus ojos comenzaban a brillar a la luz de la luna, dando paso a las lágrimas del anochecer. La echaba tanto de menos...

Galatea no llevaba ningún disfraz, pero eso no era problema ya que no todo el mundo estaba vestido de época. Al encontrarse con ella, contuvo las lágrimas y le entregó un papel arrugado que contenía el mensaje que salvaría su vida. La científica quería alterar el futuro lo menos posible, así que se prometió que no interferiría en nada y por eso se había cubierto con un velo que impedía que Samira la reconociese. No quería arriesgarse a hablar ni a que la viera e hiciera preguntas, ya que ella no debía estar allí en ese momento, sino en la Universidad, a punto de terminar su trabajo y cerrar el despacho. En la nota escrita ponía: “Samira, te quiero. Estás en peligro. Alguien quiere matarte. No vayas al restaurante de comida rápida donde quedaste con tu fuente. Es una trampa. Vuelve a casa y llama a la policía e investiga. Nadie es mejor que tú en eso. Te espero en el futuro. Galatea".

Para cuando Samira había comenzado a desenvolver el papel arrugado, Galatea ya había salido del lugar y se dirigía a su nave del tiempo. ¿Aquella intervención habría sido suficiente? Entonces, una mano le tiró del hombro por detrás. Era Samira, que había corrido para alcanzarla y preguntarle quién era y qué significaba lo que le había entregado. Galatea se volvió mientras escondía hábilmente bajo su manga la pulsera que Samira le había regalado cuando eran novias, y que había quedado al descubierto cuando Samira había tirado de su ropa. Nunca se desprendería de aquel preciado regalo, pero en aquel instante era crucial que su identidad no se revelara por nada del mundo. Por suerte, la riñonera que llevaba en el futuro, Samira todavía no se la había regalado en el presente, así que no cargaba con ninguna otra pertenencia con la que pudiera reconocerla.

Parece que a Samira todavía no le había dado tiempo de leer la nota. Galatea se giró y simplemente le dijo, con voz modulada, que hiciera caso al mensaje, por su bien. Aquella situación le rompía el corazón, llenando un vacío infinito de tantos años que realmente debía permanecer vacío. Sin embargo, Galatea había decidido llenarlo de nuevo a la fuerza, cambiando el curso de la historia, retorciendo los designios del tiempo. Lo llevaba en el ADN, no podía darse por vencida.

El impacto de Samira en la vida de Galatea era de una magnitud incalculable. Suponía una transformación, un antes y un después. Así lo reflejaba la científica en su diario, que había decidido comenzar a escribir desde el primer minuto en que ideó este plan, hace 5 años.

Galatea ya no tenía nada más que hacer ni qué decir en el presente, así que esta vez sí echó a correr sin que nada la detuviera y no volvió a mirar atrás. Se alejó del castillo y encontró su nave en el bosque, gracias al dispositivo de localización que llevaba incorporado. Estaba cerca. Había cumplido su misión, por el momento. Quedarse más tiempo habría sido un craso error, ¿verdad? Encendió los motores. La nave tenía suficiente energía para el viaje de regreso. 3...2...1...

La viajera no recordaba nada más. ¿Habría funcionado? ¿Acaso tenía que restaurar más recuerdos? Pero, ¿qué es lo que había hecho como para que terminase siendo juzgada y su sentencia fuera el borrado de tan preciados recuerdos? Un sentimiento de ira, rabia e impotencia la inundó. Perder los recuerdos, la memoria, nuestro pasado... es borrar todo lo que hemos sido, lo que somos... es como si no hubiéramos vivido.

Galatea miró al cielo. Había recuperado una parte de su ser, pero no estaba dispuesta a renunciar al resto. El viaje continua.

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