Cirugía estética por ADN

Adelina siempre había sido una mujer insegura de su aspecto físico. No le gustaba su nariz, ni sus ojos, ni su cabello. Se sentía fea y poco atractiva, y eso le afectaba en su vida personal y profesional. Un día, vio un anuncio en la televisión que le llamó la atención. Era una clínica especializada en cirugía estética que se determinaba por lo que dictaba el ADN. Según el anuncio, se realizaban análisis vanguardistas del ADN del paciente que evaluaban, según la información genética, el aspecto que actualmente tenía la persona en comparación con el que debería o le gustaría tener al propio ADN. La persona podía decidir si llevar a cabo o no la cirugía, pero su opinión no contaba ya que las operaciones a realizar estaban determinadas por lo que dictaminaba el ADN y no se podían cambiar; en este sentido, la clínica se convertía en la mera herramienta que realizaba las operaciones y el paciente, el receptor de estas.

Adelina sintió una mezcla de curiosidad y esperanza. Tal vez esa era la solución a sus problemas, porque ella quería cambiar físicamente pero no sabía cómo ni el qué y tampoco se fiaba de las clínicas tradicionales que eran capaces de equivocarse. Tal vez su ADN sabía mejor que ella y que las propias clínicas tradicionales lo que le convenía. Confiando en el criterio de su querido ADN, no podía haber lugar a errores. Sin pensarlo más, llamó al número que aparecía en la pantalla y pidió una cita.

Al día siguiente, se presentó en la clínica con su documento de identidad y una muestra de saliva. La recibió una recepcionista muy amable que le hizo firmar unos papeles y le entregó un albornoz blanco. Le indicó que se dirigiera al vestuario, se cambiara de ropa y fuera a la sala de espera. Adelina obedeció. Estaba nerviosa, pero también ilusionada. Era el paso que necesitaba dar en su vida.

En la sala de espera, había otras personas con albornoces blancos. Algunas leían revistas, otras miraban el móvil, escuchaban música con los cascos y otras simplemente miraban al vacío o tímidamente a los demás. Adelina se sentó en una silla y trató de relajarse. De repente, una voz femenina y metálica sonó por los altavoces.

- Adelina Gracián, por favor, pase al consultorio número tres.

La mujer se levantó y siguió las indicaciones que había en las paredes para dirigirse al lugar indicado. Llegó a una puerta con el número tres y la abrió. Dentro había una habitación blanca y aséptica, con una camilla, una pantalla, un teclado y una cámara. Todo muy psicodélico. Una enfermera le sonrió y le pidió que se tumbara en la camilla.

- Bienvenida a la clínica ADN, Adelina. Soy la enfermera Tella y voy a realizarle el análisis genético. Es un proceso muy sencillo y rápido. Solo tiene que mirar a la cámara y sonreír. La cámara captará su imagen y la enviará al ordenador, que la comparará con su ADN y le dará un diagnóstico. Esta información será cotejada con la muestra de saliva que entregó anteriormente y que también está siendo analizada. ¿Está lista?

- Sí, estoy lista -dijo Adelina con voz temblorosa.

- Muy bien. Entonces, mire a la cámara y sonría.

Adelina miró a la cámara y sonrió. La cámara hizo un clic y la pantalla se iluminó. En ella apareció la imagen de Adelina y debajo, una barra de progreso que se iba llenando de color verde. Adelina sintió una punzada de ansiedad.

La barra de progreso se completó y la pantalla cambió. En ella apareció otra imagen de Adelina, pero muy diferente. Era una Adelina mucho más guapa, con los rasgos más finos, elegantes y pizpiretos. Era el cambio que ella quería. Adelina no podía creer lo que veía, pues el ADN había acertado totalmente con lo que era hubiera querido de haber sabido lo que quería antes.

- Felicidades, Adelina. Este es el resultado de su análisis genético. Como puede ver, su ADN ha determinado que usted necesita una serie de operaciones para alcanzar su máximo potencial estético, que constituyen un cambio de cara total. El coste de cambio de cara es de 50.000 euros. ¿Está de acuerdo en someterse al procedimiento?

Adelina se quedó sin habla, era caro, pero merecía la pena. Le gustaban los cambios. El problema era que tenía miedo de perder su propia identidad. ¿Sería la misma cambiando de cara? Ella quería seguir siendo la misma, solo que con un físico distinto. Tenía miedo de convertirse en otra persona.

- ¿Adelina? ¿Está de acuerdo en someterse a las operaciones? -insistió la enfermera.

Adelina miró a la enfermera, luego a la pantalla, luego a la cámara. Y tomó una decisión.

- Sí pero no. O sea, quiero los cambios físicos, me gustan mucho pero, ¿es necesario cambiar toda la cara por completo? Tengo miedo de convertirme en otra persona. -dijo con voz temblorosa e insegura.

- ¿Cómo dice? -preguntó la enfermera con sorpresa.

- Es que no sé si estoy de acuerdo con absolutamente todos los cambios. ¿No se puede hacer solo una parte y después, sobre la marcha, ir viendo el resto de cambios? Cambiar de cara de golpe de un día para el otro me parece un poco traumático, no sé si estoy preparada. Yo quiero dar el salto pero, ¿no podemos ir poco a poco?

- Pero, Adelina, no entiende. Su ADN sabe lo que es mejor para usted y le está ofreciendo la oportunidad de ser más bella, más deseada, más feliz. Más todo. El cambio establecido es el de su cara por completo, no es algo que se pueda rebatir. Su ADN le está haciendo un favor. ¿Por qué lo rechaza?

- No, no lo rechazo. Solo quiero hacerlo progresivamente. Tampoco quiero que mi ADN decida por mí, al final soy yo quien tiene que tomar la decisión, ¿no?

- Adelina, por favor, cálmese. La veo un poco alterada. Túmbese de nuevo en la camilla y piense mejor sobre su decisión. Le voy a dar esto para que se sienta mucho mejor.

- Qué... pero no estoy alterada, estoy bien, solo estoy diciendo lo que quiero y lo que no quiero. No necesito nada para calmarme.

- Shhh... no se preocupe Adelina, todo va a estar bien. Recuerde que si opinión aquí no cuenta, y tampoco la nuestra. Es el ADN a quien debemos respetar y seguir sus instrucciones con esmero y devoción.

- Creo que estamos yendo muy rápido. Será mejor que me vaya y lo piense en casa tranquilamente. Vuelvo otro día y ya si eso me decido...

Dicho esto, Adelina se levantó de la camilla, cogió su albornoz y salió de la habitación. La enfermera la miró con incredulidad, impotencia y rabia. Luego pulsó un botón y habló por un micrófono.

- Al habla Tella. Tenemos una disidente. Repito, tenemos una disidente. Código rojo. Código rojo. Deténganla antes de que salga de la clínica. No podemos permitir que se escape.

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