Almas de metal
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En las entrañas de las montañas heladas, ahí estaba. Enterrado, escondido, extinguido, dormido. Un metal precioso, de valor inimaginable, de poder ilimitado. El mineral contenía no solo una fuente de enorme energía, sino también el conocimiento puro de una civilización lejana, que se alimentaba de las almas de sus propios habitantes.
La noticia se extendió como la pólvora por todo el mundo. Un equipo de exploradores había encontrado el yacimiento de un metal desconocido en las profundidades de las montañas heladas. El metal brillaba con un color azulado y emitía un calor suave al tacto. Los análisis revelaron que se trataba de una fuente de energía casi inagotable, capaz de alimentar toda la tecnología humana durante milenios, quizá indefinidamente.
La humanidad, que llevaba décadas sufriendo los efectos del cambio climático y la escasez de recursos, vio en el metal una esperanza para su supervivencia. Las naciones más poderosas se apresuraron a reclamar su parte del tesoro, enviando expediciones militares y científicas a la zona. Pronto se desató una guerra por el control del mineral, que se bautizó como "aeborita".
Lo que nadie sabía era que la aeborita no era solo un metal, sino también un receptáculo memorístico, es decir, una especie de memoria antigua y terrible, que guardaba los secretos de una civilización alienígena que había colonizado la Tierra hace millones de años. Una civilización que había descubierto el modo de extraer la energía de las almas de los seres vivos, y que había usado ese poder para crear a la par maravillas y horrores.
La aeborita era el último vestigio de esa civilización, que se había autodestruido por su propia codicia y crueldad. Y ahora, estaba volviendo a despertar de su letargo, activando sus mecanismos ocultos, buscando nuevas almas con las que alimentarse.
Pasó el tiempo. La guerra por la aeborita había durado muchos años, dejando un rastro de muerte y destrucción por todo el planeta Tierra, al mismo tiempo que, paradójicamente, traía la esperanza a nivel energético para las vidas de sus habitantes, pues sin esa energía ya estarían muertos. Sin embargo, la guerra por el control del preciado metal había sido tremenda y la humanidad estaba al borde del colapso, dividida en facciones enfrentadas por su posesión. Nadie se daba cuenta de que la aeborita era la verdadera enemiga, y que estaba consumiendo las almas de los combatientes sigilosamente, mientras su poder crecía y crecía.
Un día, la aeborita alcanzó su punto crítico, y liberó toda su energía en una explosión catastrófica. El cielo se iluminó con un destello cegador, y una onda expansiva arrasó todo lo que encontró a su paso. La temperatura subió hasta niveles insoportables, derritiendo el hielo y el metal. La atmósfera se llenó de cenizas, gases tóxicos y radiación .
La mayoría de los humanos murieron en el acto, o poco después por las heridas o las enfermedades provocadas. Los pocos supervivientes se refugiaron en bunkers subterráneos o en naves espaciales, esperando un milagro que nunca llegaría.
La Tierra quedó convertida en un páramo desolado e inhabitable, donde solo quedaban ruinas y cadáveres. La aeborita había cumplido su propósito: otra civilización aniquilada de cuyas almas se había alimentado y guardaba celosamente en su interior.
El mineral, que constituía una fuente ilimitada de energía, conocimientos y almas, seguiría perdurando en el tiempo, esperando nuevas víctimas. El fenómeno volvería a repetirse con más civilizaciones. Las almas de los seres vivos a los que atrapaba y aniquilaba eran el secreto de su casi infinita energía. La propia raza humana se extinguiría a sí misma al mismo tiempo que buscaba cómo sobrevivir en aquel páramo helado que cubría todo el planeta.
Han pasado cien años desde la explosión de la aeborita en la Tierra. El planeta sigue siendo un lugar inhóspito y peligroso, donde solo unos pocos humanos logran sobrevivir con dificultad. La mayoría de los supervivientes se han marchado al espacio, buscando nuevos mundos donde volver a empezar.
Entre ellos se encuentra una joven llamada Anna, que viaja a bordo de la nave espacial Aurora junto con su padre, el Dr. Elías, un científico que trabaja para la Alianza Humana, la organización que intenta preservar lo que queda del legado de la humanidad y evitar que se repitan los errores del pasado.
La joven tiene una curiosidad insaciable por el conocimiento, y le encanta leer los libros antiguos que su padre le regala. Uno de ellos es un diario de un explorador que formó parte del primer equipo de expedición que descubrió la aeborita. El diario relata su descubrimiento en las montañas heladas, y cómo se dieron cuenta de la verdadera naturaleza del mineral conforme pasaba el tiempo y la guerra hacía estragos en la sociedad.
Tras leer los libros una y otra vez, Anna siente una extraña fascinación por la aeborita, y sueña con verla con sus propios ojos hasta que, un día, le pregunta a su padre si podrían visitar la Tierra, y ver lo que queda de ella.
Su padre se niega rotundamente, y le explica que la Tierra es un lugar prohibido, donde nadie puede entrar ni salir. Le dice que la aeborita sigue siendo una amenaza, y que nadie sabe dónde está ni lo que puede pasar si alguien se acercara a ella de nuevo.
Aunque los esfuerzos del Dr. Elías por explicarse son concienzudos, la joven no parece entender por qué tiene tanto miedo, y piensa que quizás hay algo más que no le está contando. Anna decide investigar por su cuenta, y descubre que ha surgido un grupo rebelde en la nave que planea volver a la Tierra y robar la aeborita para usarla como arma contra la Alianza Humana. La chica se siente tentada de unirse a ellos para ver con sus propios ojos el metal que tanto le intriga, pero no está dispuesta a hacer daño a nadie ni a ser desleal a la Alianza Humana, donde fue criada y tuvo una oportunidad de vivir, aunque fuera encerrada en una nave en mitad del espacio.
En esta encrucijada, Anna tiene que tomar una decisión: seguir a su corazón y dar rienda suelta a sus deseos de exploración, aunque ello signifique poner en peligro a los demás; o entrar en razón, seguir viviendo su vida como hasta ahora, ayudando a preservar lo que queda de la humanidad en el espacio, esperando a morir, quizá un día de anciana, entre las estrellas.
Capítulo 2: La facción rebelde
La nave espacial Aurora surcaba el vacío estelar, era un punto brillante en la inmensidad de la oscuridad cósmica. A bordo, la vida se desempeñaba en una meticulosa rutina, donde cada miembro de la tripulación cumplía su rol ordenadamente dentro de aquella nave de clase crucero. Entre ellos, Anna, cuya mente bullía en preguntas que no podían ser acalladas por la monotonía del viaje, al contrario, daban vueltas y vueltas cuando más monótona se volvía aquella rutina pacífica pero ya insoportable.
La curiosidad de Anna la había llevado a descubrir la existencia de un grupo clandestino dentro de la nave. Un colectivo que no se conformaba con la narrativa oficial de la Alianza Humana y que buscaba respuestas en la Tierra, el planeta prohibido. La joven sabía que debía actuar con cautela, pues cualquier paso en falso podría tener consecuencias impredecibles, pero no podía evitar que su cabeza oscilara continuamente entre una u otra decisión, si seguir apoyando a la Alianza Humana o unirse al grupo rebelde que le permitiría poner un pie en la Tierra que tanto quería explorar. Estos rebeldes de hacían llamar la “Mantis Boreal”.
Esa noche, mientras la mayoría de la tripulación dormía, Anna se escabulló por los conductos metálicos del sistema de ventilación que unía todas las salas de la nave y se dirigió hacia el lugar de encuentro de los rebeldes, donde había escuchado que iban a tener una reunión de urgencia. El rebote del sonido de sus pasos se mezclaba con el zumbido constante de la nave, un recordatorio de que estaba sola en su particular misión. Si la pillaban, iba a tener serios problemas.
La reunión se llevaba a cabo en una de las bodegas que estaban abandonadas, un espacio en desuso que ahora cobraba vida con las voces susurrantes de los conspiradores. Anna se ocultó detrás de unos contenedores, con su respiración contenida, mientras escuchaba.
Los rebeldes hablaban con fervor sobre la aeborita, aquel mineral misterioso que había sido tanto la salvación como la perdición de la humanidad. Discutían planes para regresar a la Tierra y reclamar el poder de la aeborita, convencidos de que podían controlarla y utilizarla para forjar un nuevo destino para los humanos.
Anna sentía una mezcla entre temor y fascinación. La aeborita no era solo un recurso; era la llave a los secretos de una civilización antigua y poderosa. Pero también era un recordatorio de la codicia y la crueldad que habían llevado a la humanidad al borde de la extinción. Su padre no había dejado de repetírselo y esa parecía la única verdad.
La reunión concluyó con un pacto silencioso entre los rebeldes. Anna, con el corazón palpitante, sabía que debía tomar una decisión y pronto. No podía unirse a ellos directamente, pero tampoco podía ignorar aquello que tenía dentro que la empujaba a escapar de la monótona vida entre las estrellas. Era como si la aeborita, en algún recóndito rincón de la Tierra, no dejara de llamarla. Decidida a encontrar una tercera vía, una que no implicara traición ni violencia, la joven regresó a su camarote, donde los antiguos libros y el recuerdo del planeta azul la esperaban.
Mientras la nave continuaba su viaje, Anna pasaba las horas sumergida en los diarios y textos antiguos la biblioteca. Cada página era una ventana a un mundo que ya no existía, cada palabra un susurro de la historia perdida de la humanidad. La joven se sentía como una detective, ensamblando las piezas de un rompecabezas que abarcaba siglos. El problema era que le faltaban muchas piezas y que no tenía el poder suficiente como para hacer de detective sin que nadie la limitase y le parase los pies en su investigación. No llamar la atención era muy difícil con tanta vigilancia y con su padre encima.
Un día, mientras exploraba una sección raramente visitada de la biblioteca de la nave, Anna encontró un mapa estelar antiguo. No era una sección prohibida, simplemente era rara porque había unos cuantos libros inconexos y aparentemente poco interesantes. Sin embargo, allí estaba ese mapa estelar que nadie parecía tener en su radar. Era una representación de la galaxia con anotaciones manuscritas, trazos que delineaban rutas y marcaban lugares de interés. Entre ellos, un sistema estelar desconocido llamaba su atención, marcado con el símbolo de la aeborita.
La joven se sentó en el suelo, rodeada de polvo y silencio en aquella parte olvidada de la biblioteca, y estudió el mapa. Las coordenadas del sistema estelar eran precisas, pero no había información adicional. ¿Qué secretos ocultaba aquel lugar? ¿Por qué alguien lo habría marcado en el mapa?
Anna sabía que necesitaba más detalles. Se acercó a la consola de navegación y comenzó a buscar registros sobre el sistema estelar. La información era escasa, pero lo poco que encontró la dejó sin aliento. El sistema estaba en una región remota, más allá de las rutas comerciales habituales. Los exploradores que habían llegado allí nunca habían regresado. Pero la información no era suficiente, como si alguien la hubiera borrado. Estaba intrigada y decidida a investigar más sobre ese sistema estelar. Quizás ahí encontraría respuestas sobre el origen de la aeborita y su conexión con la civilización alienígena. Estaba desesperada por saciar su hambre de conocimientos por el mineral maldito. Pero para hacerlo, necesitaría acceso a información restringida, algo que solo podría obtener con la ayuda de su padre o arriesgándose a aliarse con los rebeldes. De nuevo, volvía al punto de partida, la encrucijada que le obligaba a decidirse por un bando o el otro si quería avanzar.
Capítulo 3: El campo de asteroides
El tiempo en la Aurora parecía estirarse como un hilo de luz en el espacio. La Tierra, con sus montañas heladas y su aeborita enterrada y perdida tras causar el gran cataclismo, se convertía en un mito, una leyenda que se difuminaba en el recuerdo y que solo unos pocos rememoraban en el crucero. A nadie ya realmente le importaba el devenir del mineral, ni lo que le sucedió a la Tierra, pues ya era agua pasada, solo les preocupaba la preservación del status quo actual y futuro en el espacio.
Decidida a seguir avanzando, Anna se acercó a su padre, el principal científico de la Alianza. Le mostró el mapa y le explicó sus hallazgos. El Dr. Elías frunció el ceño, preocupado.
“Anna, ese sistema es peligroso”, le advirtió. “Se rumorea que está plagado de tormentas espaciales y anomalías gravitacionales. Las nubes radiactivas son comunes y las llamaradas de origen desconocido abrasan arbitrariamente los artefactos a su alcance. Nadie ha logrado explorarlo por completo.”.
Pero Anna no se dejó intimidar. La aeborita seguía llamándola. Si había respuestas en aquel sistema, ella las encontraría. Tenía que salir a buscarlas. No podía renunciar a su naturaleza.
Frente a esta situación que ya era insostenible, el padre de Anna cedió, puesto que el enfrentamiento con su hija por su obsesión con la aeborita iba cada vez a peor. Cuando más le prohibía que hiciera algo, más lo hacía, más investigaba, y más profundo se adentraba. Como sabio científico, sabía que confrontar continuamente sus ideas con las de su hija, algo que ya había hecho durante años, no era el método más adecuado para obtener un desenlace positivo. Sus esfuerzos por alejarla del mineral malditos habían sido completamente fútiles. Por tanto, su única opción era apoyarla y al mismo tiempo controlar sus acciones de cerca.
Con la ayuda de su padre, ahora de su lado, Anna convenció a la Alianza de autorizar una expedición, con un pretexto diferente al propósito real, que era descubrir más acerca de la aeborita. La justificación oficial que se le dio a la expedición era que se habían detectado unos recursos dignos de estudio para la prosperidad de la Alianza Humana en aquel recóndito lugar. Así, prepararon la incursión, y la Aurora se dirigió hacia el sistema estelar desconocido, atravesando el espacio interestelar con la esperanza de desentrañar el legado prohibido de la aeborita. Para una embarcación pequeña el viaje habría sido muy largo y un verdadero problema en cuanto a seguridad, pero para una nave de clase crucero de batalla como la Aurora, que poseía la tecnología del viaje rápido interestelar y estaba preparada para el combate, posicionarse en la órbita de aquel recóndito sistema solar ni defenderse ante las inclemencias suponían un problema.
Cuando llegaron, el sistema era más extraño de lo que habían imaginado. Las estrellas parpadeaban en colores imposibles, y los planetas giraban en órbitas erráticas. Llegaron a las coordenadas exactas, y mientras que lo que esperaban era encontrar más información, lo que descubrieron no era sino un fragmento de aeborita, que permanecía allí, incrustado en un asteroide gigante, con su brillo azulado más intenso que nunca. Anna estaba entusiasmada, nunca habría imaginado que podría ver el mineral de cerca sin tener que viajar a la Tierra a buscarlo, allí donde quiera que estuviera. Lo que descubrieron fue que ese lugar marcado con el símbolo de la aeborita se trataba realmente de un campo de asteroides lleno, probablemente, de yacimientos naturales de aeborita.
Anna y el Dr. Elías descendieron en una pequeña nave de exploración para estudiar el hallazgo. A medida que se acercaban al asteroide, sintieron una presencia, una conciencia antigua que los envolvía. La aeborita no era solo un mineral; era un archivo viviente, una memoria de la civilización alienígena que la había creado.
En la superficie del asteroide, la joven encontró inscripciones talladas en gigantes losas de roca. Eran símbolos desconocidos, pero su significado resonaba en su mente. La aeborita había sido creada para preservar el conocimiento de una raza moribunda, una raza que había aprendido a extraer la energía de las almas de los seres vivos para su supervivencia. Esta raza alienígena se llamaba “Heraldos” y en realidad no quería aniquilar a los seres vivos, ni destruir sus hábitats, pero esa era la única manera de alimentar sus organismos, que vivían en un sueño eterno dentro de la conciencia de la propia aeborita. La única manera de sobrevivir era extrayendo la energía de las almas de los demás seres vivos. Todos los fragmentos de aeborita estaban interconectados en esta especie de conciencia colectiva.
Anna miró a su padre, cuyos ojos reflejaban el mismo asombro. Sus rostros tenían dibujada la incredulidad personificada, pero lo que estaban viviendo era real. La aeborita no solo era una fuente de poder; era un ser vivo, o mejor dicho, albergaba lo que parecía ser la conciencia de una comunidad de seres vivos. No sabían hasta qué punto podían considerar o no a la aeborita como un ser vivo, pero ahora contaban con una información privilegiada de primera mano, de la propia fuente que produjo la casi extinción de la raza humana, hace cien años.
Capítulo 4: El santuario
La exploradora y el científico habían regresado a la nave. El cosmos se extendía impertérrito a su alrededor, como un lienzo de sombras y destellos. Anna, con la mirada fija en el vacío estelar, meditaba sobre el peso de sus descubrimientos. Ahora era responsable de un conocimiento que nadie más tenía, y debía elegir cuidadosamente qué hacer con ello.
Tras el descubrimiento en el asteroide, la nave había retomado su curso original, pero Anna se sentía anclada a aquel momento de revelación en conexión con la raza alienígena de los Heraldos. Las palabras de su padre resonaban en su mente, que le había hablado sabiamente sobre la aeborita. “Este mineral es más que un recurso, es una civilización que creíamos extinta. Puede que sea la raza más antigua existente en el universo. Se alimenta de los demás seres vivos, a los que les causa su propia destrucción, mientras otras civilizaciones ya destruidas resurgen a lo largo de los siglos. De alguna manera, actúan como un fuego que lo quema todo y deja que de las cenizas resurja la vida, para volverlo a quemar en el futuro.”
La decisión que Anna debía tomar era clara, pero no sencilla. La Alianza Humana, con su estructura rígida y su visión conservadora, no estaba preparada para manejar el poder de la aeborita. Ni si quiera podía confiar en que intentasen comprender su naturaleza. Los rebeldes, por otro lado, ansiaban ese poder sin importarles plenamente las consecuencias de su uso. Eran poco menos que una panda de matones y paletos descontentos a los que les sobrara fuerza bruta y les faltaba mucho de ingenio, que no pasaban de sus reuniones clandestinas y de sus pequeños saboteos. No llegarían muy lejos, así que eran una opción totalmente descartada. No tenía más remedio que actuar unilateralmente, como un lobo solitario.
Una noche, mientras la tripulación descansaba, Anna volvía a hacer una de sus escapadas por los conductos de ventilación. Esta vez se aventuró hasta la sala de control. La joven activó la consola y comenzó a trazar un nuevo rumbo, uno que la llevaría de vuelta al sistema estelar donde la aeborita aguardaba.
Su padre la encontró allí, con las manos trapicheando sobre los controles. “Anna, ¿qué estás haciendo?”, preguntó, su voz teñida de preocupación.
“Estoy tomando una decisión, padre”, respondió ella con determinación. “No podemos dejar que la aeborita caiga en manos equivocadas, ni de la Alianza ni de los rebeldes. Ambos bandos son completos ineptos, lo sabes perfectamente. La aeborita en sus manos solo causaría la destrucción una vez más. Debo asegurarme de que el mineral se gestiona con precaución y sabiduría. Y yo la tengo, papá. Tú me has inculcado tus valores. Supongo que este lado de mí que no puedes controlar me viene de mamá.”
El científico observó a su hija, viendo en ella la misma pasión que había impulsado a tantos antes que ella. También a sí mismo, y a su madre, a la que recordaba con cariño, ya fallecido hace años en una misión de exploración. “Entonces, ¿cuál es tu plan?”, inquirió.
Anna se giró hacia él con resolución. “Voy a establecer un santuario para la aeborita, un lugar donde su conocimiento pueda ser estudiado y protegido. Un lugar donde podamos comunicarnos con la raza alienígena de los Heraldos para llegar a un entendimiento mutuo. Ellos no quieren destruirlo todo, simplemente no saben o no conocen una forma de evitarlo sin poner en peligro su propia existencia. Si averiguamos una forma en que podamos usar la energía sin que ellos acaben devorando nuestras almas, podremos llegar a la solución que tanto ansiamos todo, ¿no crees?”
Su padre asintió, comprendiendo la magnitud de la tarea que Anna estaba dispuesta a emprender. “Haré lo que pueda para ayudarte. Pero deja los mandos, no hace falta que viajemos de nuevo al campo de asteroides de aeborita; como esta está interconectada con todos sus fragmentos a través de una conciencia colectiva, podemos construir el santuario aquí mismo, en la nave, y comunicarnos con los Heraldos a través del fragmento que ya recogimos”, dijo, uniéndose a su hija en la misión que definiría el futuro de la humanidad.
Anna se dio cuenta de que tenía razón, de hecho, era una gran idea. “De acuerdo, hagámoslo. Construiremos un pequeño santuario para la aeborita aquí mismo, en nuestra nave.”
Capítulo 5: El renacimiento
Juntos, padre e hija trabajaron en silencio, con sus corazones unidos por un propósito común. La decisión estaba tomada, y con ella, un camino lleno de incertidumbres y preocupaciones. Lo más importante era que nadie descubriera ni al santuario ni a la aeborita. Eligieron el propio camarote de Anna. Allí nadie miraría y podría estudiarla de cerca. Quizá, al estar junto a ella, podría establecer una conexión más intensa.
El santuario para la aeborita estaba en proceso de creación, un proyecto que requería no solo de su plena atención sino también su alma. Al estar más cerca del mineral, con toda seguridad, la energía de su alma sería la primera en ser extraída, pero debía arriesgarse. Ya estaba en una carrera contrarreloj, donde cada día perdido para la joven suponía no uno, sino varios días menos de vida, pero era un sacrificio que valía la pena hacer. Anna sabía que la tarea no sería fácil, pero estaba decidida a proteger el futuro de la humanidad, aunque fuera a costa de su propia vida.
Mientras la Aurora permanecía tranquila, apostada cómodamente en el espacio, un mensaje urgente llegó a la sala de control. Era una transmisión de la Tierra, una llamada de emergencia que decía que algo extraño estaba pasando, que se estaba regenerando y que debían aterrizar para verlo con sus propios ojos. La Alianza Humana había detectado una anomalía en el planeta desolado.
Anna sintió cómo su corazón se aceleraba. La Tierra, su otro gran enigma junto con la aeborita. Otro de sus puntos débiles en lo referente al estudio. Si bien estaba investigando la aeborita en el santuario que ya le había construido, no podía ignorar lo que estaba sucediendo en la Tierra. También quería estudiarlo... el planeta que en la Aurora ya casi nadie nombraba, porque que había quedado mentalmente en el olvido. ¿Qué habría ocurrido?
Con el beneplácito de la Alianza y a petición del Dr. Elías, en quien tenían fe ciega, la Aurora cambió su rumbo una vez más, dirigiéndose hacia el planeta azul y verde que una vez fue su hogar. A medida que se acercaban, las imágenes que recibían eran inquietantes. La Tierra estaba cambiando. La superficie agitada estaba transformándose a causa de una energía desconocida.
Al llegar, Anna y su padre se prepararon para descender. La atmósfera terrestre estaba turbia, pero menos que cuando ocurrió el cataclismo; y las nubes teñidas de un tono anaranjado, pero ya no tan rojizo como antaño. La nave de exploración atravesó la barrera atmosférica, y lo que vieron los dejó sin aliento.
La Tierra estaba renaciendo. Era increíble. Donde antes había desolación, ahora brotaban pequeños signos de vida. La vegetación se abría paso a través de las grietas, poco a poco, y algo de agua fluía limpia y clara. ¿Sería que la aeborita, en algún lugar oculto del planeta, estaba sanando las heridas del planeta, o no tendría nada que ver? ¿Había pasado el suficiente tiempo como para que el planeta se regenerase y sanase por sí mismo... acaso tenía esa capacidad? ¿Y el poder de la aeborita, estaba inactivo para permitir que la Tierra se regenerase?
Anna y su padre caminaron entre ruinas con una enorme expedición a sus espaldas para averiguar la naturaleza del fenómeno. Estaban maravillados por la resiliencia de la naturaleza.
Tras este renacimiento inesperado de la Tierra, tomaron muestras y la expedición volvió a la nave para verificar el fenómeno. Anna, por su parte, volvió al santuario para preguntarle a los Heraldos qué estaba pasando, si esto era obra suya.
Efectivamente, los Heraldos le explicaron que, tras un tiempo indeterminado después de explotar, la aeborita entra en letargo y sus efectos se inactivan, permitiendo que la vida volviera a brotar allí donde estuviera. Y no solo eso, sino que empezaba a liberar energía, poco a poco, la energía que le había robados a los seres vivos que había absorbido. Se trataba de una energía limpia, que no requería de más sacrificios. El problema era que, también tras un periodo que desconocía, la aeborita se reactivaba para repetir el proceso.
Con estos descubrimientos trascendentales, Anna sabía que este era el momento de actuar, de salir de las sombras. La humanidad tenía una segunda oportunidad, y ella sería la guía para asegurarse de que no se repitieran los errores del pasado. Con determinación, la joven y su padre, publicaron sus hallazgos y se los presentaron a toda la Alianza Humana. Querían unir, en un esfuerzo común, a la gente de la Aurora, a los supervivientes en la Tierra y al resto de colonias en naves espaciales pertenecientes a la Alianza que estabas desperdigadas por el espacio.
Anna tomó el micrófono y la presentación se transmitió por todo el universo donde el ser humano tenía presencia.
“Queridos amigos, ya conocéis nuestros hallazgos. La aeborita ya no representa un peligro en la actualidad. Ha entrado en letargo y nos proporcionará la energía ilimitada que tanto deseábamos. También hemos establecido una relación diplomática amistosa con la raza de los Heraldos y estamos trabajando con ellos para averiguar una forma de convivir que sea beneficiosa para ambos, que les permita vivir sin acabar con nuestras vidas. Tenemos tiempo, aunque no sabemos cuánto, pero esta es la oportunidad que todos esperábamos para renacer como humanidad junto con el planeta Tierra, nuestro hogar, que ya ha comenzado a regenerarse.”
Anna le pasó el micrófono al Dr. Elías. “Sí, efectivamente. Ya podemos comenzar con la terraformación. Es cierto que esta es una carrera contrarreloj para averiguar una forma de evitar un nuevo cataclismo, pero tenemos la tranquilidad de poder trabajar sin que la aeborita se alimente de nuestras almas. Si el mineral tardó un siglo en entrar en letargo, podemos asumir que puede tardos otro siglo o más en reactivarse. Si trabajamos con esa hipótesis, tenemos el tiempo suficiente para devolver a la Tierra a su antigua gloria y prepararnos para evitar que se repita la tragedia. El objetivo es seguir conseguir que la aeborita nos siga proporcionando energía sin que se reactive o modificando su reactivación para que esta no nos perjudique, mientras que pueda seguir siendo la fuente de alimento de los Heraldos. Hay mucho que hacer, pero podemos conseguirlo.”
A pesar de algunas voces disidentes, el carisma de Anna y la confianza depositada en el Dr. Elías resultaban suficiente garantía para conseguir un futuro próspero, al menos durante los próximos cien años, lo cual era lo que más le importaba a la Alianza, así que aceptaron apoyarles. Mientras estudiaban el mineral y gozaban de su energía limpia, reconstruirían la Tierra y fortalecerían su presencia en el espacio para aumentar sus opciones de supervivencia en caso de que se produjera otro cataclismo. El sacrificio de miles de millones de personas hace un siglo, la perseverancia de Anna, la sabiduría del Dr. Elías, la colaboración de los Heraldos y de la Alianza, más un poco de suerte... todo ello les habían llevado a este resultado prometedor que alentaba sus corazones. No podían desaprovechar esta segunda oportunidad en la que por fin tantas piezas se habían alineado en el tablero de juego. Ahora sí contaba con las piezas y con la potestad para liderar la investigación.
Una de sus primeras y audaces decisiones fue fundar una academia y establecer un estricto protocolo para interactuar con la aeborita, respetando la entidad dentro de ella. El santuario de la aeborita se trasladó a una nueva sala dentro de la academia, donde sería custodiada y protegida por el Dr. Elías y su equipo en la Aurora.
Capítulo 6: Unos siglos más tarde
Han pasado cien años después de que la Alianza Humana, los Heraldos, los supervivientes de la Tierra, Anna y el Dr. Elías se unieran con un mismo propósito. La Tierra se había transformado en un paraíso de cooperación y avance tecnológico, pero la sede de esta variopinta confederación se encontraba localizada en la Aurora. La energía de la aeborita había sido la clave para una era de prosperidad sin precedentes. Pero la paz y la armonía alcanzadas eran hasta cierto punto frágiles, sostenidas por la promesa de que la aeborita permanecería dormida. Poco a poco, la gente iba olvidando que todavía quedaba por resolver el principal problema.
La academia de la aeborita, fundada en honor a Anna y su padre, se había convertido en un crisol de culturas y conocimiento. Aquí, la próxima generación de científicos y diplomáticos estudiaba no solo la aeborita sino también las formas de vida que habían evolucionado en su presencia. La entidad alienígena, una vez un misterio, ahora era un aliado, compartiendo su sabiduría milenaria. Los hijos de Anna, la Dr. Zoe y el Dr. Ace habían heredado el propósito de sus padres, y seguían liderando la investigación.
Un día, durante la ceremonia del centenario, un fenómeno inesperado ocurrió. Mientras las distintas delegaciones observaban, la aeborita comenzó a emitir pulsos con una luz que no se había visto nunca desde que comenzó a estudiarse en la academia. La roca comenzó a perder su forma y a transformarse en una entidad. Los Heraldos se habían personificado y querían comunicarse a los humanos una visión profética: la aeborita estaba lista para entrar en la siguiente fase de su existencia, y con ella, la humanidad debía estar preparada para evolucionar.
El contacto constante con los humanos por más de cien años había transformado a los Heraldos, tanto física como espiritualmente y ello les había permitido adoptar una forma corpórea tangible. El Heraldo les comunicó que había evitado una nueva implosión al adoptar esta nueva forma y que, para mantenerse, lo único que necesitaba era viajar de una dimensión a otra, donde sus cuerpos se reiniciaban del desgaste al permanecer demasiado tiempo en una misma dimensión. Para ello les suministrarían los planos para construir los portales interdimensionales necesarios.
La noticia de este evento se extendió rápidamente, y la academia se convirtió en un hervidero de actividad. Las mejores mentes trabajaron juntas para interpretar el mensaje de la entidad y prepararse para lo que estaba por venir. La aeborita y la conciencia colectiva que la habitaba, les había ofrecido una solución a través de un vertiginoso salto evolutivo.
Bajo la guía de los descendientes de Anna, la humanidad se embarcó en un proyecto ambicioso: la construcción de una red de portales interdimensionales. Estos portales permitirían viajar a distancias inimaginables, explorar nuevas dimensiones y, quizás, encontrar otras formas de vida con las que compartir conocimientos y existencia. No obstante, su principal función era la de evitar el deterioro de los cuerpos de los Heraldos, que así por fin podrían vivir sin causar daño a nadie.
La segunda condición necesaria para alcanzar la solución en común pasaba por reconocer la plenitud de la vida de los Heraldos, que irían adoptando su nueva forma a partir de cada uno de los fragmentos de aeborita que estaban repartidos por el universo. Mantenían su conciencia colectiva, pero ahora también gozaban de una mente individual. Por lo tanto, los Heraldos necesitaban un hogar donde vivir con independencia de los humanos, con los que seguirían trabajando en beneficio mutuo.
Otros cien años más tarde, en el aniversario de la activación de los portales, la Tierra celebraba no solo su recuperación y consolidación sino también su nuevo lugar en la comunidad galáctica. Los Heraldos no mentían, no se había repetido el cataclismo. Siempre quedaría la duda de si en algún momento sucedería, pero lo cierto es que gozaban de energía ilimitada y seguían prosperando con su ayuda.
El paso del tiempo había demostrado que la aeborita, al despertar completamente gracias a las acciones de Anna y el contacto con la sociedad humana, en lugar de traer desastre, había traído unión, prosperidad y buenos propósitos en común. Los Heraldos habían tomado sus nuevas formas corpóreas y se les había cedido una parte de la Tierra para que pudieran vivir de manera independiente, pero a la misma vez conviviendo con los humanos. Ya se contaban por miles y gozaban de todos sus derechos como cualquier otra raza alienígena. Algunas personas estaban preocupadas porque los Heraldos cada vez eran más, tenían más poder y también necesitaban y querían más. En última instancia, los Heraldos les comunicaron que querían conocer el calor humano, esto eso, querían reproducirse realizando un cruce de especies. Esto levantó las alarmas de una buena parte de la población, aunque otros muchos estaban a favor. ¿Sería este un nuevo punto de inflexión para la humanidad?