Besos avispados
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Entre los ocho miembros de las dos familias, había una chica muy peculiar. Se llamaba Luna, y era una influencer de Tik Tok relativamente famosa, con unos cien mil de seguidores. Luna era una chica muy guapa, con el pelo largo y rubio, mechas verdes y ojos marrones teñidos de azul océano por las lentillas. Luna era particular sobre todo respecto a sus ideas en torno al amor y el matrimonio. Además, estaba obsesionada con encontrar a su media naranja, y creía que la mejor forma de hacerlo era probando, literalmente, a muchos chicos hasta dar con el adecuado. Probarlos física y mentalmente, pues una relación con luna era una yincana de pruebas constante. Otra de sus singularidades es que cada vez que salía con sus padres y amigos, si se fijaba en algún chico que le gustaba, tenía que lanzarse a besarlo sin previo aviso, para ver si había química. A veces lo hacía en público, otras en privado, pero siempre con la misma intención: encontrar un novio adecuado y más que probable marido con el que casarse y tener tres hijos, dos de ellos gemelos.
Esa tarde, en el cine, Luna había puesto sus ojos en Dam, el hijo de la otra familia de amigos con la que iban. Dam era un chico moreno, de estatura media y atlético, con el pelo rapado, barba moderada y unos ojos castaño-verdosos que cautivaban a cualquiera con su iridiscencia. Luna lo conocía desde hacía tiempo, pero no se veían desde hace varios años y nunca había sentido la inquietud de querer besarlo. Ahora tenía una oportunidad y le apetecía hacerlo, así que decidió que allí mismo, en el cine, era el momento.
Aprovechando una escena de acción en la que la pantalla se llenaba de explosiones y disparos, Luna se incorporó un poco de su asiento y se inclinó hacia el de Dam, que estaba a su lado. Sin decir nada, le plantó un beso en los labios, cogiéndolo por sorpresa.
Dam no supo cómo reaccionar. Estaba absorto con la película, pero de repente ese beso lo sacó totalmente de la escena. Luna le parecía atractiva, pero siendo la hija de los amigos de sus padres, tampoco la había mirado con los ojos de querer algo más con ella. Que le hubiera besado así... no entendía qué pretendía, delante de todos, sin ninguna explicación. Ahora le resultaría difícil seguir viendo la película. Luna no dejaba de mirarle y Dam solo podía devolverle una mirada de sorpresa.
¿Qué haces? - preguntó Dam, apartando a Luna con suavidad.
Estoy buscando novio- respondió Luna con naturalidad -. Y tú pude que me gustes. Así que tengo que catarte para ver si eres el elegido.
¿Cómo que catarme? ¿Qué quieres decir con catarme? - inquirió Dam, confundido.
Pues eso, probar tus besos, tu sabor, tu olor… - explicó Luna -. Así sabré si somos compatibles o no.
Pero Luna… - intentó protestar Dam.
Shhh… - lo interrumpió Luna -. No hables más. Solo bésame.
Y dicho esto, volvió a besarlo con pasión, sin importarle las miradas de los demás espectadores ni las protestas de Dam. Las madres de los dos jóvenes se dieron cuenta del beso, ya que eran las que más cerca estaban de ambos. Los demás no se dieron cuenta, quizá era porque las butacas estaban lo suficientemente separadas como para que salieran de su rango de visión, o estaban muy atentos a la escena de acción de la peli, o tal vez no les importaba en absoluto... Las madres, que sí se dieron cuenta, no sabían qué hacer ni qué decir.
¿Qué está haciendo Luna? - preguntó la madre de Dam a la madre de Luna.
No lo sé… - respondió la madre de Luna -. Es su forma de ser. Ella dice que quiere encontrar a su príncipe azul, y que para eso tiene que besar a muchos sapos.
¿Y no le has dicho nada? - insistió la madre de Dam.
Sí, claro que le he dicho. Pero no me hace caso. Dice que es su vida y que puede hacer lo que quiera - se lamentó la madre de Luna.
No sé... es que eso de ir besando a cualquiera que le guste, lo veo un poco inapropiado, aunque me agrada que se trate de Dam.
Ya, ya lo sé. Pero es que no me escucha… - se resignó la madre de Luna.
Las madres de Dam y Luna siguieron discutiendo en voz baja sobre el comportamiento de sus hijos, mientras que los demás miembros de las dos familias intentaban seguir viendo la película a pesar del pequeño revuelo de cuyo origen no eran conscientes.
La película terminó, y los ocho salieron del cine. La influencer había cogido de la mano a Dam, como si fueran novios, pues creía que había encontrado a su alma gemela, al parecer. Dam estaba confuso, pues no sabía qué pensar ni qué sentir, así tan repentinamente.
¿Te ha gustado la película? - le preguntó Luna a Dam.
La verdad es que no me he enterado de mucho - admitió Dam.
No importa. Lo importante es que nos tenemos el uno al otro - declaró Luna.
Eeeh, supongo… - dudó Dam.
¿Qué quieres hacer ahora? - propuso Luna.
Pues no sé… a ver que quieren hacer nuestros padres, ¿no? - preguntó Dam.
Ay no, que rollo. Podríamos ir a algún sitio tranquilo y estar solos - sugirió Luna.
¿Solos? ¿Qué quieres hacer? Hace muchos años que no nos veíamos... - se alarmó Dam.
Quiero seguir besándote, claro - respondió Luna.
Ah… - se quedó sin palabras Dam.
Los familiares los observaban con algo de preocupación. No les gustaba la idea de que se fueran solos, ni tampoco la actitud de Luna. Estaban pasando el día en familia y creían que no era adecuado separarse así. Dam y Luna podían quedar otro día tranquilamente y hacer el plan que quisieran. Decidieron intervenir.
Luna, Dam, venid aquí un momento - los llamó el padre de Dam.
¿Qué pasa? - preguntó Luna.
Vamos a ir todos juntos a un caserío que tenemos cerca de aquí - anunció el padre de Dam -. Es un sitio muy bonito y tranquilo, donde podremos pasar la noche y disfrutar de la naturaleza. Las dos familias hemos organizado este plan juntos. Allí podréis seguir hablando y conociéndoos y si realmente os gustáis, podéis quedar otro día. Nos parece bien que tengáis las hormonas revolucionadas, pero no queremos que hoy os vayáis solos a hacer otro plan distinto al que hemos estado organizando.
¿Un caserío? ¿Qué es eso? - se extrañó Luna.
Es una casa rural típica de Gerona - explicó el padre de Luna -. Tiene mucho encanto y está rodeada de montañas y bosques. Lo pasaremos bien.
Ah, qué bien - se ilusionó Luna -. ¿Y podemos ir Dam y yo solos?
No, no. Vamos todos juntos - aclaró el padre de Luna -. Si queréis allí podéis estar un rato a solas y hablar de vuestras cosas, pero después bajáis a estar con nosotros.
Bueno, vale - aceptó Luna -. Pero solo si podemos dormir juntos en la misma habitación.
Eso ni hablar - se opusieron ambos padres -. Los hermanos dormiréis juntos.
Bueno, pero papá… - protestó Dam.
Nada de peros. Es lo que hay. Cada uno con su hermano - sentenció el padre de Dam.
Los padres de Luna y Dam impusieron su autoridad y no hubo más discusión. Los ocho se subieron a los coches y, en unos 10 minutos, llegaron a su destino.
Llegaron al caserío al anochecer. Era una casa grande y antigua, construida con piedra y madera, con un tejado inclinado y varias chimeneas. Tenía un porche delantero con unas sillas y una mesa, y un jardín trasero con una piscina y una barbacoa. Estaba situada en lo alto de una colina, desde donde se podía ver todo el valle y el mar al fondo.
La casa era realmente acogedora y estaba bien equipada. Tenía una sala de estar con una chimenea, un sofá y una televisión, tres baños, una cocina moderna con isla central y en cuanto a las habitaciones, había cuatro, dos con camas dobles y dos con camas individuales. Había una habitación más con camas pero estaba un poco destartalada y una habitación para el esparcimiento.
Los ocho se repartieron las habitaciones según el criterio de los padres, que no permitieron que Luna y Dam durmieran juntos. Los matrimonios a las habitaciones de camas dobles y los jóvenes a las de camas individuales. Luna estaba enfurruñada por no poder dormir con Dam, pero tuvo que aguantarse. Igualmente sus habitaciones estarían muy cerca.
Tras dejar las maletas y cambiarse de ropa, todos se reunieron en el salón, donde había una chimenea encendida y un sofá grande y cómodo. Las ascuas crepitaban incesantemente de forma armoniosa, mientras las pizzas que habían comprado se calentaban. Pizzas para todos, una cena redonda para finalizar la tarde de cine y palomitas.
Después de lidiar con las lianas de queso fundido y con los bordes de pan que algunos no querían, las familias se sentaron a descansar en el sofá, mientras buscaban algo que ver en la tele y divagaban sobre uno y otro tema.
Luna aprovechó para sacar su móvil y grabar un vídeo para Tik Tok, contando lo que había pasado en el cine y lo que estaba haciendo en el caserío. También le mandó un mensaje cómplice a Dam, invitándole a “explorar” la casa y ver las habitaciones.
El chico recibió el mensaje y ambos se dirigieron furtivamente escaleras arriba. Los padres de Dam y Luna estaban pendientes de sus hijos, pero también querían relajarse y disfrutar de la noche. Así que decidieron dejarlos un poco en paz, siempre que no hicieran nada raro. Se pusieron a hablar entre ellos, recordando viejos tiempos y contando anécdotas. Al final nadie escuchaba la televisión, que se oía de fondillo.
Los otros dos hijos de las familias, que eran más pequeños que Luna y Dam, también estaban aburridos con la televisión. Se llamaban Zeli y Conor, y tenían 15 y 14 años, respectivamente. Eran muy amigos, y les gustaba jugar a videojuegos juntos. Estaban con sus Nintendo Switch, echando unas partidas al Fall Guys.
Los anfitriones e invitados al caserío pasaron lo que restaba de noche así, cada uno a lo suyo, disfrutando de la velada a su manera y sin prestar atención a nada más. Ninguno había percibido el zumbido que se escuchaba afuera, pero que se iba acercando cada vez más, pasando de un ruido blanco a uno sórdido y molesto que cada vez se hacía más intenso. Los niños se dieron cuenta de que algo no andaba bien. Estaban tan concentrados en sus juegos que fueron capaces de identificar aquella intromisión auditiva que perturbaba ligeramente sus nervios de acero.
Los zumbidos eran extraños y todos en la casa empezaron a buscar de donde venían, por si había alguna avería en casa o qué era lo que lo estaba provocando. Los sonidos parecían venir del jardín trasero.
¿Pero qué es ese ruido tan molesto? - preguntó el padre de Dam.
No lo sé… ¿No habéis encontrada nada por arriba? - respondió el padre de Luna.
No. ¿Habéis mirado por aquellos ventanales? Creo que no hemos salido a mirar al jardín todavía - dijo la madre de Dam.
La madre de Dam se levantó una vez más del sofá y se acercó a un gran ventanal que daba al jardín. Lo que vio la horrorizada. Había un enorme enjambre de avispas, que parecía una nube, intentándose colar por casa. Cuando la vieron, intentaron golpean el ventanal para atravesarlo, como si esa nube de avispas se concentrara en un poderoso puño de acero. Pero no era suficiente, al fin y al cabo, no eran un rinoceronte, solo un puñado de avispas enfurecidas por algún motivo. No había peligro mientras no entrasen. Pero lo que vio a continuación no solo la dejo horrorizada, sino también helada de miedo. Al mirar más allá y en el oscuro cielo, vio unas sombras grandes. No eran normales. Eran avispas gigantes, del tamaño de un gato o un perro, con unas patas peludas y unas mandíbulas afiladas. Eran como una mezcla entre avispas y arañas, tenían una forma extraña con unas patas y un cuerpo asquerosamente amorfo y amenazante.
¡Dios mío! - exclamó la madre de Dam.
¿Qué pasa? - preguntó el padre de Luna.
¡Hay unas cosas enormes volando afuera! Y avispas, muchas avispas. Parecen estar como locas.- gritó la madre de Dam.
Los demás llegaron corriendo de todos los rincones de la casa al escuchar los gritos. Se reunieron en el salón y se acercaron a los ventanales. Había mucha oscuridad porque el jardín no estaba iluminado, pero con la luz de dentro de casa podían verse aquellas figuras obsesionadas por entrar en casa. Las más grandes comenzaron a acercarse y a golpear también los ventanales. Estaban siendo atacados... invadidos. Más y más fueron posándose en las ventanas y en las paredes de la casa. Aparecieron por más ventanas.
¿Qué son esas cosas? ¡Me dan miedo! - preguntó Luna.
Pero qué… - respondió Dam.
¿De dónde han salido? ¡Tenemos que tapar todos los huecos por donde puedan entrar! - preguntó Zeli.
Como en un minijuego… - respondió Conor.
Los padres de Dam y Luna se miraron con pánico. No sabían qué hacer ni cómo enfrentarse a esas criaturas. Intentaron llamar a la policía, emergencias... no contestaban. No tenían armas, pero corrieron a taponar posibles entradas, como la chimenea, y a bloquear los ventanales y las puertas con los muebles de la casa. Tenían que actuar, no había tiempo para esperar un posible rescate.
Estaban asediados y la única vía de escape eran los coches, pero estaban aparcados en el porche delantero, y no sabían si podrían llegar hasta él sin que las avispas-arañas los atacaran.
Tenemos que salir de aquí - dijo el padre de Dam.
¿Cómo? Estos bichos inmundos estan por todos lados- preguntó el padre de Luna.
Por la puerta principal. Es el acceso al porche delantero donde estan los coches aparcados. O vamos o de aquí no salimos. Esas cosas podría reunir el número suficiente como para romper las ventanas si siguen golpeando de esa manera - gritó alarmadamente el padre de Dam.
¿Estás loco? - se opuso el padre de Luna -. Está lleno. Nos van a matar.
No tenemos otra opción - insistió el padre de Dam -. Es nuestra única salida. Tenemos que intentarlo. Si nos quedamos aquí estamos muertos. ¿O es que crees que esos bichos se van a ir a la cama y nos van a dejar dormir tranquilos?
No parecen amigables, sino más bien enfadadas – dijo la madre de Luna -. No entiendo qué está pasando... pero tengo mucho miedo. Por favor, hacer algo.
Los padres de Dam y Luna discutieron un poco más, pero al final se pusieron de acuerdo. Decidieron que lo mejor era salir por la puerta principal, correr hasta los coches, y escapar del caserío. Era una idea arriesgada, pero no se les ocurría nada mejor. Para distraer a los bichos, les lanzarían agua y comida dulce y además irían protegidos con algunos abrigos, cojines y demás utensilios que pudieran evitar las picadoras. Apenas estaban terminando de prepararlo todo cuando las monstruosidades voladoras comenzados a agrietas los cristales.
Vamos, niños, coged vuestras cosas - ordenó el padre de Dam. Salimos ya, estan a punto de entrar.
¿Estamos todos listos? – preguntó el padre de Luna.
Todos asintieron, aunque estaban muertos de miedo. En un momento todo había cambiado. La búsqueda del amor de Luna había quedado paralizada y su canal de Tik Tok carecía de importancia. Zeli y Conor habían dejado sus juegos sin guardar partida y sus consolas estaban tiradas por el suelo. Dam había pasado de “explorar” la casa a querer escapar de ella desesperadamente y estaba fuera de sí.
Las dos familias se pusieron en fila, detrás de la puerta principal, preparados para salir. El padre de Dam iba el primero, junto con el padre de Luna y con las llaves de sus coches en la mano. Las madres iban las últimas, cerrando la marcha. Los demás iban en medio, cogidos de la mano. Luna agarraba tan fuerte a Dam que estaba triturando sus falanges y clavándole las uñas hasta hacerle sangre.
El padre de Dam abrió la puerta con cuidado, y miró afuera. Había una avispa-araña enorme ocupando toda la puerta, bloqueando el paso. Era más grande que las demás, del tamaño de una puerta. Estaba mirando fijamente al padre de Dam, como si supiera lo que iba a hacer. Cuando esta se acercó, el padre de Dam abrió la puerta de golpe, consiguiendo aturdir al bicho con un fuerte placaje perfectamente sincronizado.
No hubo más suerte en los encuentros venideros. A pesar de las protecciones y de la comida con la que habían intentado generar distracciones, no pudieron correr más rápido que sus atacantes para llegar a salvo a los coches.
Una avispa-araña le lanzó un aguijón venenoso al padre de Dam, y otra hizo lo propio con el de Luna, atravesándolos con facilidad y fatalidad. Ambos cayeron al suelo, muertos al instantes. Los demás gritaron horrorizados, pero toda iba rápido. Siguieron hacia adelante para tratar de coger las llaves y acceder al menos al interior de los coches. Ya no podían volver atrás, el caserío estaba infestado.
Los ataques no pararon. Las avispas se abalanzaron sobre los niños, Zeli y Conor, y sobre sus madres que intentaron protegerlos. En ese momento Luna, que tenía fuertemente agarrado a Dam, tiró de él para volver hacia atrás. Dam la miró, y entonces vio el pequeño almacén que había junto al porche y que estaba más cerca, donde no había ningún bicho todavía. Salieron disparados hacia éste y se encerraron dentro en la más absoluta y total oscuridad, paralizados por el miedo, eran incapaces de mover un músculo. Pero se abrazaron y permanecieron inmóviles. El zumbido exterior era la única nana que les arropaba aquella noche, entre lágrimas y sollozos, hasta que la debilidad, el sueño y la pena pudo con ellos.
Luna y Dam eran los únicos que quedaban vivos en el caserío. Los demás habían sido asesinados por las avispas-arañas, que ya se habían adueñado de la casa y de todos sus alrededores. Ya no había cuerpos que llorar, pues los habían devorado tras atacarlos sin piedad. Algunos habían muerto por el veneno de los aguijones, otros por las mordeduras de las mandíbulas, y otros por la enfermedad que transmitían las avispas-arañas, que se propagaba después de matar a las personas.
La pareja había logrado escapar ocultándose en aquel viejo almacén que por alguna extraña razón los monstruos habían ignorado. Algo debía de haberles repelido. El caso es que al amanecer, ya ningún ser vivo quedaba por el allí. El lugar había quedado devastado y así lo confirmaron Luna y Dam con sus propios ojos después de salir cautelosamente del almacén: no quedaba nada, ni sus familiares, ni comida. Todo estaba destrozado. Ya nada quedaba allí para ellos, solo enseres sin vida que les recordaban a sus seres queridos. Volvieron a llorar.
Abandonaron el caserío y bajaron de aquellas colinas por una zona boscosa, intentándose orientar camino a la ciudad. No estaban lejos, así que podían conseguirlo, si nada se lo impedía por el camino. Vigilaban el cielo continuamente y veían en la lejanía, pero con meridiana claridad, a aquellos seres monstruosos que iban de un lado para otro rabiosamente. La pareja avanzaba sigilosamente.
Tras una media hora andando, por fin divisaron la ciudad. Luna y Dam se detuvieron en la base de la colina que habían descendido, sin aliente ni fuerzas. El agotamiento físico y mental era extremo, pero el instinto de supervivencia les hacía resistir. Se abrazaron con fuerza, tratando de consolarse el uno al otro. Estaban solos, asustados y desesperados, pero tenían que seguir hacia adelante y llegar a la ciudad para pedir ayuda.
¿Qué vamos a hacer? - preguntó Luna, llorando.
No lo sé… - respondió Dam, temblando.
¿Por qué nos ha tenido que pasar esto? - preguntó Luna, sollozando.
Tenemos que llegar a la ciudad. Vamos - respondió Dam, suspirando y guardando silencio ante una pregunta que no tenía respuesta.
Estamos solos, nuestra familia... ya no está. Estan todos muertos... por qué... - repitió Luna, con la mirada perdida.
Tenemos que irnos de aquí - dijo Dam, con voz firme.
Estoy agotada. ¿A dónde? - preguntó Luna, con voz débil.
A la ciudad Luna, a la ciudad, es hacia dónde nos dirigíamos, ¿recuerdas? Tenemos que ir a cualquier sitio menos aquí. Creo que en la ciudad tendremos más opciones. Alguien debe saber lo que ha pasado. - respondió Dam, con voz decidida -. No podemos quedarnos deambulando ni escondernos en esta zona. Es demasiado peligroso y no tenemos comida ni donde descansar. No podemos dejar de avanzar ahora, esos bichos podrían detectarnos en cualquier momento.
¿Y si hay más avispas gigantes de esas al llegar? - preguntó Luna, con voz asustada.
Pues tendremos que esquivarlas o luchar contra ellas - respondió Dam, con voz audaz -. No podemos rendirnos ahora. Tenemos que seguir viviendo, por nuestras familias.
Dam trató de animar a Luna, y de animarse a sí mismo. Sabía que era una locura intentar escapar a pie, pero faltaba poco y no había más ni mejores opciones.
Luna claudicó ante los argumentos de Dam, y se levantó del suelo. Se limpió las lágrimas y se armó de algo de valor y orgullo. Sabía que todo esto era una locura, pero tampoco podía dejarse devorar por esos asquerosos seres y ya.
Se cogieron de la mano y siguieron bajando la colina, hacia el valle donde estaba la ciudad costera de Altea. No sabían lo que les esperaba allí. Lo que les aguardaba era más horror.
Altea estaba siendo atacada por las avispas-arañas mutantes. La pesadilla no terminaba. Diversas naves espaciales de última generación, que ninguna había visto nunca, intentaban escapar por el cielo, tanto naves de combate como de transporte. Pero muchas no tenían éxito y podía observarse el cielo lleno de estelas de fuego y naves cayendo en picado al ser derribadas por las gigantes nubes de bichos.
Las avispas-arañas habían llegado hasta la ciudad desde el mar, donde habían surgido de unas plataformas submarinas que habían sido construidas por una corporación llamada Génesis. Las columnas de bichos voladores se abrían paso desde canales marítimos cuyo origen Leo y Dam no alcanzaban a observar. La corporación Génesis era famosa por haber salido recientemente en los medios de comunicación hablando sobre sus contratos privados con armas biológicas. Ahora podían entender qué es lo que se llevaban entre manos... esta catástrofe podía haber sido evitada probablemente. La situación actual era que, en cualquier caso, la corporación había creado a las avispas-arañas como armas biológicas, pero habían perdido el control sobre ellas y ahora se habían rebelado y vuelto locas contra sus creadores y contra todos. Estaba como enfurecidas y parecía que solo querían cobrarse venganza contra la humanidad. Y comer. Querían devorarlo todo.
Los bichos habían invadido Altea, matando a todo lo que se movía. No había nadie que pudiera detenerlas. Ni el ejército, ni la policía, ni los civiles. Todos caían ante su furia, veneno y la enfermedad que propagaban. No parecía que hubiera alguien que pudieran ayudar a Luna y Dam.
Cuando llegaron a las afueras de la ciudad, se quedaron paralizados al ver el panorama y no sabía si retroceder o intentar ocultarse entre los edificios esperando encontrar algún tipo de ayuda, refugio o víveres. Tras pensarlo brevemente, decidieron continuar con su plan original, es decir, seguir hacia adelante. Veían refriegas entre enjambres de avispas y de personas. En realidad, les venía bien. Esperaban estos encontronazos fortuitos para avanzar. Era la única forma que habían encontrado de no ser comidos: utilizar a los demás como cebos. No intencionalmente, sino de una forma indirecta... solo estaban aprovechando las circunstancias.
La naves en el cielo seguían cayendo. La estelas de fuego asustaban. La ciudad también tenía focos de incendios virulentos y pronto sería un mar de fuego. El cielo parecía reflejarse en la tierra y vaticinaba solo destrucción. Algunas naves se estrellaban contra los edificios y el suelo, provocando explosiones y más fuegos. Dam y Luna veían cómo las personas corrían por las calles, gritando y llorando, buscando una salida o un refugio, al igual que ellos, sin éxito. Las avispas-arañas podían colarse por casi cualquier sitio. Y las pequeñas avispas normales también estaban a su servicio, como diminutos espías que antes era más o menos inofensivos pero que ahora se convertían en poderosos agentes de inteligencia para sus superiores gigantes.
Tan bonita que había sido Altea, con su mar, sus calles blancas, sus subidas y bajadas por la montaña llenas de magia y dulzura. Pero ahora solo había escombros. En las profundidades del mar, las instalaciones de la corporación Génesis se habían convertido en la guarida de aquellos horripilantes bichos. Las calles blancas se habían tornado negrizcas, como pasadizos de los que uno no podía escapar. Un laberinto de muerte y destrucción, con bajadas y subidas que solo eran la antesala de un nuevo peligro inminente.
Luna y Dam no sabían qué hacer ni a dónde ir, ni sabían dónde estaban exactamente, porque Altea se había convertido en una trampa mortal. Estaban atrapados en una ciudad en llamas, rodeados por los mutantes, sin medios de transporte que no fueran un amasijo ruinoso, ni medios de comunicación. Todo estaba caído y no funcional. Sin aliados, ni un plan más que el de sobrevivir como fuera.
Los jóvenes no separaban sus manos y corrían por las calles, esquivando enemigos y sorteando escombros, de la forma más sigilosa que podían. Ya había pasado entre una y dos horas desde la masacre del casería y todavía seguían vivos. O tenían suerte o simplemente tenían un instinto único para mantenerse con vida. A Dam, precisamente, no le agradaban mucho las avispas, y siempre andaba con un bote de insecticida a mano. ¿Sería este un castigo divino? ¿Cuántos botes de insecticida de tamaño industrial harían falta para acabar con esta plaga mutante? No sería mala idea, que rociasen la ciudad con algo así para exterminarlas, aunque fuera temporalmente. Porque la plaga no tendría fin si no dejaban de reproducirse y mataban... a la reina. Todos las colonias de avispas tenían una colonia, aunque fueran mutantes...
Al seguir avanzando, Luna y Dam llegaron a una especia de explanada que estaba siendo utilizada como aeropuerto. Había persona, que no paraban de luchar, manteniendo a raya a los enjambres. En este aeropuerto había varias naves espaciales de última generación, como las que habían visto en el cielo, que intentaban despegar y escapar del caos. Puede que esta fuera su única oportunidad para salir de allí. La última carta que jugar.
Entre las naves, se podía diferencia claramente que había tres naves de combate, armadas con cañones y misiles. Y otras cuatro naves de transporte, cargadas con personas y suministros que, a toda prisa, no paraban de subir.
Los jóvenes se detuvieron frente al aeropuerto, y se miraron con esperanza. Les pareció su única posibilidad de salir de allí, fuera a donde fuera, y de sobrevivir, aunque las probabilidad de ser derribados y unirse al resto de amasijos de sangre y metal de Altea fueran altísimas.
Se preguntaron si podrían colarse en alguna de las naves, y si habría alguien que pudiera ayudarlos. Decidieron entrar. Pensaron en presentarse, pero los militares llevaban un uniforme de corporación Génesis y pudiera ser que decidieran matarlos allí mismo o no les dejasen subir, los hicieran presos... los peligros eran demasiados. Así que optaron por colarse y arriesgarse a ser descubiertos, antes que revelar su presencia o que quedarse fuera expuestos a las avispas-arañas. Así que se acercaron a la valla del aeropuerto, y buscaron algún hueco por donde pasar. Les había ido bien solos hasta ahora, su suerte no tenía por qué cambiar.
Luna y Dam encontraron un hueco en la valla maltrecha, por donde cabían justo. Se metieron por el hueco, y entraron en el aeropuerto. Se encontraron con un caos de gente y vehículos, que se movían con prisa y nerviosismo. Había soldados, pilotos, técnicos, médicos, civiles… Todos trataban de subir a las naves o de ayudar a los demás.
Luna y Dam avanzaron por el aeropuerto, con cuidado. Se mezclaron entre el caos. Miraron a su alrededor, buscando alguna nave donde subir o algún sitio donde esconderse. No vieron nada. Todo estaba lleno y vigilado. Pero entonces un fuerte ataque de las avisparas-arañas hizo saltar todas las alarmas. La lucha se había recrudecido y todas las naves casi al unísono encendieron sus motores, como si alguien hubiera dado la orden de salir de allí inmediatamente, ante una destrucción total del reducto aeroespacial.
De repente, oyeron una voz que los llamaba.
- ¡Eh! ¡Vosotros dos! - les gritó la voz.
Luna y Dam se giraron hacia la voz, y vieron a un hombre vestido con un traje espacial, que los miraba con sorpresa. Era un piloto de una nave de transporte, que estaba a punto de despegar. Tenía el casco en la mano, y el pelo alborotado.
- ¿Qué hacéis aquí? ¡Subir ya, nos vamos! - les preguntó el piloto.
El piloto les tendió la mano, y los invitó a subir a su nave. La pareja de supervivientes no se lo pensó dos veces, y aceptaron su oferta. Era un milagro que alguien les ayudara.
Se cogieron de la mano del piloto, y subieron a su nave. Era una nave grande y alargada, con una cabina delantera y un compartimento trasero. Tenía unas alas plegables y unos motores gravitacionales potentes. Estaba pintada de gris plateado y bandas azules y blancas, con el logo de la Corporación Genesis. Había otras muchas personas en la nave de transporte, temblorosas y asustadas, al igual que ellos. Aunque, con el paso de las horas, Dam y Luna había comenzado a sentir el miedo como una emoción ante la que ya no sentían el pánico que anteriormente les entraba, sino como una emoción de alerta máxima que casi se había naturalizado, minuto a minuto.
Siguieron al piloto hasta la cabina, donde había cuatro asientos: dos delante y dos detrás. El piloto se sentó en el asiento del conductor, y les indicó que se sentaran en los de atrás. Les puso unos cinturones de seguridad, y les dio unos cascos con micrófonos. La nave estaba al completo.
- Poneos esto - les dijo el piloto -. Así podremos comunicarnos.
- Vale - dijeron Luna y Dam.
Se pusieron los cascos, y se ajustaron los cinturones. Estaban nerviosos. Iban a despegar. La nave ya había calentado motores. El piloto accionó diversos botones y los propulsores se pusieron a toda potencia. La nave se elevó del suelo, y se dirigió hacia la pista de despegue. Había otras naves que también intentaban despegar, pero algunas comenzaban a ser invadidas incluso antes de despegar. Pelotones de avispas se agolpaban por querer abrir una brecha en los casos de las naves.
El piloto esquivó a las naves que no estaban consiguiendo despegar y a las avispas-arañas, y aceleró por la pista. La nave ganó velocidad y altura, y salió del aeropuerto. Se dirigió hacia el cielo, donde había más de lo mismo.
El piloto maniobró conforme despegaba, tratando de evitar los ataques de las avispas-arañas. Tenía que llegar hasta la atmósfera, donde podría escapar al espacio exterior.
Luna y Dam miraban por las ventanas de la cabina, atónitos, observando cómo todo estaba siendo destruido desde una perspectiva cenital que jamás pensaron vislumbrar con sus propios ojos. Las naves seguían dejando estelas de oscuridad y rastros de combates perdidos. Columnas de humo bullían desde Altea. Las llamas iban y venían, entre los edificios derrumbados y la gente muerta. Veían cómo el mundo se acababa ante sus ojos. Hace nada disfrutaban de una película en el cine, donde su única preocupación eran las miradas que se posaban sobre un beso robado o si este sería suficiente para despertar la química necesaria.
La tristeza al ver aquel cascarón vacío que ahora era Altea era infinita. Por no pensar en lo que había sido del resto de ciudades y pueblos, del resto de países... ¿Qué es lo que habría sido de ellos? ¿Hasta dónde habría llegado aquella debacle? Todavía no podían creer que todo lo que conocían y querían se perdiera así, de la noche a la mañana, nunca mejor dicho. Al principio se sentían culpables por haber sobrevivido ellos y no los demás miembros de la familia, pero ese sentimiento pasó rápidamente, al darse cuenta, Dam y Luna, de que, simplemente, había tenido suerte y haber sobrevivido o no en aquel momento simplemente fue un resultado que perfectamente podía haber sido otro. Los culpables eran aquellas abominaciones, no tenía mucho más...
En aquel instante, oyeron un ruido que los alarmó.
- ¡Bang! - sonó el ruido.
Vieron que un grupo de avispas-araña había impactado contra el ala derecha de la nave, dañándola gravemente. La nave empezó a perder estabilidad y velocidad.
- ¡Mierda! - exclamó el piloto -. Nos han dado.
- ¿Qué pasa? - preguntó Luna.
- Esos bichos nos han golpeado el ala - respondió el piloto -. La nave está averiada. No podemos seguir volando.
- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó Dam.
- Tenemos que aterrizar - respondió el piloto -. Buscaré un sitio seguro donde hacerlo.
- ¿Acaso hay algún sitio seguro? - preguntó Luna
- No, la verdad - admitió el piloto -. Todo está en ruinas y en llamas. Pero tenemos que intentarlo. O aterrizamos como podamos o no lo contamos.
- ¿Y adónde vamos a ir? - preguntó Dam.
- Espera… - respondió el piloto -. Quizá al mar. Puede que haya alguna isla donde realizar un aterrizaje de emergencia.
- ¿Al mar? - se sorprendió Luna.
- Sí, al mar - confirmó el piloto -. Ahora que lo pienso... creo que corporación Génesis había desplegado un portaaviones, lejos de sus instalaciones principales. O eso es lo que había escuchado en una de las transmisiones que recibido hace un par de horas. Con un poco de suerte las avispas-arañas no habrán llegado allí, en mitad de la nada.
El piloto giró el timón de la nave, y la dirigió hacia el mar. La nave descendió por el cielo, sorteando los obstáculos. La nave iba perdiendo altura y velocidad, y se balanceaba de un lado a otro.
Todos se agarraron fuerte a sus asientos. El piloto miró por la ventana de la cabina, buscando un lugar donde aterrizar o al portaaviones. Consultaba el radar continuamente, intercalando su vista hacia el mar azul y brillante, salpicado de naves hundidas y de avispas-arañas ahogadas. Era espeluznante, pero el mar, como siempre había sido, guardaba algo de hermoso todavía.
Entonces el portaaviones apareció en la lejanía. El piloto comenzó a acercarse. A duras penas aguantaba el vuelo, pero las avispas que había en el ala habían desaparecido sin llegar a entrar. Podían realizar el aterrizaje de emergencia. Intentó aterrizar con suavidad, pero no lo consiguió. La nave chocó contra el portaaviones, recibiendo graves daños ambos.
El impacto fue brutal. La nave se partió en dos, pero el portaaviones resistía. La cabina se separó del resto de la nave, y quedó en el borde de la pista. El resto del cuerpo de la nave cayó en el mar y se hundió rápidamente, con todos sus pasajeros y suministros.
Luna y Dam estaban levemente heridos y aturdidos. El piloto estaba ileso y consciente. El resto de la tripulación de la cabina, bueno... unos parecían estar bien y otros... estaban muy mal. Luna se fijó en como uno de los copilotos colgaba del extremo de la cabina, sin una pierna y con el casco completamente abollado.
Los dos jóvenes y el piloto se reunieron y bajaron de los escombros metálicos. Hicieron pie en el boquete que la nave había dejado en el portaviones al estrellarse. Algunas personas había venido a socorrerles, pero no llevaban los colores de la corporación génesis, sino que iban de negro y rojo.
- ¿Estáis bien? - le dijo uno de los socorristas -. Casi destrozáis el barco. Con lo que nos costó conseguirlo. Si nos llegáis a hundir, adiós...
- Lo sentimos, ha sido una aterrizaje de emergencia - dijo el piloto. ¿Sois de Génesis o...?
- No, somos la RCA, la Resistencia Contra las Avispas. Hemos tomado este barco de Génesis para pararles los pies, pues son ellos los que han provocado toda esta tragedia.
- Yo trabajaba en Génesis, pero no estoy con ellos. Lo único que quiero es escapar de todo esto. - dijo el piloto.
- Está bien, pero necesitaremos vuestra ayuda. Ahora, queráis o no, formáis parte de la resistencia y necesitamos a todos para terminar con esto o no habrá donde huir ni ningún futuro para nadie. ¿Lo entendéis?
Los tres se miraron entre sí y asintieron.
- Vale, venir conmigo. Nos vamos a la luna. Allí tenemos una base secreta de la RCA - respondió el socorrista, con voz misteriosa -. Es un lugar donde nos organizamos y nos preparamos para luchar contra la Corporación Genesis y sus avispas-arañas. Este portaaviones es solo en enlace con el resto de nuestras bases. Pero nuestra base principal está en la luna. Por cierto, mi nombre es Rauw.
De esta manera, de nuevo, los cuatro se embarcaron en una nave mucho más pequeña, con algún que otro tripulante y mercancías, herramientas, materiales de construcción, etc. El viaje fue corto y directo, sin mayor peligro. Por fin... parecía imposible tener una travesía tranquila. Unos momentos de paz en mitad de aquella vorágine.
Llegaron a la luna y desembarcaron. Era una base subterránea, camuflada bajo la superficie lunar. Tenía unas antenas y unos radares, que detectaban cualquier amenaza. Había muchas naves y vehículos preparados y a la espera para cualquier acción. Estaba repleto de gente y había mucho bullicio.
Un equipo de rescate los recibió y atendieron las heridas de Dam, Luna y Rauw. Su estado no era malo para todo por lo que habían sufrido, pero tenían que pasarse por enfermería.
Rauw era el que mejor estaba. El piloto se reunió con el líder de la Resistencia, que lo felicitó por su hazaña de lograr salir con vida de la Tierra. El líder de la Resistencia, Casimiro, era un hombre mayor, que tenía una cicatriz en la cara y una mirada profunda y algo apagada. Era el que dirigía la lucha contra la Corporación Genesis y su ejército fuera de control de avispas-arañas.
El piloto le contó al líder de la Resistencia lo que había pasado en la Tierra, y cómo había escapado con Luna y Dam. A pesar de haber sido un piloto de Génesis, Casimiro le dio las gracias por haber salvado a Luna y Dam y no los juzgó por cualquiera fueran sus actos y funcione anteriores en Génesis. Se había unido a la RCA y había demostrado su valor y ayuda. Necesitaban ser prácticos y aprovechar los recursos existentes, no hacer leña del árbol caído.
Casimiro estaba preocupado por el estado de Luna y Dam. Sin más dilación, despidió a Rauw y le pidió que por favor recogiera a los jóvenes y se fueran a descansar a las habitaciones que les habían preparado. El futuro era incierto y duro. Debían reponer fuerzas para lo que les esperaba.
Rauw, Luna y Dam fueron a sus habitaciones. Eran habitaciones compartidas. El compañero de cuarto de Rauw era una mecánica llamada Lana, que estaba en rehabilitación por un accidente que sufrió en el hombro al reparar una nave, cuando un depósito de combustible le cayó encima, rompiéndoselo, aunque bien la podía haber aplastado de haberle caído unos centímetros más cerca.
En la habitación contigua estaban Luna y Dam. Echando la vista atrás... cuantas cosas habían sucedido, por cuánto habían pasado en tan poco tiempo... Después de todo, allí estaban, compartiendo habitación, el deseo cumplido de Luna de dormir con Dam. Aquel avispado capricho que se le antojó cuando apenas salían del cine y todavía no habían llegado al caserío que sería el comienzo de su pesadilla. Ella solo quería pasar un rato a solas con Dam... el hecho de que por fin lo consiguiera ahora, en aquellas circunstancias... era triste. Aun así, se sentía dichosa, por estar con él... por estar viva. Todos los números, las redes sociales, el qué dirán, el postureo... ¿Dónde quedada todo eso ahora? ¿Para qué le había servido? Nada le había sido útil, solo su suerte y seguir a Dam.
Y Dam, ¿qué haría él ahora? ¿Qué quería hacer? Dam observaba los muebles blancos de la habitación. La mesilla diáfana. El pequeño mueble empotrado. Le llamó la atención un bonito zapatero que había a los pies de la cama. Miraba las luces de las lamparillas. Parecía una cárcel del futuro. Bueno, estaban en la Luna, era el mobiliario lunar, aunque, sí, en cierto modo estaban encarcelados. Formaban parte de la RCA, que les había salvado. Ahora ellos tenían que contribuir y devolverles toda la ayuda prestada.
Era hora de dormir. Mejor dicho, no sabían qué hora era, pero sus párpados se cerraban. Dam estaba emocionalmente abatido. Tumbado en la cama, mirando al pálido techo. Antes de acostarse, Luna se acercó a él. A su lado, lo miró y le subió la sábana hasta que le cubrió el cuello. Le dio un beso en la mejilla. Y en ese instante, Dam reaccionó. Giró la cara, esperando otro beso, pero esta vez en la boca, cuando aún la de Luna no se había alejado. Y ambos se fundieron en un profundo beso. Un beso sanador y reparador para las almas de ambos.
¿Qué les pasará a Rauw, a Luna y a Dam? ¿Cuál será su nueva misión en la Resistencia? ¿Volverán algún día a la Tierra? ¿Habrá alguna esperanza para la humanidad?