La tribu del viento
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El poder lo corrompió. Ese poder, el mismo que había dado sabiduría por tantas generaciones, acabó con la tribu del viento. La tribu del viento vivía en las altas montañas, donde el aire era fresco y puro. Tenían una conexión especial con el elemento del viento, que les permitía controlar el clima, volar con arcaicas alas de plumas y comunicarse con los espíritus del aire. Eran una tribu pacífica y armoniosa, que respetaba la naturaleza y a las otras tribus.
Pero todo cambió cuando llegó el nuevo líder. Se llamaba Zephyr, y era el hijo del antiguo líder, que había muerto de viejo. Era joven, ambicioso y arrogante. Creía que la tribu del viento era superior a las demás, y que debía expandir su territorio y su influencia. No le importaba el equilibrio de la naturaleza, ni la paz entre las tribus. Solo le importaba el poder y aumentar la posición de su propia comunidad a cualquier coste.
Zephyr empezó a provocar guerras con las otras tribus, usando el viento como arma. Atacaba con tormentas, huracanes y tornados, destruyendo las cosechas, las casas y las vidas de sus enemigos. Los demás líderes trataron de razonar con él, pero Zephyr no escuchaba. Estaba cegado por su orgullo y su codicia.
La tribu del viento sufrió las consecuencias de sus actos. Muchos de sus miembros murieron en las batallas, o fueron capturados por las otras tribus. Los que quedaban vivían con miedo y resentimiento, odiando a su líder, pero sin atreverse a rebelarse. El viento se volvió frío y hostil, reflejando el estado de ánimo de la tribu.
Un día, Zephyr cometió el peor de sus errores. Decidió atacar a la tribu del fuego, que vivía en el volcán. Pensó que el viento podía apagar el fuego, y que así podría conquistar la tribu más poderosa de todas. Pero no sabía que el fuego también podía alimentarse del viento, y que el volcán guardaba un secreto.
Zephyr lanzó un ataque masivo, enviando una ráfaga de viento tan fuerte que parecía que iba a arrasar los cimientos del volcán. Pero el volcán no se dejó intimidar. Por el contrario, respondió con una erupción tan grande que parecía que iba a arrasar el cielo. Se decía que un mismísimo dragón vivía en las entrañas del pozo de lava, y que su rugido provocaba un cataclismo infernal. Una lluvia de lava, piroclastos, ceniza y humo cayó sobre la tribu del viento, que no tuvo tiempo de escapar. El viento se convirtió en fuego, y el fuego en cenizas.
La tribu del viento quedó totalmente calcinada y enterrada en cenizas. El vestigio de lo que fue permanecería allí, congelado en el tiempo, a la vista de todos, para recordar las consecuencias del egoísmo, la obsesión, la corrupción y la opresión.