Generosidad transparente
Share
El sol cada vez quema más. Wilbur, el albatros, lo sabe bien porque lo ha vivido en su propia piel. Durante meses no pudo beber agua porque el sol había secado todas las zonas a las que tenía acceso. Los ríos, los lagos, los manantiales, todo se había evaporado bajo el implacable astro rey. Después, solo fue cuestión de tiempo que el sol también le afectase. Su plumaje blanco se fue tornando rojizo, como si estuviera cubierto de sangre. Sus ojos se irritaron y le costaba ver con claridad. Su pico se agrietó y le dolía al abrirlo. Pensó en vivir felizmente sus últimos días, pero el amor por su familia hizo que no quisiera dejarse vencer.
Durante días, extendió sus alas en mitad del árido páramo y rogó al cielo que trajera la lluvia, aun a costa de su vida si era necesario. Sabía que era una locura, que el sol le castigaría con más fuerza, pero también sabía que era la única esperanza para su especie. Al final del primer día, su piel se quemó y empezó a desprenderse de su cuerpo. Al segundo día, sus alas se debilitaron y le costaba mantenerse en el aire. Pero al tercer día, la lluvia llegó.
Fue un milagro, un regalo del cielo. El agua cayó con fuerza, apagando el fuego que consumía la tierra. Los animales salieron de sus refugios y bebieron con ansia, llenando sus cuerpos de vida. Las plantas reverdecieron y florecieron, ofreciendo alimento y belleza. El arco iris se dibujó en el horizonte, como un símbolo de esperanza.
Todos se salvaron, pero Wilbur había perdido y sufrido mucho, aunque milagrosamente no murió. Se podían ver sus órganos internos, que seguían funcionando. Su corazón latía con fuerza, su estómago digería lo que podía, sus pulmones respiraban el aire fresco. Pero su aspecto era horrible, como el de un monstruo. Los animales de la zona le marginaron. Le temían, le rechazaban, le insultaban. Su familia, a pesar de estar agradecida, no quiso ser marginada también y se despidieron del albatros. Le dijeron que era un héroe, que habían hecho todo lo posible por él, que le querían, pero que tenían que seguir con sus vidas y dejarlo atrás.
Wilbur, a la puerta de su casa, volvió a mirar al cielo lluvioso y lloró. Lloró por su soledad y por el dolor que sentía, tanto física como emocionalmente. El sacrificio había merecido la pena por la comunidad de animales, que ahora podría seguir viviendo sus vidas felices, con abundante agua. Estaba triste y abandonado, pero al igual que no se dejó vencer en aquel entonces, ahora tampoco y emprendió su viaje lejos de allí, como el albatros vagabundo. No tenía un destino fijo, solo quería alejarse de todo lo que le recordaba su pasado. A partir de ahora, su objetivo en la vida sería ir allí donde la falta de agua fuera un problema e intentar ayudar a solucionarlo. Quizás así encontraría un sentido a su existencia, quizás así encontraría a alguien que le aceptara como era, quizás así volvería a sonreír.
Después de muchos años vagando por el mundo, la Diosa de los animales de la lluvia visitó a Wilbur. Le agradeció todo lo que hizo. La Diosa había estado muy débil, y con sus poderes mermados, no había podido traer la lluvia al mundo con normalidad. Como recompensa por todo el sacrificio de tantos años, la Diosa le imbuyó con el poder del agua bendita. Todas sus heridas sanaron, su cuerpo se reconstruyó y se tornó con un brillo y una aureola divina que lo hicieron el albatros más bello y divino del mundo.
Wilbur, ahora como el albatros renacido, se siento, por primera vez en mucho tiempo, egoístamente reconfortado. Pero este nuevo hálito de poder no cambió su vida, sino que siguió dedicándose a ayudar oficialmente a la Diosa de la lluvia de los animales como su adalid y vivió sus días con plena armonía y dedicación.