Flotando en el agua
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Así comenzó el “juego” de supervivencia más desafiante de su vida. Se lo tomó como un juego porque tampoco podía hacer otra cosa, y era mejor intentar disponer de una mente positiva. Sebastián tenía que mantenerse a flote el mayor tiempo posible, para que lo rescatasen, evitando hundirse en el agua y ahogarse. Para ello, tenía que superar diferentes “misiones” que se autoimponía para poner a prueba su fortaleza, su resistencia, su respiración, su gestión del estrés, el hambre, la sed y el cansancio. Debería tener en cuenta todos esos “parámetros” si quería tener las máximas posibilidades de sobrevivir. Cada misión le enfrentaba a diferentes retos, como capturar peces, esquivar posibles amenazas y tratar de buscar cualquier recurso a flote y señales de ayuda, como otras embarcaciones o incluso aviones.
Sebastián no se rendía y seguía luchando por su supervivencia. A medida que avanzaba en el “juego”, iba ganando experiencia, que le permitían mejorar sus atributos. Por ejemplo, aunque estaba cansado, había aprendido a nadar mejor y consumiendo menos energía. Afortunadamente llevaba consigo un chaleco salvavida y algunos víveres y primeros auxilios en él, por si ocurría una emergencia como la que estaba enfrentando.
Pero el “juego” no era solo una cuestión de habilidad, sino también de suerte. Sebastián nunca sabía qué le depararía el destino en cada momento. Podía encontrarse con un día soleado y tranquilo, o con una tormenta eléctrica y violenta. Las olas podían ser un gran aliado cuando estaban en calma, o significar su final. La corriente quizá podía arrastrarle hasta tierra o tragársele alejándolo todo lo posible de la civilización. También podía ser castigado con el ataque de tiburones o medusas o ser bendecido con bancos de peces que podría llegar a capturar con las pequeñas herramientas con las que contaba. Lo más importante era seguir flotando. Nunca dejar de flotar. Los niveles de salinidad parecía extremadamente altos, lo que hacía que el agua fuera más densa y pudiera sostenerse solamente con la acción pasiva del salvavidas. Solamente nadaba para dirigirse a un punto determinado, si tenía que huir por alguna razón en otra dirección o quería coger algo que estuviera flotando. De tanto en tanto se iba encontrando plásticos y restos de madera del naufragio, aunque no fueron muchos.
Sebastián pensó que el océano sería su casa hasta el final, pero nunca perdió del todo la esperanza de que lo rescataran. Después de tres días, vio en el horizonte una silueta familiar. Era su barco, que había sido reparado, estaba como nuevo, saliendo en su búsqueda. ¿Era aquello real o una alucinación? Sebastián no podía creerlo. El barco se acercó hasta él y un salvavidas le salpicó en la cara al caer a su lado. No era su barco, sino el de un pesquero que lo había encontrado. Estaba cerca de la costa y estaba salvado.