El agricultor de lava
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El grano pertenece tanto a los pobres como a los ricos. Los ricos pueden tener el grano, pero, ¿pueden los pobres tener el acero? Esa era la pregunta que se hacía Aaron cada vez que veía pasar a los soldados del rey, con sus armaduras relucientes y sus espadas flamígeras. Aron sentía una mezcla de admiración y envidia por esos hombres, que podían defender su honor y su libertad con el filo del metal.
Las armas ardientes se forjan a partir del corazón de un volcán. Eso era lo que decía la leyenda, que solo los herreros más hábiles y valientes podían entrar en la boca de la montaña de fuego y extraer el mineral más puro y resistente. Con ese mineral, se fabricaban armas poderosas y temidas hasta por los reyes, capaces de derretir cualquier escudo, incendiar cualquier carne y consumir las almas más débiles.
Existe un fenómeno mítico muy interesante, según contaba la leyenda. Las armas forjadas en el corazón del volcán arden en manos de cualquier noble, miembro de la realeza o persona rica, pero en manos de una persona humilde, estas armas brillan como el sol y derriban a sus enemigos. Eso era lo que descubrió Aaron el día que cambió su vida. Un día, mientras araba el campo, encontró enterrada una espada de aspecto extraño, con una hoja rojiza que no parecía apagarse y un mango de ébano oscuro. El joven la desenterró con curiosidad y la sostuvo en sus manos. Sintió un calor agradable y una fuerza inexplicable. Era una de las armas del volcán.
El granjero no sabía qué hacer con aquella espada. ¿Debía devolverla a los soldados del rey? ¿Debía esconderla en su casa? ¿Y si la usaba para escapar de su vida monótona? Mientras se debatía entre estas opciones, un grupo de bandidos atacó la aldea, saqueando las casas y matando a los aldeanos. Aaron vio cómo su padre y su hermana caían bajo las espadas de los malhechores. Lleno de rabia y dolor, empuñó la espada del volcán y se lanzó contra los enemigos. La mera presencia de la espada en sus manos iba calcinando a los bandidos según avanzaba. Aaron solo tenía que dirigir su resentimiento hacia estos, y ardían en llamar. Se abrió paso entre los cadáveres quemados y se enfrentó al líder de los bandidos, que llevaba una armadura de plata y una corona de oro. En realidad, no se trataba de bandidos, sino que ese hombre era el mismísimo rey y su guardia personal.
El rey reconoció la espada del volcán y cayó de rodillas. Se asustó como un niño de cuna. Sabía que solo un elegido de alma humilde podía manejarla. El rey intentó sobornar a Aaron, ofreciéndole riquezas y poder. La voz le temblaba. Pero el granjero de fuego, envuelto en las llamas de la espada, que no le quemaban, no se dejó engañar. Estaba claro que el rey era un tirano que oprimía a su pueblo y que había ordenado el ataque a la aldea, y seguramente a otras muchas. No merecía clemencia. Aaron levantó la espada y la clavó en el pecho del rey. El rey cayó muerto y la espada se incendió, cremando todo su cuerpo.
El granjero de fuego, como le comenzaron a llamar los superviviente del ataque, era totalmente inmune a las llamas. Había llegado a la cima del poder, en tan solo un día, al derrotar a un rey, o lo que es lo mismo, a todo un reino. Pero no le interesaba ocupar su trono ni obtener gloria. Solo quería vengar a su familia y a todos los de su aldea. Aaron apretó fuerte la empuñadura y acercó la espada a su pecho. Pensó en los fallecidos y en todos los que quedaban por caer. Echo a andar hacia adelante, persiguiendo una justicia eterna. No pararía hasta que el fuego pudiera volverle a quemar. Sus llamas no se saciarían jamás.