Cruce de catanas

Un samurái solitario vaga por las calles de la recién nombrada capital de Tokio. Su estilo de lucha es honorable, como el de un dragón que surca los cielos y desciende velozmente para proteger al pueblo llano.

Hace tiempo que debía haber abandonado el arte de la espada, pues los samuráis ya no podían portarlas, ¿ni defenderse? ¿Ni vengarse por los agravios del pasado? ¿Ni proteger a las clases sociales destrozadas por la guerra?

Ciertamente, los tiempos de guerra quedan atrás, pero los farolillos siguen tambaleándose de madrugada, como si las contiendas siguieran vivas, meciéndolos desde las sombras y los recuerdos semi olvidados.

Entonces las sombras se hacen realidad y un grupo de nueve zorros con catanas en sus fauces asaltan al samurái como nueve látigos temerosos de sí mismos y envueltos en un fuego lacerante.

Las cicatrices que dejan los hierros magullados de sus espadas se reflejan en el corazón de un joven guerrero que ya había dejado las armas y que llora en un día lluvioso que no es cualquiera.

El samurái yace de rodillas, esperando por un futuro sempiterno legado a las futuras generaciones a través del acero y la sangre. Un futuro que no conozca más el sufrimiento.

El samurái cae al suelo, derrotado por los nueve zorros que le han atacado sin piedad. Su espada se desliza de su mano y queda a unos pasos de él, inalcanzable. Su sangre empapa el suelo y se mezcla con la lluvia que cae sin cesar. Los zorros se acercan a él, dispuestos a darle el golpe de gracia, pero se detienen al ver que alguien más se interpone en su camino.

Es una mujer joven, vestida con un kimono blanco y verde y con cinto azul, que lleva una rara catana de doble empuñadura colgada a la espalda. Su cabello negro está recogido en un moño alto, a la par que deja caer una lustrosa melena por su espalda, que esconde parcialmente una de las empuñaduras de la catana. Sus ojos son de un negro verdoso intenso. Su rostro es hermoso, pero también muestra una determinación férrea. Se llama Sakura, y es la hija del samurái.

-¡Padre! -grita ella, corriendo hacia él-. ¡No te dejaré morir!

Los zorros se ríen con malicia, y uno de ellos le dice:

-¿Qué vas a hacer tú, niña? ¿Crees que puedes enfrentarte a nosotros? Somos los nueve zorros del fuego, los asesinos más temidos de Tokio. Hemos venido a vengarnos de tu padre, por lo que nos hizo hace años.

-¿Vengarse? ¿De qué hablas? -pregunta Sakura, confundida.

-No te hagas la inocente. Tu padre fue uno de los samuráis que nos traicionó y nos entregó al shogunato, cuando éramos aliados. Por su culpa, muchos de nuestros compañeros murieron o fueron exiliados. Nosotros logramos escapar, pero nos persiguieron de nuevo y finalmente nos ajusticiaron vilmente. Juramos que algún día volveríamos reencarnados a cobrar nuestra venganza. Y ese día ha llegado.

Sakura mira a su padre, que está inconsciente y apenas respira. No puede creer lo que dice el zorro, pero tampoco tiene tiempo de pensar. Sabe que debe defender a su padre, aunque eso signifique arriesgar su vida.

-¡No me importa lo que digas! -exclama ella, sacando su catana-. ¡Mi padre es un hombre honorable, y yo soy su hija! ¡No dejaré que le hagáis daño!

Los zorros se lanzan sobre ella, con sus espadas en alto. Sakura los recibe con valentía, moviendo su catana con destreza. El choque de las armas resuena en la noche, mientras la lluvia sigue cayendo.

Sakura lucha con todas sus fuerzas contra los zorros, pero pronto se da cuenta de que son demasiados para ella. Aunque logra herir a algunos de ellos, también recibe varios cortes y golpes que la debilitan. Los zorros la rodean y la acorralan, burlándose de ella y de su padre.

-¿Qué tal te sientes ahora, niña? -dice el líder de los zorros-. ¿Todavía crees que puedes salvar a tu padre? Es inútil. Él ya está muerto. Y tú también lo estarás pronto.

-No… no es verdad… -murmura Sakura, tratando de mantenerse en pie-. Mi padre… sigue vivo… yo… yo…

-No digas tonterías. Mira su cuerpo. No se mueve. No respira. No tiene pulso. Está frío como el hielo. Es un cadáver. Y tú serás el siguiente.

El zorro levanta su espada para darle el golpe final a Sakura, pero antes de que pueda hacerlo, algo lo detiene. Una flecha se clava en su brazo derecho, haciéndole soltar el arma y gritar de dolor. Los demás zorros se sorprenden y miran hacia la dirección de donde ha venido la flecha.

Allí ven a un hombre alto y delgado, vestido con un traje negro y una capa roja. Tiene el pelo blanco y largo, recogido en una coleta. Sus ojos son rojos como la sangre, y brillan con una luz misteriosa. Lleva un arco en su mano izquierda y una aljaba llena de flechas en su espalda. Es un ninja, un guerrero de las sombras.

-¿Quién eres tú? -pregunta el zorro herido, furioso.

-Soy el que va a acabar con vosotros -responde el ninja, con una voz fría y calmada-.

El ninja dispara otra flecha, que se clava en el pecho de otro zorro, matándolo al instante. Luego saca una tercera flecha y apunta al líder de los zorros.

-¿Qué esperáis? ¡Atacadle! -ordena el zorro, asustado.

Los zorros obedecen y se lanzan sobre el ninja, pero éste es más rápido y ágil que ellos. Se mueve como una sombra, esquivando sus ataques y disparando sus flechas con precisión. En pocos minutos, todos los zorros caen al suelo, muertos o heridos de gravedad.

El ninja se acerca a Sakura, que está inconsciente y sangrando. La toma en sus brazos y la mira con ternura.

-No te preocupes, valiente guerrera. Tú y tu padre estáis a salvo ahora. Yo os protegeré -le dice, acercándose a su rostro.

Luego se dirige al samurái, que sigue tendido en el suelo. Lo examina y comprueba que todavía tiene un hilo de vida. Lo toma también a sus espaldas.

-Vamos, viejo amigo. No te rindas todavía. Tienes que vivir por tu hija. Ella te necesita -le dice, con un tono de respeto y admiración.

El ninja se levanta y mira alrededor. Ve que hay un carro cerca, con un caballo atado a él. Lo desata y lo engancha al carro. Luego sube al carro a Sakura y a su padre, y cubre sus cuerpos con una manta. Se sienta en el asiento del conductor y toma las riendas del caballo.

-Vamos, tenemos que irnos de aquí -dice, mirando al cielo-. Pronto amanecerá, y no quiero que nos vean.

El ninja hace avanzar al caballo y se aleja de la escena del combate. Mientras tanto, la lluvia deja de caer y las nubes se disipan. El sol empieza a asomar por el horizonte, iluminando la ciudad de Tokio con sus rayos dorados.

Kuro, Sakura y su padre logran escapar de las calles de Tokio. Viajaron durante todo el día, buscando un lugar seguro donde refugiarse. Por el camino, se detuvieron en una aldea donde Kuro conocía a un médico experto que trató a los heridos. Sakura estaba mejor que su padre, que había perdido mucha sangre y estaba realmente débil.

Al caer la noche, encontraron un claro en el bosque donde acampar. Encendieron una hoguera, y se sentaron alrededor de ella. Kuro y Sakura se miraron con respeto y agradecimiento, mientras su padre dormía en el carro.

-Gracias por salvarnos la vida, Kuro -dijo Sakura, con voz suave.

-No hay de qué, Sakura. Lo hice por el aprecio que le tengo a tu padre -respondió Kuro, con voz sincera.

-¿Cómo supiste dónde estábamos? ¿Cómo supiste que los zorros del fuego nos iban a atacar? -preguntó Sakura, con curiosidad.

-Lo supe por mis contactos. Soy el líder de los ninjas de “Las Nubes Rojas”. Somos un grupo de revolucionarios con información sobre los movimientos del shogunato y sus aliados -explicó Kuro, con jactancia.

-¿Sois rebeldes? -inquirió Sakura, con sorpresa.

-Somos más bien un grupo de guerreros en las sombras, que actuamos contra el sistema establecido, aunque no nos autoproclamamos como rebeldes. Queremos restaurar el poder del emperador, y liberar al pueblo de la tiranía, y estamos en nuestro derecho. Los aldeanos pueden vernos como simples rebeldes, pero somos mucho más que eso -dijo Kuro, con pasión.

-¿Y por qué queréis hacer eso? ¿Qué te ha hecho el shogunato? -interrogó Sakura, con confusión.

-Me ha hecho mucho daño, a mí y a todos. A tu padre. Nos ha quitado a nuestras familias, amigos, tierras... Nos ha obligado a vivir en la oscuridad y a luchar. Me ha convertido en lo que soy, algo de lo que no siempre me siento orgulloso -contestó Kuro, con amargura.

-¿Y qué eres tú? -preguntó Sakura, con interés.

-Solo soy un ninja. Un guerrero de las sombras, como te he dicho. Un hombre sin nombre ni destino -respondió Kuro, con melancolía.

-No digas eso. Tú tienes un nombre y por lo que parece, un destino muy importante que compartes o compartiste con mi padre -dijo Sakura, con cariño.

-¿Ah sí? ¿Cuál es mi nombre? ¿Cuál es mi destino? -preguntó Kuro, con ironía.

-Tu nombre es Kuro. Tu destino es ser libre. Nos has salvado a nosotros y nos has dado libertad. Creo que puedes ayudar a más gente y estoy segura de que es lo que mi padre querría -dijo Sakura, con franqueza y ternura.

Sakura le sonrió a Kuro, y le apretó la mano. Kuro le devolvió la sonrisa y el gesto. Se sentían cercanos el uno al otro, como amigos.

-Pero hay algo que debes saber -dijo Kuro-. Tu padre fue el que nos entregó al shogunato hace años. Él fue el que causó nuestra desgracia.

-Lo sé -dijo Sakura-. Es lo que dijeron los zorros, pero no les creía...

-Es la realidad, pero tu padre tenía sus razones, ¿crees que podrás perdonarle? Él es una buena persona, de otra forma yo no sería su amigo ni se me habría pasado por la cabeza, ni por un segundo, el salvarle la vida.

Los dos se miraron a los ojos profundamente y llegaron hasta lo más hondo de su ser. Sus almas plateadas por los reflejos de las estrellas se comunicaban, se entendían. No hacía falta añadir nada más. Kuro sabía que Sakura ya había perdonado a su padre y estaba dispuesto a apoyarlo incondicionalmente. Y Sakura sabía que este nuevo aliado, capaz de perdonar una traición, sería una pieza clave en sus vidas, para su supervivencia y para el futuro de Tokio.

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