Azul soñado, azul odiado
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Soy Mirlo. Y esta es otra noche más.
Cuando miro a lo alto, veo un cielo heptagonal. Sus ojos se posan en mi frío corazón. Sus manos brillan y construyen una ciudad de recuerdos en mi mente. No importa donde estés, llegaré a ti- dice una voz.
En esta ciudad hay algunas reglas egoístas, pero a mí no me importan. No quiero que me vean como alguien que se ha dado por vencido, por eso tengo que aparentar que soy fuerte. En este retorcido mundo, otros mandan sobre mí.
Veo demonios explosivos, de cuernos verdes, múltiples alas blancas y anillos de metal, cuya cara está partida en mil pedazos. El pelo rojizo de estos demonios se parece al mío, pero no tenemos nada que ver. Trato de recorrer esta ciudad solo, lejos de ellos, pero llego a una escalera rota. Desde el otro lado veo el final del camino, pero la oscuridad se expande hasta donde alcanza la vista y tengo que caminar solo, soportando la tristeza de no caminar junto a mi amada. Y sigo recorriendo en silencio, noche tras noche, las cortinas de este escenario. Anhelo el día en que encuentre a la persona que quiero proteger.
Mientras tanto, tengo que buscar otro camino. Trato de tragarme el peso de las palabras irreflexivas que llegan a mi mente y sigo caminando, sudando mi propia confianza hasta agonizar y tener ganas de huir. La salida no está tan lejos como soñé. Tengo ganas de montar un alboroto sin importar lo que piensen los demás y sonreírles diciéndoles que en realidad no he pasado miedo.
Un hombre con sombrero a rayas verdes y blancas, pelo rubio y capa negra, me recibe. Es un amigo valioso. Le prometí que le llevaría la melodía salvaje de la aventura, y así lo he hecho. Sin embargo, ahora que he vuelto, un sinfín de flechas azules esperan para juzgarme, ya que me he saltado algunas de las reglas de esta ciudad.
Tres nubes blancas de humo me empujan hacia el recinto en el que voy a ser juzgado. En un pupitre dorado me espera la sentencia, donde una increíble mujer de cabello marino y rostro cadavérico ansía mi llegada. Dice que he volado demasiado lejos, que he jugado con las cuerdas negras de la noche. Dice que tengo un agujero en mi corazón. Las flechas azules se clavan en mi piel y quedo tejido en una red en la que solo soy una marioneta lastimada que escucha los desvaríos de unos pobres jueces anclados en siglos de historia pasada de moda.
He pasado la noche en vela, pero al fin ha amanecido. Necesito mi chaqueta y mis gafas. No puedo salir sin ellas ni sin mi blanqueador de dientes. Una, dos y hasta tres veces escucho la campana que llama al desayuno. A pesar de que el almacén ardió hace unas semanas, no soy estúpido. Sé que en la época en la que vivimos nada desaparece así como así. Se sigue escuchando el eco de la campana. El agua empieza a fluir. Me alegro al ver que las flores han amanecido también. Las flores jamás conocerán mis sentimientos, pero me gusta compartirlos con ellas antes de que desaparezcan junto con mis pensamientos.
Al salir de casa, la luz del sol está justo al otro lado. Me abro paso corriendo entre los matorrales y el barro. La suela de mis zapatillas se queda marcada en todas direcciones. Es divertido ver girar el mundo mientras corres hasta caer rendido en la paja. Mi pelo rojizo se confunde entre el barro. Ahora tendré que volver a lavar mi ropa preferida, pero vale la pena, no necesito más riquezas ni tesoros, solo momentos como este.
A decir verdad, hay algo a lo que no puedo renunciar. A mis amigos y a mi novia. Sin ellos, mi vida sería muy distinta. Cuando tengo problemas solamente tengo que sintonizarlos con ellos y la música cambia de ritmo. Mi mejor amigo es Buta, un fanático de los sombreros. El que más le gusta es uno a rayas verdes y blancas. Es fácil coger el timón de las situaciones difíciles cuando tienes a alguien como él, que te escucha con entusiasmo. Juntos recorreremos la vida y encontraremos las cosas que deseamos, aunque en algún momento tomemos caminos distintos. Se trata de lanzar al aire las monedas de nuestros bolsillos y esperar a que siempre salga la cara que queremos.
Hoy voy a coger un crucero. El día es deslumbrante. Será complicado llegar hasta el puerto. Puede que tenga que abrirme paso a puñetazos entre aquellos que no quieren que deje el pueblo. Ninguno de ellos tiene la voluntad suficientemente como para impedir que lo consiga. Por más que me corran, puedo bostezar mientras se esfuerzan en vano.
Hay un gran oleaje. La espuma se acumula al final de cada ola, en una explosión de agua que imita a la anterior y que desborda a la siguiente. Estoy algo abatido por lo que sucedió anoche. Tengo que zarpar antes de que el sol vuelva a caer.
Por fin estoy a bordo. Buta ha venido a despedirme. Ya puedo balancearme en las olas del mar. Mis amigos se desesperarán ante mi ausencia, pero no tengo otra opción. La puerta al horizonte se ha abierto. También las puertas de mi camarote, donde tomo una pequeña siesta. Se pueden ver algunos delfines desde la ventanilla. La arena se ha estado alejando desde hace rato. Puedo ver la figura de un pequeño perro recorriendo la orilla, pero ya no veo a mis amigos.
Creo que es hora de busca un sitio en el que comer un buen chuletón, tengo tanta hambre que me comería un buey. En este crucero tan grande algo así de rico tiene haber. No se puede desprestigiar semejante estela con un servicio de cocina penoso. Estoy tan contento que chasquearía mis pies en un salto, pero no sé hacerlo. Al final lo único que puedo permitirme es una brocheta asada de setas, beicon, cebolla y pepino, ya que he gastado todos mis ahorros en el viaje. El chuletón tendrá que esperar, de todas formas, tampoco había.
Estoy de vuelta en mi camarote. Alguien llama a la puerta, ¿quién será? Un hombre con una nariz muy larga y un pañuelo naranja en la cabeza abre la puerta. Viste una camiseta blanca abierta.
- Hola chaval, ¿qué haces? Parece que te has separado de tu gente. Puedo verlo a través de mi catalejo- dice el hombre, sacando su artilugio para echar un vistazo más de cerca.
- No creo que puedas ver muy lejos con ese cacharro, ¿quién eres?
- Solo soy una persona que busca fama, riqueza y poder. Muchos hombres buscan algo así, pero yo he reunido todas las piezas del puzle para conseguirlo; si no, sería una pérdida de tiempo. Mira, tengo una brújula para no perderme, ¿quieres ayudarme a descifrar el puzle?
- Muy bonita la brújula. Espero que tengas suerte en tu búsqueda, pero no me interesa. Yo también estoy buscando algo y no puedo perder el tiempo.
Puedo ver en su apariencia, que este hombre está muy emocionado. Su mirada cortante atraviesa virtualmente este barco. Durante unos instantes, el hombre permaneció en mitad de la puerta, callado y sin mediar una palabra más, se fue.
Son ya varias horas de viaje. Casi van a ser las nueve. Está a punto de suceder de nuevo. Desde hace un tiempo, cuando cae la noche, todos los días a la misma hora, desaparezco tal y como se me conoce en este mundo. Busco una luz que nunca he visto, pero no puedo abrir los ojos. Cuando me despierto estoy en esa ciudad. La ciudad de las reglas egoístas. Y no soy bien recibido.
La primera regla de esta ciudad es que no se puede escapar y la rompo automáticamente. No sé ni cómo entro ni como salgo, pero es una realidad que no puedo desmontar por más que piense. Intento llevarme a este oscuro lugar el sol cálido de mi tierra, pero me siento como el ancla que no llega al fondo del mar, en un bote que desea tomar tierra.
Estoy en un aprieto. La noche anterior fui juzgado y sentenciado. Me reúno con Morgana, la mujer de pelo marino, para que dé comienzo mi castigo. Viste una túnica de azul cobalto con un cinturón marrón grabado y hebilla arcoíris. En sus ojos huecos se refleja su odio hacia mí. Me pone los pelos de punta. Aunque solo es un amasijo de huesos, de alguna manera puedo imaginarme su rostro y ver su expresión amargada, escalofriante y... bella.
- Bienvenida, pequeña rata. Como cada noche, te empeñas en perturbar la paz de este mundo, pero yo acabaré con tu pequeña fiesta. El castigo de hoy es una carrera, ¿te gusta correr?
- Me encantaría, pero tengo mejoras cosas que hacer.
- Me alegro, pero no me importa. Vas a correr, te guste o no, ¿disfrutas con solo imaginarlo? Yo sí. Es una carrera muy especial. Como para ti la vida es una aventura, en esta carrera mueres cuando alguien te adelanta, ¿a qué es divertido?
- Divertidísimo.
- ¿Puedo cortarte? Quiero ver si de verdad tienes sangre en las venas o se te ha secado.
El hambre de esta mujer es insaciable. Siento su ritmo, sus ansias de sangre. Está vibrando de emoción, pero no se la daré. Un hombre con cara de reno, con un cincuenta y seis dibujado en la cara, una camisa rosa con lunares verdes y una bandolera marrón, me hace entrega de las instrucciones. Las reglas de la carrera. Primera regla: si otro corredor da una vuelta completa y te adelanta, mueres. Segunda regla: si sales del camino marcado para la carrera, mueres. Tercera regla: no hay más reglas.
Una trampilla se abre bajo mis pies y caigo a un vacío oscuro. La carrera ha empezado. Hay un camino iluminado con banderillas de colores. En estos momentos me pondría a hacer pesas. Es mi forma de descargar tensión. O haría surf con mi flotador de estrellitas blancas y rojas. Eso sería divertido, pero ahora estoy aquí y tengo que encontrar la forma de salir. No tengo más remedio que correr y ganar esta dichosa prueba si quiero encontrarla a ella. A Sofía, mi novia. Hace dos años que desapareció en circunstancias extrañas, exactamente en las mismas en que me desvanezco cada noche desde que ella ya no está y aparezco en esta ciudad infernal, ¿tendrá alguna relación? Debe tenerla, por eso sigo aquí.
Se escucha un pistoletazo de salida. Solo he alcanzado a ver el camino iluminado, mientras el resto del espacio permanece oscuro. Pronto mis ojos se acostumbran y detecto otras cuatro siluetas más. Somos cinco participantes, pero ninguno se ha movido de su sitio todavía. La meta, también iluminada, está formada por una línea de tridentes sujetados por patos de goma naranjas con sombreros de bandas azules. Estoy seguro de que esta idea macabra y excéntrica a partes iguales viene de mi maquiavélica amiga de pelo marino, que me estará observando en estos momentos con la boca chorreando saliva.
- Amigos, si no queréis morir, escuchadme un momento. Todos estamos en la misma trampa.
Un hombre con cara de lagarto se ha dirigido hacia todos nosotros. El hombre tiene escamas rosadas y una cresta de pelo verdoso que le llega hasta el entrecejo. Viste con un poncho rojo de flecos aterciopelados y unas cuerdas enrolladas por el cuerpo. Me pregunto si deberíamos escucharle, si es un participante como yo o si forma parte de la pantomima de este maldito juego.
Todavía nadie se mueve, porque para eso alguien tiene que dar una vuelta completa y adelantar a otro jugador. Lo bueno es que podemos pararnos, no es obligatoria estar en constante movimiento y gracias a eso podemos pararnos un momento a hablar.
De alguna forma, la línea de salida en la que nos encontramos se ha vuelto más iluminada que antes. El sonido del pistoletazo de salida queda ya exiguo en el recuerdo.
- ¿Qué quieres decir con que estamos en la misma trampa? -pregunta una mujer con voz de flautilla. La mujer tiene el pelo blanco y rizado, los ojos azules y una nariz respingona. Viste con un vestido de flores y unas zapatillas de sport. Es una señora más bien mayor.
- Quiero decir que esto no es una carrera normal. Es una trampa mortal. Si cruzamos la meta, moriremos todos. -responde el hombre lagarto.
- ¿Cómo lo sabes? -pregunto yo, intrigado.
- Lo sé porque he estado aquí antes. Varias veces, de hecho. Y he ganado todos los juegos. Cada noche, cuando me duermo, aparezco en este lugar diabólico y me someten a una prueba, que unas veces es nueva y otras se repite, pero siempre con el mismo objetivo: matarnos a todos.
- ¿Y cómo has sobrevivido hasta ahora? -pregunta otro hombre, con voz grave y acento extranjero. El hombre tiene la piel morena y el pelo negro y corto. Viste con un traje negro y una corbata roja. Un pañuelo azul claro sobresale del bolsillo de su chaqueta. Habla como un ejecutivo de alto nivel.
- He sobrevivido porque he descubierto el secreto de los juegos a los que he jugado y, por suerte, se han repetidos varios de ellos. En este sé la forma de escapar, pero tampoco es fácil. Hay que encontrar la llave que abre la puerta de salida, que está oculta en algún lugar de este sitio. Y hay que hacerlo antes de que se acabe el tiempo, porque si no, todo explota. Tenemos una hora.
- ¿Pero dónde puede estar la llave? -pregunta la última participante, con voz dulce y nerviosa. La chica tiene el pelo rubio y largo, los ojos verdes y una boca pequeña. Viste con un jersey rosa y unos vaqueros, una ropa muy de moda entre las estudiantes de universidad que acuden a la biblioteca a “estudiar”.
- No lo sé. Cada vez está en un sitio diferente. A veces está en un objeto, a veces en un animal, a veces en una persona... Hay que buscarla con cuidado, porque puede estar en cualquier parte.
- ¿En una persona? ¿Dentro...? Ay, dios mío... – solloza la señora mayor que va de sport.
- ¿Y sabes cómo es la llave? -pregunto yo, entre escéptico y horrorizado.
- Sí, sé cuál es porque tiene una forma especial. Es una llave dorada con forma de corazón, y tiene grabado el nombre de Sofía.
Al oír ese nombre, siento un escalofrío. Sofía es el nombre de mi novia desaparecida. ¿Qué tiene que ver ella con todo esto? ¿Será posible que esté aquí, en algún lugar? ¿O será solo una coincidencia?
- ¿Sofía? -repito yo, incrédulo.
- Sí, Sofía. Es el nombre de mi hija. Ella también desapareció hace dos años. Y desde entonces, estoy atrapado en esta pesadilla.
Dos años... el mismo tiempo que hace desde que desapareció mi pareja. El hombre lagarto me mira con unos ojos tristes y comprensivos. De repente, siento que tenemos algo en común. Quizás él sea la clave para encontrar a Sofía. Quizás él sepa algo que yo no sé.
- ¿Tu hija se llama Sofía? -pregunto yo, esperanzado.
- Sí, se llama Sofía. Tienes unos rasgos que me recuerdan a ella.
- ¿Qué? ¿A qué te refieres? -exclamo yo, confundido.
- Es posible que tú seas mi hijo. -dice el hombre lagarto, con voz grave.
- ¡¿Cómo que tu hijo...?! ¡Eres un lagarto y yo ya tengo un padre! ¿Estás loco? -pregunto yo, incrédulo.
- No, no estoy loco. Estoy diciendo la verdad y es mejor que lo sepas ya, por si morimos y no tenemos la oportunidad de volver a hablar. Sabía que el día en que nos encontrásemos llegaría y ahora estoy seguro. Tú eres mi hijo, y Sofía es tu hermana. Gemelos, para ser exactos. Os separaron al nacer, y os criaron en familias diferentes. Pero siempre os habéis buscado el uno al otro, sin saberlo. Por eso os enamorasteis, por eso desaparecisteis, y por eso estáis aquí. En el físico no os parecéis a mí... pero si en la tenacidad y valentía que estáis demostrando tener.
- No puede ser... No puede ser... -repito yo, aturdido.
- Lo sé, es difícil de creer. Pero es la realidad. Yo soy vuestro padre biológico, y os he estado buscando durante años. Hasta que di con este juego maldito, que os tiene atrapados a vosotros y a mí. Tu hermana Sofía también está resistiendo, pero tenemos que encontrarla.
- Sí... ¿Y quién es el responsable de este juego? ¿Quién nos ha hecho esto a los tres? -pregunto yo, furioso.
- El responsable es un hombre llamado “El Maestro”. Es una mente malvada, mejor dicho, un demente, que se dedica a secuestrar a personas con habilidades especiales y someterlas a sus pruebas mortales. Él es el que controla todo esto, nos observa desde las sombras y se divierte con nuestro sufrimiento.
- ¿Y qué habilidades especiales tenemos nosotros? -pregunto yo, curioso.
- Tenemos la habilidad de viajar entre mundos. Podemos entrar y salir de diferentes realidades, con solo cerrar los ojos y desearlo. Es un don muy raro y muy poderoso, que “El Maestro” quiere explotar para sus fines oscuros.
- De acuerdo. Todo esto suena muy surrealista, pero centrémonos. ¿Cómo podemos escapar de aquí de verdad? ¿Dónde está esa llave? -pregunto yo, impaciente.
- La llave puede estar en el lugar más inesperado. No sé exactamente dónde, pero somos varios y podemos encontrarla, siempre que no nos traicionemos entre nosotros. Necesitamos todos los ojos y manos posibles y que nadie muera. ¿Estamos?
El hombre lagarto nos mira con determinación. Yo siento una mezcla de miedo y esperanza. Quiero ver a Sofía, quiero abrazarla, quiero decirle que la quiero. Aunque sea mi hermana, aunque sea una locura, aunque sea el fin... tengo que arriesgarme. Nos jugamos la vida todos nosotros, y la de mi nov... hermana.
- ¿Estáis dispuestos a hacerlo? -nos pregunta el hombre lagarto.
- Sí, estoy dispuesto. -le respondo yo.
- Entonces vamos.
No todas las voces alzaron con un sí alto y claro. El resto de participantes más bien respondieron con un silencio o un hilo de voz ininteligible que no se sabía muy bien lo que era. En cualquier caso, seguimos adelante y los demás nos siguieron inmediatamente.
Nos ponemos en marcha hacia la meta, rebuscando por todos lados. Corremos por el camino iluminado, mientras las banderillas de colores se agitan al viento. Los patos de goma nos miran con sus ojos saltones y sus sombreros ridículos en la línea de meta. Las espadas y los tridentes brillan amenazantes. Nadie nos ha adelantado, corremos en línea recta, a la vista unos de otros, despacio.
De repente, oímos una voz que nos habla desde algún lugar.
- Bienvenidos al final del juego, mis queridos conejillos de indias. Os felicito por haber llegado hasta aquí. Pero no os hagáis ilusiones. Aunque habéis llegado hasta aquí, no sucederá nada. El juego acaba cuando solo queda un jugador con vida y entonces sí, cruza la meta. Solo uno puede ganar. Y recordad: el tiempo se acaba.
Es la voz de El Maestro. Suena fría y cruel.
Nos miramos entre nosotros. Hay cuatro personas más conmigo: el hombre lagarto, la señora mayor de sport, el ejecutivo de traje y la chica universitaria.
El Maestro intenta engañarnos haciendo que juguemos su juego. Pero nosotros ahora sabemos que podemos romper las reglas, encontrando la llave que nos permitirá sobrevivir a todos. Necesitamos encontrarla... ¡YA! Se nos acaba el tiempo y en todo este rato... nada de nada. Quedan quince minutos.
Que mal... ¿Cuándo se torció todo? ¿Por qué tenemos que enfrentarnos a esta situación? Hay tanto en juego... Intento cerrar los ojos y despertarme, pero no lo logro. Solo veo posibles finales a esta pesadilla... y ninguno de ellos es un final feliz. Lo veo demasiado complejo y complicado. Me estoy viniendo abajo. Pero hay un lagarto que tiene su mirada esperanzada clavada en mí. El que dice ser mi verdadero padre no me va a dejar rendirme. Y en verdad, yo tampoco quiero hacerlo, aunque las fuerzas me estén fallando.