Argus y la máquina del tiempo
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La celebración anual de la Feria de la creatividad y la tecnología organizada por Zendrive es un evento de renombre internacional que reúne a inventores, científicos, visionarios y entusiastas de la innovación de todo el mundo. Esta convención es un espacio único en el que mentes brillantes presentan sus ideas más revolucionarias y trabajan en conjunto para impulsar el progreso en diversas áreas. El prestigio de este evento se debe no solo a la calidad de las ideas presentadas, sino también al generoso premio que se otorga al ganador, lo que lo convierte en un incentivo adicional para el desarrollo de proyectos pioneros. La Feria de la creatividad y la tecnología es, indudablemente, un punto culminante en el calendario de eventos internacionales del ámbito de la innovación y un escaparate de creatividad y progreso tecnológico a nivel mundial.
Este año, Argus se ha preparado para ganar. Argus Vixen es un joven inventor con raíces en la misma Zendrive, que dedica todo su ingenio a elaborar lo último en nanotecnología y tecnología espacio-tiempo. Además, cuenta con un implante de nanobots en su cerebro que le han dotado de superinteligencia, lo cual le hace una persona de confianza y segura de sí misma, pero en situaciones de peligro y estrés, sus nanobots se sobrecargan y le otorgan también una monstruosa fuerza bruta.
Su último invento es el AB (Argayoto Boy), una máquina espacio-temporal dirigida a control remoto por un reloj de muñeca capaz de teletransportar a su portador a cualquier lugar y época que imagine. Así, Argus decide presentar al AB, su fabulosa máquina del tiempo que desafía todo lo conocido hasta el momento, en la Feria de la creatividad y la tecnología.
Cuando llega su momento, el profesor Vixen la activa desde su reloj de muñeca, mostrándola en funcionamiento al jurado y ganándose el favor del público, lo que le vale la victoria. Sin embargo, justo antes de recibir el misterioso premio, la máquina sufre un cortocircuito y se vuelve a accionar inesperadamente, teletransportando al profesor por error a la Prehistoria.
De golpe y porrazo, Argus se encuentra en este tiempo pretérito y es asaltado por una bandada de pterodáctilos que le sobrevuelan y picotean hasta que logran romperle el control remoto. Argus queda atrapado en el tiempo, en la maravillosa y terrible a la vez, época de los dinosaurios.
Cuando por fin se zafa de los pterodáctilos, se encuentra rodeado de una tribu guerrera llamada Huemales. Apenas había salido de un problema para meterse en otro... si no era suficiente con las peligrosas especies carnívoras que habitaban aquellos lares, ahora tenía que hacer frente con un tribu neandertal, probablemente muy agresiva. Argus se preguntaba cómo iba a hacer para explorar el entorno y sus prehistóricas peculiaridades, sobrevivir y lograr de alguna forma reparar el control remoto para volver a mi época. Estas eran algunas de las preguntas que sobrevolaban su mente, pero que tenían difícil respuesta. Parecía una tarea imposible. Pero mientras sus nanobots neuronales intentaban lograr una solución, trazar posibles rutas y sus consecuencias, el joven inventor recibió un buen golpe en la cabeza.
Lo siguiente que Argus recuerda, después de sus divagaciones mentales y de que la tribu de los Huemales lo rodearan, es despertar en una celda, bajo la atenta mirada de una chica que se llamaba Riala. El profesor Vixen se había desmayado y lo habían encerrado en las mazmorras del campamento Huemal. Una de las nativas, también presa, había cuidado de él todo el tiempo. Aunque Argus todavía no era consciente, este encuentro marcaría el inicio de una relación amor.
El profesor compartía celda no solo con Riala, sino también con Dhabi, un antiguo guerrero Huemal encerrado por zamparse las reservas de comida del pueblo. Estos tres presos formarán equipo a partir de ahora para trazar un plan de huida infalible.
Una semana más tarde, la perspicacia de Riala, el ingenio de Argus y la fortaleza de Dhabi se combinan para culminar un plan de fuga con éxito, pero en el último momento son atacados y Dhabi tiene que quedarse atrás para luchar contra las hordas de guerreros Huemales, dando la oportunidad a Riala y Argus para escapar definitivamente del poblado.
Cae la noche y ambos se mueven sigilosamente por la peligrosa jungla, recolectando materiales para su supervivencia y para arreglar el control remoto, que era el objetivo principal. Por el camino conocen a extraños animalillos que los guían hasta el rey de la jungla, el tucán Baldomero. Debido a su composición, las plumas de Baldomero constituyen una pieza clave para reparar el control remoto y volver a la época correcta, pero para conseguirlo, Riala y Argus deberán superar una prueba impuesta por el tucán: domar a un dinosaurio.
Afortunadamente, Argus tiene facilidad para convertirse en el objetivo de hambrientos dinosaurios, así que muy pronto es atacado por un feroz triceratops. Mientras Riala y Argus forcejean con la bestia, los nanobots que el científico tenía instalados en el cerebro se sobrecargan y le confieren una fuerza barbárica: de un solo puñetazo tumba al triceratops y lo hace su fiel montura.
Superada la prueba, el Tucán Baldomero le entrega sus plumas y, fascinado por la épica hazaña, se une a la aventura de Argus y Riala; pero la aventura ya toca a su fin. Argus tiene todo lo que necesita para reparar el control remoto: extrayendo los componentes clave restantes de las plumas de Baldomero, el profesor obtiene unos elementos exactamente iguales a los originales, haciendo funcionar de nuevo al dichoso aparato. El billete de vuelta está listo.
El reloj de muñeca funciona y, finalmente, los tres viajan a la época de Argus, justo en el momento en que el profesor se había quedado. La feria de la creatividad y la tecnología continua, y el inventor recibe el primer premio, un cheque por valor de medio millón de euros. Sin embargo, el verdadero premio es toda la aventura que ha vivido y el haber podido conocer el verdadero amor. Argus y Riala se aman. Y así forman su particular nido de amor, superando la diferencia entre eras, mientras que Baldomero los deja para recorrer mundo.
Capítulo 2: Ecos del pasado
El zumbido de los nanobots de Argus se sincronizaba con el palpitar de su corazón, una sinfonía de la vida moderna que Riala aún estaba aprendiendo a descifrar. Mientras ella se estiraba, desentrañando los misterios de su nuevo hogar, Argus contemplaba el reloj de muñeca que había sido tanto su salvación como su condena. La máquina del tiempo, ahora silenciosa e inerte, era un recordatorio constante de lo frágil que resultaba la barrera entre los siglos. Ya no podía usarse más, había quedado inservible y, además, la tecnología del viaje en el espacio-tiempo estaba lejos de ser perfeccionada. El viaje a la prehistoria había sido prueba de ello y volverla a usar sin ninguna garantía de que no ocurriera lo mismo resultaba extremadamente peligroso.
La pareja había comenzado a tejer su existencia en el tejido de la vida cotidiana viviendo juntos, encontrando un ritmo que era tan nuevo para Riala como reconfortante para Argus. Juntos, se embarcaron en la tarea de fusionar sus mundos, un desafío que iba más allá de la simple supervivencia y se adentraba en el reino de lo posible.
Argus se sumergió en su laboratorio, decidido a comprender mejor los mecanismos que habían permitido su viaje a través del tiempo. Con cada componente que desmontaba y examinaba, se acercaba más a una verdad que sentía al alcance de la mano, pero que aún se le escapaba.
Riala, por su parte, se maravillaba ante las genialidades de la era moderna, pero no sin cierta nostalgia por la simplicidad de su primitiva vida pasada. La electricidad, el internet, los vehículos que se desplazaban sin caballos; todo era un asombro, pero también un laberinto de complejidad que a veces la abrumaba.
Así transcurrían los días, pero la vida de la pareja dio un giro inesperado cuando un paquete llegó a su puerta. No había remitente, solo un símbolo que Argus reconoció: el emblema de Zendrive. Dentro, encontraron un objeto que parecía ser una pieza de tecnología perdida, un legado de los fundadores de Zendrive que podría cambiar el curso de la historia.
Con la aparición de este artefacto, Argus y Riala se vieron envueltos en una red de intrigas que se extendía más allá de su comprensión. Juntos, tendrían que desentrañar los secretos del pasado de Argus y enfrentarse a las consecuencias de sus descubrimientos en una nueva aventura.
La vida de Argus Vixen había sido siempre una danza entre la innovación y el misterio, pero nunca había sentido el peso del pasado tan presente como en aquellos días. El artefacto de Zendrive, con sus líneas suaves y símbolos antiguos, era más que una reliquia; era una puerta a los secretos que habían dado forma a su destino.
Riala observaba a Argus mientras él examinaba el objeto, con su frente fruncida de tanta concentración. Ella había aprendido a leer las emociones en su rostro, y esa noche, la preocupación era su compañera muda. La llegada del artefacto había desatado una tormenta de preguntas sin respuesta, y cada intento de Argus por descifrar su función solo añadía más incógnitas al enigma.
La clave parecía residir en los recuerdos de Argus, en las historias que había escuchado de niño sobre los fundadores de Zendrive y sus visiones de un futuro moldeado por la nanotecnología. Pero esos relatos, que una vez habían alimentado su imaginación, ahora se entrelazaban con la realidad de una manera que no podía ignorar.
Decididos a desenterrar la verdad, Argus y Riala se embarcaron en un viaje a las instalaciones abandonadas de Zendrive, que constituían el casco viejo abandonado de la ciudad. Esta parte, por así decirlo, se trataba de la antigua Zendrive, la original, que había sido precisamente abandonada para construir desde cero la actual Zendrive, en un intento exitoso de lograr una maravilla arquitectónica desde los cimientos. Eran tantos y tan grandes los cambios de última tecnología que querían hacer, que les salía más rentable y menos costoso en tiempo construir una ciudad desde cero. Así pues, al que ahora se le llamaba casco viejo, y que una vez fue un hervidero de actividad e innovación, yacía ahora en silencio. Sus pasillos vacíos resonaban con los ecos de un pasado glorioso.
Mientras exploraban las ruinas, Argus se sintió abrumado por la sensación de estar siguiendo los pasos de los gigantes que habían caminado antes que él. Cada pared y cada rincón estaba adornado y presentaba una serie de murales que contaban la historia de Zendrive, y en cada imagen, en cada símbolo, Argus encontraba fragmentos de su propia historia.
Fue en lo más profundo del laboratorio principal del casco viejo donde encontraron lo que buscaban. Oculta bajo capas de polvo, tierra y olvido, en el subterráneo, una cámara sellada guardaba los secretos más preciados de Zendrive. Con manos temblorosas, Argus introdujo el artefacto en la consola central, y las luces de la cámara cobraron vida, revelando el legado que cambiaría su vida para siempre.
El laboratorio de la antigua Zendrive, con sus paredes de acero y luces auxiliares parpadeantes, parecía un santuario olvidado. Argus y Riala se adentraron en la cámara sellada, con sus pasos resonando en el silencio como un eco del pasado. El artefacto que habían traído consigo brillaba con una intensidad que no parecía natural en la ranura en la que había sido introducido, como si estuviera ansioso por revelar su secreto al permitirles entrar en la cámara.
En el centro de la sala, una consola de control se alzaba como un altar. Tenía la misma ranura que la de la puerta de entrada. Por tanto, Argus dedujo que debía recolocarlo en ese nuevo espacio. Lo sacó de la puerta de la cámara, y esta se cerró de golpe. Después recolocó el artefacto en la ranura designada de la consola, y las pantallas se iluminaron con una secuencia de símbolos y números. Riala observaba con curiosidad, con sus ojos oscuros reflejando la incertidumbre que también atormentaba a Argus.
—¿Qué crees que es? —preguntó Riala, su voz apenas un susurro en el aire cargado de electricidad.
Argus fruncía el ceño y sus dedos escudriñaban los controles. Las imágenes proyectadas en las pantallas parecían fragmentos de una película antigua, una narrativa que se desplegaba ante ellos. Aparecían los fundadores de Zendrive, con rostros serios y llenos de determinación, a través de una secuencia de fotografías.
—Esto es más que tecnología —murmuró Argus—. Es historia. Los fundadores de Zendrive crearon algo que trasciende el tiempo y el espacio. Esto podría cambiarlo todo.
Riala se acercó, con una mezcla de asombro y temor. Las imágenes se sucedían: experimentos, teorías, fórmulas matemáticas que se retorcían como serpientes en la pantalla. Y en el centro de todo, un nombre: Eliora Voss.
—¿Quién es Eliora Voss? —preguntó Riala.
Argus tragó saliva, su s pensamientos giraban de lado a lado como engranajes desgastados. Había oído ese nombre entre los susurros metálicos de sus propios nanobots cerebrales. Eliora Voss era la visionaria que había concebido la nanotecnología como un puente entre los mundos. No solo inventó la nanotecnología, sino que hizo muchos más descubrimientos, pero su legado se había perdido, sepultado bajo las ruinas de Zendrive, por un accidente que nunca fue descrito con detalle en la historia pública y conocida por todos.
—Eliora Voss fue la genial mente detrás de todo esto —dijo Argus—. Pero su verdadera historia se desvaneció con el tiempo. Si podemos descubrir su verdad de lo que sucedió en el accidente, tal vez podamos desentrañar el propósito de este artefacto o quizá el resto de su legado que nunca fue contado.
Las pantallas parpadearon, y una ecuación apareció en letras luminosas. Argus sintió un escalofrío. La ecuación de onda, la clave para viajar a través del tiempo. Pero ¿qué significaba? ¿Y cómo estaba relacionada con Eliora Voss?
Riala apretaba sus manos con impotencia, tratando de buscar respuestas en los símbolos que flotaban ante ellos. Entre la mezcolanza de símbolos, pudo leer la palabra “diario”. Con esa pista en mente, se pusieron a buscar algún tipo de diario, archivo o documento en la cámara que pudiera ayudarles. Juntos, se sumergieron aún más profundo en el legado de Zendrive, encontrando todo tipo de registros y, sobre todo, con el descubrimiento del diario de Eliora, que estaba escondido en un cajón con falso fondo en una de las mesas de la cámara. La noche caía y con el diario y el resto de documentos en mano, volvieron a casa para estudiarlos en la intimidad de su laboratorio personal.
Capítulo 3: El enigma de la científica
La revelación del diario de Eliora Voss había dejado a Argus y Riala con más preguntas que respuestas. La invención perdida de Eliora, una tecnología que prometía revolucionar la nanotecnología y el concepto mismo del tiempo, se había convertido en el foco de su búsqueda.
Argus pasaba las noches en vela, estudiando las notas de Eliora, intentando descifrar el enigma de su desaparición. Riala, por su parte, se sumergía en la historia de Zendrive, buscando cualquier pista que pudiera haber pasado por alto.
Una tarde, mientras Argus examinaba un diagrama particularmente complejo en el diario, un patrón comenzó a emerger. Las ecuaciones parecían apuntar a una localización específica, un lugar donde Eliora había realizado experimentos cruciales antes de su accidente.
—Riala, mira esto —dijo Argus, señalando el mapa que había esbozado en base a las notas del diario—. Creo que Eliora estaba trabajando en algo más grande aún que la nanotecnología.
Riala se acercó, observando el mapa con atención. La localización marcada los llevó de vuelta al casco viejo abandonado de Zendrive, a un antiguo observatorio en las afueras de la ciudad, a una distancia más lejana que donde estaba el laboratorio, por lo que el viaje iba a ser más largo. Probablemente tendrían que acampar allí.
Juntos, Argus y Riala se aventuraron hacia el observatorio. El viaje no fue difícil gracias a los vehículos con los que contaban que sobrevolaban a ras de suelo cualquier obstáculo y disponían de las coordenadas exactas a las que tenían que acudir. Allí descubrieron el observatorio donde, tras un pasaje oculto detrás de una falsa estantería, los llevaba de nuevo a un pequeño laboratorio personal, que podía ser el de Eliora.
El laboratorio estaba intacto, como si Eliora acabara de dejarlo. En el centro de la sala, una máquina imponente se alzaba, cubierta de polvo y telarañas. Era el proyecto final de Eliora, su invención más revolucionaria: una interfaz de nanotecnología capaz de manipular el tejido del tiempo. Eliora había llegado donde Argus no pudo en el dominio del viaje en el espacio-tiempo. Riala y el científico se miraron, conscientes de que estaban ante un descubrimiento que podría cambiar el curso de la humanidad, pues ellos eran bien conocedores de sus posibilidades. Pero también sabían que debían actuar con cautela. Si la tecnología caía en manos equivocadas, las consecuencias podrían ser desastrosas; o si la tecnología se usaba defectuosamente, el peligro también era enorme.
Con determinación, se dispusieron a restaurar la máquina, a completar el trabajo que Eliora había comenzado. Gracias a que Argus ya estaba familiarizado con dicha tecnología, pues él mismo la había hecho funcionar con el Argayoto Boy, su máquina espacio-temporal, no le costó demasiado entender los progresos de Eliora. No solo pretendía honrar su legado y descubrir la verdad sobre el accidente y su desaparición, sino que quería asegurarse de que su invención serviría para el bien de todos.
Mientras Argus trabajaba en la máquina, Riala vigilaba, sospechando que la desaparición de Eliora y su accidente no fueran tales. Quizá las mismas fuerzas que habían querido silenciar a Eliora aún podían estar al acecho.
Cayó la noche y decidieron acampar en el mismo observatorio, pero lejos de dormir, siguieron trabajando. Mientras Argus reparaba los mecanismos dañados de la máquina, Riala vigilaba los alrededores y había preparado algunas defensas en la entrada. Estaba muy alerta. Cada sombra, cada sonido, la ponía en tensión. Riala había descubierto algunos indicios sospechosos en el laboratorio, como restos de sangre coagulada y teñida de negro con el paso del tiempo o signos de saqueo. Posiblemente la conspiración era más grande de lo que habían imaginado. Riala pensaba que Eliora había sido silenciada por una razón, y ahora ellos estaban en el centro de una telaraña de secretos y mentiras.
Fue entonces cuando una figura emergió de las sombras. Un hombre vestido de negro, con ojos fríos y una sonrisa siniestra. Conocía a Argus y Riala, y sabía lo que buscaban.
—Así que encontrasteis la máquina de Eliora —dijo el hombre—. Pero no sabéis lo que realmente es, lo que puede desencadenar.
Argus apretó los puños, su mente trabajaba a toda velocidad y no podía permitirse distraerse. ¿Quién era este hombre? ¿Qué sabía sobre Eliora y su invención?
—Decidme —continuó el hombre—, ¿estáis dispuestos a arriesgarlo todo por la verdad?
—¿Quién eres? —preguntó Argus, su voz firme a pesar de la incertidumbre.
El hombre sonrió, con una mirada brillante y maliciosa ávida de conocimientos.
—Podemos decir que soy una especie de guardián del conocimiento —dijo—. Eliora Voss fue mi mentora y más tarde, enemiga.
Riala apretó los dientes, mirando fijamente al hombre. ¿Cómo podía ser que alguien tan cercano a Eliora estuviera involucrado en su desaparición?
—Eliora descubrió algo peligroso —continuó el hombre—. Algo que podría destruir a la humanidad y no estaba dispuesta a ceder, así que la silencié.
Argus sintió un escalofrío. ¿Qué había descubierto Eliora? ¿Y por qué había sido tan amenazante?
—La máquina —dijo Riala—. ¿Qué es? ¿Qué hace realmente?
El hombre se acercó, poniendo los ojos en la esfera de metal pulido.
—Es un portal —respondió—. Un puente entre los mundos. Eliora creía que podía manipular el tiempo, pero yo sabía que eso era peligroso. No sólo podía viajar a través del tiempo, sino también a través de infinitas dimensiones. Por eso la detuve.
Argus recordó las palabras de Eliora en su diario, su preocupación por la seguridad de su invención.
—¿Dónde está Eliora? —preguntó Argus—. ¿Está viva?
El hombre sonrió de nuevo, y esta vez, había algo siniestro en su expresión.
—Eliora está atrapada en el tiempo, qué irónico —dijo—. Y ahora vosotros también lo estaréis.
La máquina se activó inesperadamente, y Argus y Riala fueron arrastrados por una corriente de energía que los envolvió como un torbellino. El laboratorio desapareció, y cuando volvieron a abrir los ojos, se encontraban en un lugar desconocido, una dimensión entre los mundos.
Capítulo 4: La última invención
El vórtice de energía los había arrastrado a una dimensión desconocida, un espacio entre los mundos donde el tiempo parecía retorcerse como un río turbulento. Argus y Riala se encontraban en un lugar que desafiaba toda lógica, rodeados por una neblina iridiscente que ocultaba los límites de su realidad. No sabía cómo la máquina se había activado sin que ellos hicieran nada, pero puede que aquel hombre fuera el responsable, pues había sido el aprendiz de Eliora y sabía mucho más que ellos de la invención.
—¿Dónde estamos? —preguntó Riala, siendo su voz apenas un susurro en el caos que los envolvía.
Argus miró a su alrededor, tratando de encontrar algún punto de referencia. Las estrellas brillaban con una intensidad inusual, como si estuvieran más cerca de lo normal. Pero no eran las estrellas que conocía; eran constelaciones desconocidas, patrones que no se ajustaban a ninguna cartografía celeste.
—Estamos en el punto de convergencia —dijo Argus—. El lugar donde el tiempo y el espacio se entrelazan. Eliora lo llamaba el “Nexo Temporal”.
Riala frunció el ceño, tratando de comprender.
—Eliora estaba obsesionada con este lugar —continuó Argus—. Creía que aquí podría desvelar los secretos del tiempo y la nanotecnología. Pero algo salió mal. Algo que la atrapó aquí, en este limbo.
El hombre misterioso apareció ante ellos. Su figura estaba distorsionada por la energía que los rodeaba.
—Eliora fue valiente —dijo—. Pero también muy imprudente y temeraria. Su última invención era demasiado poderosa, y yo no podía permitir que cayera en manos equivocadas... en las manos de nadie.
Argus le miró confundido. Había algo en las palabras del hombre que no encajaba. ¿Por qué estaba tan interesado en Eliora? ¿Y qué tenía que ganar con su desaparición?
—¿Quién eres? —exigió Riala—. ¿Por qué nos persigues? No me creo que fueras el aprendiz de Eliora. ¿Por qué os convertisteis en enemigos?
El hombre sonrió, y esta vez, no había rastro de malicia en su expresión.
—Efectivamente. Os he mentido. No fui aprendiz de Eliora, porque estoy, simplemente, por encima de ella. Soy el mismísimo Guardián del Tiempo —dijo—. Mi deber es proteger la continuidad. Eliora descubrió una tecnología que podría alterar el curso de la misma. Estuve cerca de ella, viendo como progresaba, sin tomar parte, hasta que tuve que pararla. Su progreso ponía en peligro el tiempo, y como su guardián, mi deber era impedirlo.
Argus y Riala miraron la máquina, que seguía zumbando en el centro del Nexo Temporal. Ambos habían arriesgado todo por aquella invención, y ahora estaban atrapados en el legado de Eliora.
—¿Cómo salimos de aquí? Nosotros no queremos hacer daño a nadie ni poner en peligro la continuidad del tiempo —preguntó Argus.
El hombre señaló la máquina.
—La respuesta está en su interior. Pero cuidado, Argus. Eliora, a pesar de su inteligencia y genuinidad, no fue merecedora de mi confianza. Vosotros habéis demostrado ser capaces de jugar con el tiempo con cierto éxito. También os he estado observando, pero aun no os habéis enfrentado a este tipo de realidad. Esta tecnología está mucho más allá de vuestro entendimiento. Demostrarme lo contrario, demostrarme que me equivoco. Salid de aquí con vida. Solo así confiaré en vosotros y os confiaré esta tecnología, sabiendo que seréis los responsables del devenir de la humanidad.
El Nexo Temporal era un torbellino de estrellas y neblina, un lugar donde el tiempo se retorcía y doblaba sobre sí mismo. Argus y Riala, de pie en el epicentro de la convergencia, se enfrentaban al Guardián del Tiempo, cuya presencia imponía una pregunta que resonaba en el silencio del limbo.
—Para escapar y confiaros la tecnología de Eliora, solamente tenéis que contestar a este pregunta. Debéis demostrar vuestra sabiduría —dijo el Guardián—. Decidme, ¿qué haríais si tuvierais el poder de cambiar un solo evento en la historia de la humanidad? De vuestra respuesta depende quedaros aquí confinados para siempre junto a Eliora, pues vuestra existencia y objetivos representan un nuevo peligro para los retales del tiempo.
Argus y Riala intercambiaron una mirada. La pregunta era una trampa, una prueba de su comprensión del delicado tejido del tiempo.
—No cambiaría nada —respondió Argus con firmeza—. Cada evento, incluso los más oscuros, nos ha llevado a ser quienes somos. Alterar el pasado podría deshacer el presente en formas que no podemos prever.
Riala asintió en acuerdo.
—Y yo tampoco cambiaría nada —añadió—. El flujo del tiempo es como un río; cada corriente lleva a la siguiente. Aceptar nuestra historia es aceptar nuestra humanidad, con todas sus imperfecciones.
—Sin embargo, Riala, tu viajaste a través del tiempo a la era actual. Argus, tú lo permitiste. Si decís que no cambiaríais nada, ¿por qué lo hicisteis?
—Bueno, eso es cierto, pero creo que fue una excepción saludable para el cuidado del tiempo —respondió Argus para sorpresa del Guardián.
—¿Una excepción saludable para el cuidado del tiempo? No lo entiendo —respondió el Guardián.
—Exacto. Si eres excesivamente protector, puedes poner en peligro la propia existencia del tiempo. Como Guardián que eres, deberías saberlo. No puedes cumplir con tu tarea el cien por cien de las veces, porque siempre habrá una excepción, un momento, una circunstancia, donde no ser tan prudente es la decisión correcta. El exceso de tu prudencia y recelo con el cuidado del tiempo han puesto en peligro al mismísimo tiempo. Sabio Guardián del Tiempo, nosotros somos esa excepción necesaria para que el cuidado del tiempo se desarrolle correctamente.
El Guardián del Tiempo escuchó sus respuestas, y una sonrisa se dibujó en su rostro distorsionado por la energía del Nexo.
—Habéis demostrado sabiduría y respeto por el equilibrio del tiempo —dijo—. Eliora, que ha estado perdida en este limbo, será liberada gracias a vuestro extraño sentido de la prudencia.
Con un gesto del Guardián, la neblina se disipó, revelando la figura de Eliora, que parecía despertar de un largo sueño. Sus ojos se abrieron, llenos de reconocimiento y gratitud.
—Gracias —susurró Eliora—. Por vuestra valentía y determinación. Por fin soy libre, no puedo creerlo.
El Guardián del Tiempo les otorgó un asentimiento final antes de desvanecerse en el torbellino de estrellas, dejando a Argus, Riala y Eliora solos en el Nexo Temporal.
Con la guía de Eliora, los tres activaron la máquina, y el vórtice de energía los envolvió una vez más. Cuando la luz se desvaneció, se encontraron de vuelta en Zendrive, en la familiaridad del laboratorio de Argus.
Los tres se habían puesto cómodos. El aroma del café recién hecho llenaba el aire mientras se sentaban alrededor de la mesa, con las tazas humeantes en sus manos. La conversación fluía como un río de palabras que entrelazaba sus experiencias, miedos y esperanzas.
—Lo hemos conseguido. Hemos atravesado el umbral del tiempo —dijo Argus, mirando a sus compañeros—. Y ahora, juntos, debemos decidir cómo proteger este conocimiento.
Eliora asintió, su mirada perdida en el vapor del café.
—El futuro es nuestro para cuidarlo. Después de ver todo lo que habéis hecho, lo he comprendido —dijo—. Mi obsesión con el tiempo ha desaparecido. Con amigos como vosotros, sé que el legado del tiempo está en buenas manos y que entre los tres sabremos cómo proceder por el bien de la humanidad. Os estaré eternamente agradecida por salvarme y por todo lo que habéis logrado. Aun no salgo de mi asombro, aunque esté café caliente me está devolviendo poco a poco a la realidad. Lo necesitaba —dijo esbozando una esperada sonrisa.
Y así, en la calidez del laboratorio, con el sabor del café como testigo, Argus, Riala y Eliora compartieron un momento de paz, un instante suspendido que sellaba su unión en la custodia del tiempo.